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¿Tenemos derecho a usar el ADN de nuestros antepasados?

Antes de la momia de Atacama, otras células póstumas han sido utilizadas por la ciencia. El caso de Henrietta Lacks ha sido el más productivo

  • Las celulas de Henrietta Lacks células se han reproducido de manera continua e incontrolada. Han servido para luchar contra el cáncer y la polio
    Las celulas de Henrietta Lacks células se han reproducido de manera continua e incontrolada. Han servido para luchar contra el cáncer y la polio

Tiempo de lectura 4 min.

23 de abril de 2018. 02:00h

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Jorge Alcalde 23/4/2018

Fue la noticia científica de hace unas cuantas semanas. Un equipo de arqueólogos había desenterrado en el desierto de Atacama una momia realmente extraña. Sus solo diez centímetros de longitud permitían observar unos rasgos propios de un extraterrestre de película. ¿Recuerdan? La momia de Atacama, con su cabeza en forma de pepino y sus extremadamente alargados brazos. Sus restos fueron analizados en un laboratorio de San Francisco, donde las pruebas de ADN demostraron que no se trataba de un ser de otro mundo: era el cadáver de una niña nacida muerta a los pocos meses de embarazo de su madre, aquejada de graves mutaciones genéticas y deformidades. El caso quedó cerrado, pero ahora, la momia es objeto de una gran polémica científica.

El problema es el uso de sus genes. Y la primera persona en alzar la voz ha sido la microbióloga de la Universidad chilena de Antofagasta Cristina Dorador, que denuncia que el ADN de la niña de Atacama ha sido utilizado de manera ilegítima. El material genético se habría extraído ilegalmente tras pasar el cadáver una triste peripecia (desenterrado en Chile, subastado entre los amantes de la ufología, comprado por un coleccionista de material alienígena en Barcelona y, finalmente, analizado en San Francisco). ¿Tenemos derecho a tratar así los tejidos muertos de nuestros ancestros? Cuando deseamos que nuestros muertos descansen en paz ¿somos conscientes de que quizás sus genes no puedan hacerlo nunca?

La extracción de ADN de cadáveres es una fértil y útil disciplina científica. No sólo es fundamental para la resolución de crímenes o el hallazgo de personas desaparecidas, sino que puede arrojar datos de gran utilidad para la ciencia biológica. Gracias al ADN antiguo se identifican especies y se resuelven parentescos evolutivos. Pero no hace falta remontarse tanto en el tiempo. Reyes medievales y modernos, personajes célebres, ilustres artistas... han sido analizados genéticamente para determinar identidades o aclarar las causas de su muerte. El ADN de víctimas de la gripe española ha servido para identificar peculiaridades de la epidemia.

Algunos expertos empiezan a solicitar ciertos límites. El Consejo de Monumentos Nacionales de Chile ha anunciado una investigación sobre la momia de Atacama. Creen que sus restos fueron extraídos ilegalmente del país y maltratados. «Ha sido una ofensa para la niña, para su familia y para el patrimonio chileno», declaró a «The New York Times» la antropóloga Francisca Santana-Sagredo.

Y es que el respeto a los restos mortales converge en casos como este con el respeto al patrimonio de un país. Los genes de casa se quedan en casa, parecen decir quienes proponen una revisión de los protocolos. Y lo hacen amparándose en la infinidad de usos que puede darse al material genético. El estudio de esa información puede contener la solución desconocida a una enfermedad o puede desvelar el origen de un pueblo. Puede ser usado con intereses nacionalistas o simplemente sacar a relucir ilegítimas relaciones... ¿quién debe administrar es información? ¿Quienes hayan los restos? ¿El país en el que yacen? ¿La familia?

El nombre de Henrietta Lacks está presente en algunas de las investigaciones más punteras del planeta; investigaciones que tratan de encontrar solución a males como el cáncer, las enfermedades neurodegenerativas, la esclerosis lateral amiotrófica y otras patologías raras y sin cura conocida. Ella es la que da nombre a las células HeLa que están en laboratorios de todo el mundo. Porque todas proceden de su cuerpo a pesar de que murió en 1951 en Virginia, EE UU. Tras su muerte, un joven investigador se las apañó para extraer tejidos de su cuerpo, atacado por el cáncer. Las células de Henrietta no mueren jamás. Se reproducen indefinidamente, colonizan los tejidos y se desarrollan a gran velocidad. El investigador, lejos de mantener para sí la patente, recorrió el mundo repartiendo cepas de células. Su familia no ha dejado de luchar para que se reconozca el nombre de su abuela.

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