También los reyes sufren la mediana edad

La tercera temporada de «The Crown» tiene dificultades para extraer drama de un periodo relativamente tranquilo en la vida de Isabel II

Justo como sus dos predecesoras, la nueva temporada de «The Crown» es refinada, elegante y suntuosa, dota de respetabilidad algo tan vulgar como el chismorreo y nos proporciona un detallado recorrido visual por las extensas propiedades de la familia real británica. También como esas tandas previas de episodios, funciona no exactamente como propaganda de la institución que retrata pero sí como una experta operación de relaciones públicas, eficazmente diseñada para lograr un imposible: que los miembros de la casa Windsor parezcan gente fascinante. Por supuesto, varias cosas la distinguen, y casi todas ellas aparecen simbolizadas en el cambio clave experimentado por el reparto: Claire Foy, la actriz que interpretó a la reina Isabel II en las dos primeras temporadas, ha sido reemplazada por Olivia Colman en aras de la verosimilitud, a medida que la serie avanza a través de la década de los 60 y de la madurez de la monarca. Cualquiera que posea cierta familiaridad con la carrera de Colman sabe que es una intérprete extraordinaria. «The Crown» desperdicia casi por completo su talento.

Cabe recordar que, encarnada por Foy, Isabel sufrió algunas dificultades para aclimatarse a la corona, al poder y la autoridad que conlleva y a los sacrificios que exige. Descubrió que al soberano no se le permite ser un ser humano; es un icono, una institución. Cualquier muestra de personalidad, opinión o deseo es potencialmente perjudicial para su rol de estandarte y el desempeño de su deber sagrado. A menudo lo más difícil de hacer es no hacer nada, y eso precisamente es lo que se requiere de ella; y las temporadas previas convirtieron el conflicto derivado de esa contradicción en el drama central de la serie.

Pero en los nuevos episodios el personaje es una reina de mediana edad del todo segura en su posición, y una maestra en el arte de no hacer nada, y permanece estancada en un periodo relativamente aburrido de la historia real: terminada la posguerra, lo más interesante que sucede en sus dominios es una crisis económica implacable. Colman dota de credibilidad y astucia emocional su retrato de una monarca que se halla en el apogeo de su poder, pero eso no evita que la tranquilidad de la que el personaje disfruta sumada a la estabilidad de su matrimonio anulen parte de la (poca) tensión dramática que «The Crown» solía generar.

Obsesiones e inquietudes

Si a pesar de ello la serie sigue resultando atractiva se debe en gran parte a los personajes que rodean a Isabel. En uno de los nuevos episodios vuelve a explorarse el problemático contraste existente entre la reina y su hermana menor, Margaret, una mujer tendente al exhibicionismo y al drama. Otro de ellos, centrado en la obsesión del príncipe Felipe con la llegada del hombre a la luna se convierte en una conmovedora meditación sobre su crisis existencial. Y luego, hacia el final de la temporada, finalmente toma protagonismo Carlos, que a diferencia de su madre muestra cierta inquietud acerca de su propia identidad. Cuando más interesante resulta la monarca, decimos, es cuando funciona a modo de contrapunto de esos otros personajes, más naturalmente jugosos. Y ese es un motivo de peso para lamentar que la próxima temporada, en la que aparecerán la Princesa Diana y Margaret Thatcher, todavía tardará mucho en llegar.

Por qué hay que verla / por qué no: Las dos primeras temporadas la convirtieron en una de las más relevantes de Netflix.
El mayor acierto: El trabajo de Colman, aunque la necesidad de ser fiel a la realidad no le permita demostrar su talento.
Si le gusta también puede ver... series centradas en la realeza como «Los Windsor», «Victoria» o «Los Tudor».
El dato: La cuarta temporada de la serie se rodó a la vez que la tercera. Se espera que su estreno tenga lugar en diciembre de 2020.
Dónde: Netflix.
Cuándo: Disponible desde el 17 de noviembre.