La turbación de las geishas en Japón

La mitificación de su figura y el turismo masivo han terminado por borrar el misterio de las geishas y transformarlas en un burdo objeto de fotografía.

Geishas tradicionales posan para una fotografía.
Geishas tradicionales posan para una fotografía.Alberto Belenguerpixabay

El poder transformador del turismo

Uno de los aspectos más importantes del turismo es su poder de transformación. Resulta casi inaudito. Cuando civilizaciones gloriosas dedicaron siglos a la conquista y erradicación de las culturas conquistadas, al entramado turbulento de la psicología para borrar la memoria histórica de los hombres, basta que una localidad se convierta en un destino de turismo masivo para que su identidad sea brutalmente tergiversada, en ocasiones sin vuelta atrás. Ya no quedan poblados africanos que estén perdidos en el interior del continente misterioso, ni se pueden comerciar abalorios de oro y cuernos de marfil con ellos. Si el viajero visita África y quiere llevarse un recuerdo, deberá ir al mercadillo y frotar con insistencia las figuritas de madera para comprobar si son de ébano realmente, o si se tratan de otra imitación pintada de color negro. En varios de estos mercadillos, las figuras serán made in China. Ya no quedan casi esquinas del mundo que mantengan su originalidad. Su originalidad se ha convertido con el paso del tiempo en un fructífero mercado, dirigido a los turistas apasionados, recreado en China o en cualquier otro almacén.

Es triste, en parte. Pese a que este fácil acceso a lo exótico ha permitido que cada vez un mayor número de personas comprendan culturas diferentes a las suyas, también ha llevado en ocasiones a simplificar estas culturas extrañas, arrebatándoles gran parte de su valor. Es el caso de las famosas geishas japonesas.

¿Quiénes son las geishas?

Se debe empezar por comprender que la geisha tradicional era una esclava. Simple y llano. Sus deseos no eran importantes para nadie si no los aceptaban sus admiradores, su cuerpo pulcro y ademanes estilizados arrastraban un nivel de exigencia arrollador. Una geisha era una esclava hundida entre algodones. Pese a que en muchas ocasiones eran obligadas a prepararse en este estilo de vida, su costosa educación - debían aprender de danza, retórica y diferentes artes - las endeudaba hasta extremos agobiantes desde la niñez. Muy duro debía trabajar una geisha, entreteniendo mediante complicados bailes a los acaudalados hombres de negocios, antes de librarse definitivamente de su deuda. Solo entonces alcanzaban a subir un escalón en la inclinada pendiente de las libertades, un solo escalón, antes de sentarse en él y esperar a que fueran las elegidas para regentar las casas de té tras la muerte de sus dueñas.

Geishas modernas durante un espectáculo de danza. FOTO: Patricio pixabay

En la actualidad, la esclavitud de las geishas parece haberse suavizado, lo cual es un punto a favor de la alegría. Ya no son vendidas por familias necesitadas a las casas de té y su entrenamiento es menos estricto a la par que voluntario. Aunque esto no significa que su trabajo sea menos peligroso de lo que fue en el pasado. El mundo de la noche, rodeado de hombres voraces, es un terreno peligroso para cualquier mujer hermosa que pasee en solitario. También se ha creado una revoltosa polémica en torno a las geishas y la prostitución, acostumbrados como estamos en occidente a marcar las ideas como buenas o malas, poco dados a los grises. ¿Es prostitución vender tus conocimientos, tu mente, tus conversaciones, tu compañía? Entramos en la deliciosa escala de grises. Bien puede ser prostitución, aunque de una forma más compleja. Bien puede no serlo, y tratarse de un empleo tan prostituible como cualquier otro que ofrezca un servicio al cliente. Está en manos del lector decidirlo.

Lo que sí es seguro es que las geishas tradicionales más hermosas contaban con un danna, un caballero protector que las agasajaba con regalos y cuidados delicados. En ocasiones, si la geisha lo deseaba, también cabía el acto sexual que pueden ostentar dos amantes cualesquiera, sin que interviniese necesariamente ningún precio.

Tras esta fugaz e incompletísima definición de las geishas, apenas para conocerlas levemente sin arrebatarles su parte de misterio, entramos en el tema principal de este artículo. ¿Qué mal les ha hecho el turismo a estas profesionales de la belleza?

La pérdida del misterio

El turismo les ha arrebatado el misterio, que fue hasta la Segunda Guerra Mundial su mejor arma. Antaño los hombres se sobrecogían frente al misterio de las geishas, y mientras ellas les servían el té con gráciles movimientos, ellos cuchicheaban y se preguntaban quién era realmente esta mujer que les servía. ¿Qué sueños y sentimientos esconde su pulcro maquillaje blanco? ¿Qué pensarán estos labios aparentemente dispuestos, coloreados de un rojo ensordecedor? ¿Cómo serán sus vidas fuera de estas fiestas, cuáles son los verdaderos placeres que alimentan sus almas limpias? El mundo de la geisha, terrible por sus obligaciones y duras exigencias, estaba cubierto por un halo de misterio que las volvía intocables a las manos sucias de los hombres. Solo así escaparon a las violaciones, los actos defenestrados, la humillación absoluta. Por extraño que pueda parecernos, una geisha sentía un orgullo fiel por pertenecer a la élite de la belleza japonesa. Entrenaban sus artes con el mimo de una bailarina rusa, se aplicaban en sus estudios como cualquier universitaria ambiciosa por su futuro. Y al conseguir el estatus de geisha caminaban altivas. Intocables tras una muralla de misterio que las complejas normas de su casta levantaba.

Durante los años 20 del siglo pasado, casi un millón de geishas transitaban las calles de Japón. En la actualidad, su número apenas roza los mil. Aquí cabe señalar el turismo. Si bien es cierto que la modernización de Japón tras la Segunda Guerra Mundial ha eliminado las costumbres más bárbaras (esclavitud, posible prostitución) de las geishas, el turismo ha mitificado estas figuras hasta tal punto que los flashes de las cámaras peligran con derribar la base que las sustenta. Los turistas hacen entonces la labor de paparazzis, lanzándose de forma indiscriminada a fotografiar cualquier geisha que se cruce en su camino. Su cultura secreta ha sido desenterrada para ser vista por los ojos indiscretos, largo y extensos libros se han escrito sobre ellas, desgranando palabra por palabra, con la crueldad del desollador, los secretos que las protegían de la suciedad del mundo.

Su intimidad, vital para mantener fuerte la barrera del misterio, ha sido eliminada. Ahora deben aguantar, con la educación que les inculcaron, las estridentes risitas de los viajeros ignorantes que compran su tiempo para hacerse una fotografía y tachar gracias de sus listas. El escándalo ha llegado hasta tal punto que el gobierno de Kioto prohíbe hacerles ningún tipo de fotografía en la calle. ¿No es triste? ¿Por qué viajamos y buscamos rostros de lo extraño? ¿Para destruirlo y arrebatárselo? Es una obligación para el turista encontrar la línea que marca una invasión y una visita, es su compromiso no ceder demasiado a sus caprichos y actuar con respeto hacia las culturas que visita. De lo contrario, inevitablemente, llegará un día en que no queden culturas por descifrar. Y viajar será entonces tremendamente aburrido.