El jefe africano que estudió en Oxford y veraneaba en Marbella

Un breve repaso al caudillismo de numerosas tribus en África Occidental permitirá desmitificar algunas de las ideas que tengamos

Hagamos un ejercicio de imaginación. Pensemos que, por delicias de la vida, el coronavirus ha terminado felizmente gracias a una vacuna infalible que consiguió desarrollar un científico español (¡viva!) y ya no hay miedos ni ataduras que nos impidan salir allí afuera para comernos el mundo. La economía se ha recuperado, ha mejorado, incluso, y se rumorea que Pablo Iglesias ha reconocido que Marx estaba equivocado y piensa dimitir. Un mundo de colores.

El ejercicio continúa catapultándonos a Diangobo, un pueblo de dos mil habitantes en Costa de Marfil, en la puerta misma de la casa del jefe de la tribu (¡toma ya!), esperando a conocerles a él y a todo su séquito. ¿Cómo imaginamos al jefe, una vez aparece? Pero antes de lanzarnos a describirlo, mejor será hacer un pequeño repaso sobre los jefes africanos por si nunca hemos leído sobre ellos.

¿Jefe o rey?

La compleja cultura africana es imposible de describir en un solo artículo. Harían falta densos y gruesos libros de antropología para explicar las tradiciones de cada etnia y cada tribu, detallando las costumbres centenarias que han resultado en estas (no vaya a pensar el lector que son todas iguales), así que intentaré hacer una pequeña síntesis que englobaría la mayoría, que no todas, de las costumbres sobre el caudillismo tribal en los países de África Occidental. Acotando terreno.

Ahora pongámonos en la situación de que pertenecemos a un pequeño poblado de no más de 40 individuos de la etnia Fula, dedicado al cultivo del arroz y del cacao, y por vueltas que da la vida nuestro vecino nos roba una cabra. ¿Qué hacer? La respuestas es simple. Acudir al jefe de la tribu con nuestras quejas, es decir, al hombre que gobierna por derecho hereditario sobre los 40 individuos que conviven conmigo, y confiar en que reparta justicia. Pero el problema es más complicado de lo esperado y nuestro vecino parece poseer un don para engatusar con las palabras, el jefe duda, estudia a la cabra, consulta una sentencia con sus hijos y sobrinos. Finalmente levanta la mano para que se haga silencio y confiesa que el tema es demasiado complicado para él, no se ve con la sabiduría suficiente como para dictar su resolución. Deberemos acudir al rey para que sea él quien haga justicia.

El rey es muy poderoso, habrá que pensárselo bien antes de molestarle. Su familia ha gobernado sobre los Fula de esta región a lo largo de generaciones, muchas, ya sea por tradición ancestral o porque algún antepasado consiguió hacer un buen trato con los colonizadores. Gobierna sobre nuestro poblado y sobre diez más. Sus hijos mayores estudian en el extranjero y su hermano es diputado en el Congreso. Su primo es un importante doctor de la capital. Pero allá que vamos con la cabra atada a su cordel, farfullando insultos contra el vecino y lamentando tener que caminar los 30 kilómetros que separan nuestro poblado de la casa del rey.

Lo más probable es que el rey dicte sentencia. Es un hombre inteligente y nadie quiere acudir a los tribunales de la capital por el engorroso asunto de la cabra. El proceso judicial en el país es extremadamente lento, bastante corrupto e ineficiente. Las cosas como son. Por eso no es habitual acudir a los jueces si el tema a tratar no es importante, como por ejemplo un asesinato o el robo del ganado entero.

El dilema de ser rey

Ya sabemos, aunque sea por encima, para qué sirven los jefes y los reyes, en qué se diferencian y su uso principal en la cultura social de un amplio número de pueblos africanos. En esta capacidad legal para dictar sentencia se adivina un importante poder, además de que los jefes y los reyes pueden cobrar impuestos a sus súbditos y es norma general que vivan de forma holgada con respecto a los demás. Pero son impuestos justos, ya que los reyes y jefes africanos son útiles para los ciudadanos porque garantizan juicios imparciales y rápidos en materias de escasa importancia.

¿Cómo se nombra a un jefe o un rey? Con el rey es sencillo: por norma general suele ser el hijo del rey anterior, si no el mayor, pues uno de los pequeños. Dependerá de quién está dispuesto a asumir el trono. Una vez conocí a un rey en Guinea Bissau que era el cuarto de sus hermanos. El primero era diputado y no quiso asumir el mando, el segundo murió de joven, el tercero era general y él, que había sido el único a quien su padre no pudo pagarle buenos estudios, se encontró de la noche a la mañana como rey de un territorio de 200 kilómetros cuadrados. Pero era un buen rey, creo.

En el caso de los jefes, la costumbre es casi imposible de concretar. En algunas tribus heredará el sobrino mayor del anterior, en otras se votará, también puede ser el segundo hijo del jefe (pocas veces es el mayor) o su mismo primo. Todo dependerá de la costumbre y de quién esté dispuesto a aceptar la responsabilidad.

El rey que estudió en Oxford

Ahora podemos volver a nuestro primer ejercicio de imaginación. Preguntaremos, suspicaces, al periodista que escribe este artículo y tuvo la oportunidad de conocer al sujeto en la vida real: ¿imaginamos a un jefe o a un rey? ¿Quién de los dos vive en Diangbobo? Buena pregunta. Es un rey. No creo que haya un solo jefe en África Occidental que gobierne sobre dos mil personas y varias tribus vecinas.

Y ya nos vamos a lanzar a dibujarle con una forma y unos colores concretos cuando, deteniéndonos, nos preguntamos dónde estudió este rey. ¿Fue uno de los que pudo ir al extranjero? Así es y, todavía más, estudió Económicas en Oxford. Cuando el rey anterior murió, este hombre del que hablamos trabajaba en la City de Londres, cobrando lo que se dice un sueldazo, tenía amigos influyentes en todo el sector financiero de Europa y pasaba sus vacaciones de verano disfrutando del sol y de las playas en Marbella. Pero su hermano mayor - que era quién debía heredar el derecho - también era dueño de jugosísimos negocios y no respetaba la tradición, prefirió su riqueza a cuidar de su pueblo, así que se negó a ser coronado y el derecho pasó a nuestro amigo.

Nuestro amigo, serio y capaz de hablar francés, inglés y español de forma impecable, consciente del sacrificio que supone abandonar su lujosa vida en Europa para gobernar desde un pueblo al que no llegó el agua corriente hasta el 2013 y que apenas tiene electricidad, meditó su respuesta. Pero él sí respetaba la tradición. Abandonó su empleo, hizo las maletas y voló a Diangbobo. Ahora puedo revelarte su aspecto, solo para ver si acertaste en algo - y cada detalle es real como las manos que lo describen -: alto, erguido y con buena planta. Pelo recortado a cepillo, gafas Ray-Ban del modelo Aviator. Botas Hunter de un bonito color verde oliva. Vaqueros holgados de Levi Strauss, resistentes a los meses de lluvias. Y por encima de su poderosa figura un cuidado abrigo Barbour, probablemente comprado en Oxford Street.

Igualito a los que veíamos en las películas, oiga.