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No me abandones: Del perro y el gato... al erizo y el suricato

La tenencia de animales exóticos se ha convertido en una peligrosa moda que pone en riesgo nuestro ecosistema

  • No me abandones: Del perro y el gato... al erizo y el suricato

Tiempo de lectura 8 min.

10 de agosto de 2018. 05:00h

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Elena Genillo.  10/8/2018

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Los conejos y su manía de torcer el devenir de los acontecimientos. Vestido con chaleco guió a la ingenua Alicia de Carroll al país de las Maravillas. Y dibujado primero como una libre, Bugs Bunny consiguió eludir la acusación de plagio y convertirse en el personaje más famoso de la Warner Bros. Con permiso de Piolín.

En esta historia fue un conejo malherido y enfermo, una mascota de un niño cualquiera que no escatimó en ruegos a sus padres para que lo llevaran al veterinario, el que dio lugar a un negocio revolucionario. Finalmente, el dueño del pobre conejito se salió con la suya y fue atendido en la clínica donde entonces trabajaba Pablo Casar. Al llegar la hora de cierre, el veterinario tuvo que devolverlo a su jaula, poco convencido de que pudiera llegar a salvo a su casa. Necesitaría quedarse en observación, pensó. ¿Pero dónde? En los centros de urgencias 24 horas solo se atiende a perros y gatos, y un conejo al lado de semejantes fieras se estresaría con toda seguridad.

«Y así creamos el hospital, un poco a la aventura», comenta Pablo, el coofundador junto a su compañero Javier Fernández del primer centro hospitalario de toda España que atiende a conejos –«Sí son nuestro principal cliente», bromean–, pero también a todo animal exótico que lo requiera sin horario de cierre. Con 27 y 29 años respectivamente, tras pedir financiación a los bancos, alquilaron un local que también se convirtió en su casa –«no podíamos pagar dos rentas así que dormíamos en el cuarto de las camillas», recuerdan cuando ya han pasado dos años de aquello– y se convirtieron en la salvaguarda de las criaturas que algunos se empeñan en tener como mascotas pese a que pertenecen a hábitats muy distintos del nuestro.

Su día a día transcurre entre suricatos, zorros del ártico, loros y guamacayos, petauros, erizos, gallinas, hámsters, ratas y cerdos. Incluso algún mono y cocodrilo. Los animales exóticos se han convertido en una caprichosa moda que muchos siguen sin ser del todo conscientes de los cuidados que suponen o de las dimensiones que pueden adquirir cuando crecen. De hecho, hace tan solo unos días, una vecina de Ciempozuelos se llevó el susto de su vida cuando, de madrugada, se encontró en el baño de su casa a una pitón de un metro de largo. La Guardia Civil sopesa que puede pertenecer a un vecino, pero como no llevaba chip no se pudo interponer denuncia.

En el hospital de Javier y Pablo, en la madrileña calle de Cartagena, ya no se asustan con nada. «Hemos visto de todo», reconocen. En este sentido, recuerdan el día en el que cuatro personas llegaron portando un ataúd. «Era la única forma de transportar al cocodrilo. Al principio pensábamos que se trataba de uno mini, pero empezamos a sacar la cola y aquello era larguísimo». Otra de las mil historias que pueden contar es la de un cachorrito de león que apareció muy enfermo y convulsionando a manos de su dueño, un hombre que cuidaba de él en su finca como si de un gatito se tratase. «Tenía septicemia –una infección grave y generalizada– pero salió adelante».

Que haya un hospital 24 horas para animales exóticos no significa que los veterinarios que los regentan den su aprobación a ciertas modas que los convierten en mascotas: «No provocamos ningún tipo de efecto llamada. No vamos a animar a que la gente, en sus casas, tenga ciertas especies, pero sí que tengan salud», apuntan. «Ahora lo que se llevan son los mini pigs» y años antes, los cerdos vietnamitas, una especie de puerco mucho más grande. «Son 80 kilos de animal», precisa Carlos, «y en una casa, imagínate... lo que la gente no sabe es que hay que sacarlo a pasear. Nuestro equipo ha llegado a ir a una casa porque al pobre cerdo le habían crecido tanto las uñas que se le estaban deformando las patas».

El suricato es otro animal exótico que se puso de moda en los hogares españoles. Por raro que pueda parecer, es legal tenerlo de mascota, pero nada recomendable para la salud de estos mamíferos carnívoros que habitan en las regiones desiertas de África. Cuando alguien se plantea tener a una suricata en su casa «no suele ser consciente de que es una especie que está acostumbrada a caminar muchísimo para buscar a sus presas y que tienen las uñas largas porque les gusta escarbar». Cuando llega a un piso, los problemas más frecuentes es que «destrocen las paredes y los rodapiés, así que se opta por meterlos en jaulas». Encerrados, les bajan las defensas y tienen riesgo de sufrir estereotipia, una enfermedad comportamental que hace que el animal lleve a cabo acciones repetitivas sin ningún fin. «En el caso del suricato, deambula y se muerde las patas».

«El problema viene cuando se tienen animales que no se adaptan a las casas y luego la gente los abandona». En la puerta de su clínica han llegado a dejar un pequeño mono tarapoto, una pitón y un loro, entre otros. En el caso del mono, «tuvimos que llamar al Seprona, porque es una especie prohibida en nuestro país. Los primates tienen que vivir en instalaciones adecuadas ya que pueden llegar a ser muy agresivos. Más grave aún son las enfermedades que pueden transmitir», explican. También hay gente que los abandona por problemas económicos o por su incapacidad para atender las necesidades del animal. En este sentido, advierten que «con los loros, por ejemplo, tenemos muchos problemas». No son recomendables en casas «porque están diseñados para vivir en grupo y son muy inteligentes... Si se quedan solos, se aburren y se arrancan las plumas. Sufren mucho».

Estos veterinarios especializados en especies exóticas recomiendan dejarse asesorar a la hora de tener este tipos de mascotas: «Los hámsters en hogares con niños no es aconsejable. En casas con poco espacio se puede tener, por ejemplo, un camaleón porque pasa horas sin moverse de la rama». «El problema es el desconocimiento», apostillan. Así, reconocen que muchos clientes llevan a la clínica animales que están prohibidos, como el erizo, el galápago americano, la cotorra argentina y la de Kramer. «Aunque ellos no lo sepan, son especies invasoras que pueden destrozar nuestro ecosistema», advierten. Aún así, «no seríamos capaces de llamar a las autoridades para quitárselos. Eso solo lo hacemos en el caso de que constatemos maltrato».

Para evitar el abandono de estas especies este centro también tiene un servicio de residencia, totalmente aislado de la zona de hospitalizaciones y la zona clínica, «que es lo que suele pasar en muchísimas otras clínicas». Tienen diferentes instalaciones en las que se recrean las condiciones propias de cada hábitat. Ahora en verano, esta residencia ha colgado el cartel de completo. Tanto Pablo como Javier coinciden en que, pese a tener algunos casos, la gente cada vez está más concienciada con el tema del abandono: «Antes nadie llevaba un hásmter al veterinario, y ahora hay mucha más responsabilidad. Tanto que hemos llegado a operar a peces».

A nivel legislativo, no existe una ley en España unitaria y efectiva al respecto, pues establace cuáles no se puede acoger, o a partir de qué peso o medida. Así, como no hay una norma precisa, cada Comunidad Autónoma aplica sus criterios. Y se despiertan las contradicciones: como se prohiben los reptiles de más de dos kilos, una inofensiva tortuga es más ilegal que una mofeta, que es un mamífero de 5 kilos, que se ha convertido en especie invasora en el centro de la península.

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