Roca Rey, otro día en la oficina

Puerta Grande del peruano que formó un lío a un sardo de vuelta al ruedo, único toro de nota de un desrazado encierro de Miranda y Moreno en la tercera de Colmenar

Roca Rey pasándose el toro por la espalda / EFE
Roca Rey pasándose el toro por la espalda / EFE

Hubo que pasar la quimera de todos los años. De localidad en localidad, hasta encontrar acomodo, para poder trabajar. Ese juego de las sillas en Colmenar. De hacérselo mirar. Pero el peregrinaje mereció la pena. Roca Rey, otra devoción que gana adeptos día tras día, Puerta Grande a Puerta Grande, se encargó de ello. El peruano hizo mejor al noble tercero, que tuvo transmisión, y formó un lío hasta desorejarlo. Este «Camucha» fue la única tajada de casta dentro de un encierro de Miranda y Moreno -más el sexto bis de Albarreal, soso y de media arrancada defensiva, con el que Roca Rey dejó un espadazo de premios tras probarlo, sin eco en el público, por ambos pitones- desrazada y sin empuje.

De buenas hechuras y armónico, aunque sin la seriedad otrora santo y seña en Colmenar Viejo, el sardo tuvo prontitud y ritmo. Mucho celo en los engaños. Se le atisbó ya en el recibo de capa de Roca Rey, con cadencia a la verónica. Ajustadas las chicuelinas del quite. Y más angostos aún los dos cambiados por la espalda posteriores, enroscándose al toro en ambos para ligar el pase posterior -un paso más allá que todos-, en la boca de riego tras brindar al respetable. Lo toreó ahí, en los medios, exigiendo a la encastada condición del toro, que mantuvo ese son y transmisión, pen muletazos de abajo a abajo, poderoso y al ralentí. Muy despacio, sobre todo, al natural. Tandas largas y llenas de hondura. Siempre la reunión y el ajuste por bandera. Las bernadinas finales, milimétricas. De «lexatin». Se volcó sobre el morrillo con la contundencia habitual y, aunque la espada cayó algo delantera y caída, lo dejó sin puntilla. Un clamor de pañuelos para una faena colosal. Las dos orejas, incontestables, como la vuelta al ruedo al toro, encantado y con duración, pese al exigente poder de la muleta de Roca Rey.

El cuarto, más lleno que los tres primeros, y algo veleto, también salió suelto y marcó querencias. No le ayudó una caída en el comienzo junto a las tablas en el prólogo de un trasteo en el que Enrique Ponce tiró de técnica y alardes para llegar a los tendidos. Así consiguió convertir las medias arrancadas del toro, desrazado y sin celo, en muletazos limpios y templados. Lo mejor, los cambios de mano. Largos y con sabor. Acortó las distancias en un final en el que el toro ya, muy aplomado, no pasaba. La espada, caída, surtió efecto y la gente se animó a pedir el trofeo, que le fue concedido.

Veinticinco minutos después del horario previsto, había roto plaza un castaño vareado y astifino desde la mazorca, serio, que tuvo movilidad en los primeros tercios. Así, lo saludó Ponce con bríos a la verónica y repitió por el mismo palo en el quite posterior. Tres lances por el mismo pitón llenos de suavidad. Muy despacio. Cortó en banderillas. Comenzó después la faena por toreros doblones. El cambio de mano, una delicia. Así consiguió ligar varias tandas, pero la sosería del toro, que pasaba, pero no tenía demasiada transmisión, impidió que la faena tuviera excesivo eco. Destacó una tanda al natural, de nuevo, con mucha despaciosidad. Tras pinchazo y estocada casi entera, saludó una ovación.

Juan José Padilla paseó su trofeo en el quinto. Un toro tostado que abría la cara algo más que sus hermanos. Le saludó con una larga cambiada casi acunado en el estribo. Para después torear, ya recuperada la verticalidad a pies juntos. Media y revolera como rúbrica. Empujó sobre un pitón el toro después en el peto y el «Ciclón» banderilleó con efectismo después. Al cuarteo, de fuera a dentro y un tercero al violín. Reunidos los tres. Perdió pronto las inercias de su movilidad el de Miranda y Moreno y el trasteo fue un constante ejercicio de entrega y efectismos de Padilla para buscar la conexión con el tendido. Dio fiesta el jerezano y la gente respondió. Una estocada delantera y caída fue suficiente. Asomaron los pañuelos y también el del presidente.

Prácticamente inédito había quedado con un segundo bastote de hechuras y acapachado, que manseó muchísimo. Después del vistoso saludo de Padilla con verónicas, dos chicuelinas y otro par de revoleras, esperó a los «montados» en el mismo portón del patio de caballos y allí hubo que darle castigo. Después, marcó mucho las querencias y cortó un mundo en banderillas, donde el jerezano no tomó los rehiletes. Luego, la faena murió antes de empezar con el toro muy acobardado y cada vez más reservó buscando la trinchera de las tablas. Ni una serie le pudo dar el jerezano. Silencio. La tarde -con un ojo en Colmenar y el otro, curioso, mirando al sorteo de Las Ventas- era de Roca Rey. Otra más. Qué carrera. Meteórica.

Colmenar Viejo (Madrid). Tercera de la Feria de Los Remedios. Se lidiaron toros de Miranda y Moreno y un sobrero (6º) de Albarreal, muy desiguales de presentación. Una «escalera». En general, les faltó casta y transmisión con la excepción del 3º, noble y con ritmo, premiado con la vuelta al ruedo. Más de tres cuartos de entrada.

Enrique Ponce, de grana y oro, pinchazo, estocada casi entera (saludos); estocada caída (oreja).

Juan José Padilla, de canela y oro, metisaca, descabello (silencio); estocada delantera y caída (oreja).

Roca Rey, de tabaco y oro, estocada delantera y caída (dos orejas); buena estocada (saludos).