Ni siquiera los viajeros más experimentados podrían imaginar las iglesias de Göreme

Esta pequeña región en Turquía fue hecha para impresionar al visitante desprevenido

Nietzsche se equivocaba cuando dijo que el mundo real es mucho más pequeño que el mundo de la imaginación. Salvando contadas excepciones donde la imaginación voló por encima de lo real, el mundo físico cuenta con esquinas mágicas, pendientes sin final, acantilados de terror, montañas secretas, granos de arena y gotas de agua semejantes a diamantes, caminos indescifrables para la adormecida mente del hombre contemporáneo. Esto lo sé porque llegué a Göreme (en la región de Capadocia) cuando todavía era de noche, y me vanaglorio de ser un hombre con una imaginación voladora.

Desde Estambul hasta la Capadocia

Apenas un puñado de estrella vagas iluminaban el desierto. La arena se vuelve blanca durante las horas nocturnas, cada forma se distorsiona. Estas se agitan con brusquedad, te giras a mirarlas y vuelven a desaparecer, para surgir de nuevo pocos metros más adelante. Son los momentos de mayor misterio. Dentro de los terrenos de lo desconocido, durante las horas más oscuras.

Aunque se me ocurren varias formas de visitar Göreme - en autobús desde Estambul o Ankara, incluso a dedo -, yo llegué tras siete horas conduciendo desde la vieja Constantinopla. Había sido testigo de la suavidad con que el paisaje turco se transforma en su camino a los desiertos de Asia Central, primero de un verde intenso, menos intenso a cada kilómetro, fundiéndose levemente por cada diez kilómetros con los colores claros de la arena. El verde se derrota definitivamente y sucumbe a los dientes desgastados de la arena. Después de este espectáculo de derrota pensé que no quedaría nada que me sorprendiese en Turquía, me dije, la imaginación de la que hablaba Nietzsche es el único límite que me queda por pasar.

Me equivocaba. Como suele ocurrir. Al alcanzar Göreme en las primeras horas de la madrugada ya supe que me equivocaba. ¿Qué son estas formas, que se crean y deshacen con extraordinaria timidez al descubrirlas? ¿Qué me quieren ocultar? Estiré al máximo los límites de mi imaginación vanidosa y quise divagar, pensé, serán torres de marfil o incluso de cristal, será un oasis encantado en el desierto, quizás simples soplos de vientos y nada más.

Tierra de ermitaños

Antes de descubrir mi error quiero contarte, a grandes rasgos para no cansarte, la historia que conforma los orígenes de Göreme. Volamos al convulso siglo IV, el mismo en que el Imperio Romano decidió dividirse y marcar la línea que comenzó su declive. Aunque cueste creerlo, estamos hablando de un periodo histórico más convulso del que vivimos ahora, cuando el Imperio que había gobernado Occidente durante los últimos 500 años se aproximaba a un final que reorganizaría la estructura del mundo. Fue entonces cuando San Basilio de Cesarea instó a sus seguidores cristianos a abandonar la caótica sociedad y buscar la santidad en la naturaleza, como harían los ermitaños. De estas ideas nacieron las comunidades anacoretas.

Abandonaron las bulliciosas ciudades y buscaron la piedad en el desierto. En la región de Capadocia decidieron intalarse en Göreme, y comenzaron a tallar pequeñas cuevas en la roca. Una cueva, otra, otra cueva y es febril, doscientos años después seguían llegando fieles y tallando más profundo en la roca.

Agradezco la existencia de las fotografías para poner en evidencia el poder de mi imaginación y de mis palabras. Cuando me desperté a la mañana siguiente de llegar a la población, por el valle que se extendía debajo de mi camping descubrí cada detalle de mis errores. Parecían montañas muy finas, frágiles, capaces de quebrarse con un soplido, pero agudizando la mirada se descubrían las cavidades de entrada y las ventanas. No son montañas, montañas decía que eran mi imaginación tullida, porque son las iglesias que tallaron los anacoretas en la piedra.

Con las primeras horas de sol, cuando el astro se despereza y sus rayos parecen extenderse hasta traspasar la carne, centenares de globos aerostáticos se inflan y se levantan sobre las iglesias de Capadocia. Así puede verse el amanecer de dos maneras: desde el aire a 150 euros por persona o desde el suelo, alternando la vista maravillada entre las montañas artificiales y el aire impregnado de globos.

Los frescos de las iglesias

Pero hay más, podrás creerlo, la humillación profundiza hasta nuevos niveles y la imaginación patalea, se encabrita y lloriquea, cuando una persona corriente como yo entra en estas iglesias.

La historia continúa. Tras casi tres siglos tallando las piedras con religiosa parquedad, algo ocurrió, quizás los habitantes de Göreme supieron que tenían entre manos uno de los legados más valiosos de la humanidad, y quisieron dar un paso más. Comenzaron a pintar el interior de las iglesias.

Los frescos religiosos llaman la atención por la cantidad de color azul que se utilizó en ellos. Ese mundo pintado en las iglesias es azul, como los bosques son verdes, y como los troncos marrones, aparecen con timidez el dorado y el granate en las pinturas. Algunas, como la del ermitaño Onoufrios en la Iglesia de la Serpiente, ya lucen desgajadas por la edad, la humedad los está borrando con su crueldad habitual; otras, como el fresco del Cristo Pantocrátor en la Iglesia Oscura, observan al visitante con tal intensidad que corren el riesgo de descubrir todos sus secretos. Mira sus ojos. Saben nuestros secretos. Grandes y castaños, sobre el fondo azul inexpugnable, esperan pacientes a que pase el tiempo.

¿Por qué recomiendo visitar la Capadocia y Göreme, al menos cuando la situación del coronavirus lo permita? Para asombrarse. Para humillarse y encontrar los agujeros de la imaginación. Hasta entonces, espero que mi explicación te sirva para mosquear al gusanillo de la curiosidad.