Cerveza, ciudades y guerras: todo lo que debemos a Ur

No solo la cerveza, sino que los primeros tipos de moneda, la arquitectura y la escritura también se las debemos a los sumerios

¿Cuántos años es capaz de aguantar una ciudad en pie? Sabemos que ciudades como Damasco resisten desde hace tanto como 4.000 años; en España, la urbe más antigua es Cádiz, con 3.100 años de historia. La ciudad de Angkor Wat fue el centro de un poderoso imperio durante seis siglos de apariencia interminable y una noche, o una mañana, lo mismo da, sopló el viento en una nueva dirección, los delicados estanques de los emperadores se empantanaron y fueron invadidos por un olor nauseabundo. La abandonaron y nadie volvió a poner un pie en ella hasta trescientos años después.

Las ciudades. Cosa extraña. Uno diría que se tratan de edificios, habitantes, espacios de terreno bien delimitados en un mapa. Pero los edificios de una ciudad vieja se derrumban y se deben construir otros nuevos, las personas nacen y mueren con la misma facilidad, el terreno lo moldea el ímpetu de la naturaleza. Creo que llega un momento, cuando una ciudad alcanza cierta edad, en que consigue convertirse en una figura independiente a su definición habitual, casi parecería una criatura viva, un enorme espíritu cuyo cuerpo transmuta como si esta fuera la fórmula para otorgar la mortalidad a un ente inanimado. Podemos encontrar el ejemplo perfecto de este tipo de ciudades en Ur, considerada por algunos como la primera ciudad de la Historia, situada al sur de Irak y desenterrada por arqueólogos británicos entre 1922 y 1934 (dato curioso, la escritora Agatha Christie visitó las excavaciones y allí conoció al que más tarde sería su marido, Max Mallowan).

Un gran paso arriesgado para la humanidad

Todos sabemos o, al menos, imaginamos la importancia que la agricultura sostuvo en nuestra evolución. Cuando comenzamos a construir las primeras ciudades. El cambio fue físico porque nuestros cuerpos debieron adaptarse a nuevos climas y alimentos, social al generar sociedades más amplias, filosófico al generar nuevos ritos e ideales, bélico al generar lo que hoy conocemos como ejércitos, político al presentarse la necesidad de crear órganos de gobernanza adecuados.

Pero, ¿y el shock? ¿Cómo veían nuestros antepasados los primeros edificios de ladrillo y cerámica cuando hasta entonces solo conocían endebles chozas de barro? ¿Quién fue el genio que construyó por primera vez un edificio de siete plantas? Haría falta viajar a la ciudad de Ur para desempolvar los primeros avances en la escritura, el sistema sexagesimal, la moneda, los edificios de ladrillo o incluso la misma cerveza. Se trata de la que muy posiblemente fuera la primera ciudad, construida en torno al cuarto milenio antes de Cristo y abandonada tras la conquista persa en el siglo IV. a. C. Aunque no serviría de nada acudir a los textos antiguos para encontrarla.

Verás, la ciudad de Ur se construyó cuando el mundo todavía giraba impregnado en la magia de la naturaleza y el hombre era una criatura débil, con potencial pero débil, luchando con cabezonería contra lo inexorable de la muerte. No era como ahora, cuando a la naturaleza apenas le quedan sus armas más poderosas contra nosotros. Entonces los textos antiguos señalan la ciudad a las orillas del Éufrates y muy próxima al Golfo Pérsico, casi rozando el mar con la punta de sus murallas. Pero si buscásemos la ciudad en un mapa actual, la encontraríamos a cientos de kilómetros de la costa en el corazón de Irak. Esto se debe a que Ur existió en tiempos donde era fuerte la magia de la naturaleza, y la naturaleza no quiso ver con buenos ojos esta primera afrenta del hombre a su poder. La regresión de los mares parece haber desplazado las ruinas de Ur lejos del agua, desierto adentro. Semejante a un castigo.

La primera ciudad

Olvidemos la magia y las historias de fantasía por ahora. Busquemos los hechos. Hace unos seis mil años, en la Edad de Bronce, un pueblo conocido como los ubaidianos colonizaron la Baja Mesopotamia, un extenso territorio que actualmente comprende desde Bagdad hasta el Golfo Pérsico, entre los ríos Tigris y Éufrates. Desarrollaron la agricultura mediante nuevas técnicas de irrigación que les permitiesen robar el agua a los ríos y utilizarla para fertilizar la recelosa tierra del desierto. Introdujeron el ladrillo y la cerámica. Resistentes y muy útiles contra el calor. Esta excelente mezcla de tierra fértil y agricultura, sagacidad y materiales de construcción, llevó a que antes de terminar el IV milenio a. C ya se hubiese construido la primera ciudad de la que se tiene constancia: Ur. A la que siguieron decenas de ciudades-estado hasta ocupar toda la región.

Nuevas edificaciones, nuevas formas de vida, nuevos nombres, y los ubaidianos pasaron a llamarse sumerios (una derivación de la palabra Shumer, nombre que daban los acadios a la Baja Mesopotamia). Fueron ellos quienes asentaron las bases del día a día de nuestra sociedad actual.

Por ejemplo, crearon las primeras instituciones religiosas. Ya no bastaba con tener un chamán de cualquier tipo que se relacionase con las fuerzas incomprensibles de la naturaleza, para los sumerios no era suficiente. Quisieron especificar los dogmas de su religión, dejar constancia escrita de sus dioses, arreglar cualquier tradición que hiciese falta para garantizar la supervivencia de sus creencias y, en última instancia, de sus ciudades. Esta religión delimitada dio paso a culturas, culturas propiamente dichas, cada ciudad era dueña de la suya hasta el punto de que comenzaron a ocurrir nuevos tipos de conflictos, hasta entonces desconocidos cuando el hombre apenas se había enfrentado por pedazos de tierra. Nacieron las guerras ideológicas. Kish, Lagash, Uruk y Ur eran algo así como las cuatro grandes ciudades, las cuatro grandes culturas guerreando por ver quién impondría la suya.

Decidieron desechar el obsoleto sistema de trueques y se les ocurrió utilizar los granos de cebada como moneda, dando así origen al dinero. O dando origen al origen del dinero. Tan profundo llegamos al escarbar en las ciudades sumerias. Los hay quienes dicen que incluso fueron ellos quienes inventaron la escritura.

La posibilidad de llevar vidas más relajadas, a salvo entre los muros de sus ciudades, permitió ampliar los momentos de ocio, de diversión, y con el ocio y la diversión que solo pudo existir gracias a las ciudades se comenzaron a buscar nuevos métodos para matar el tiempo. A través de un proceso de fermentación consiguieron crear una deliciosa bebida con esta cebada que tan útil les era como moneda de cambio y decidieron que esa bebida no sería solo para ellos, sino que también la entregarían como ofrenda a sus dioses. Esto lo sabemos porque se han hallado documentos sumerios datados en el IV milenio a. C donde se menciona la cerveza por primera vez.

El final del principio

Podríamos seguir añadiendo novedades a la lista que redactaron los sumerios para la humanidad, hasta acudir al zigurat de Ur y sentirnos tan pequeños como cuando nos colocamos junto a un rascacielos. Al fin y al cabo, fueron pioneros en prácticamente todo. Pero incluso los principios tienen finales, y el final de los sumerios vino de la mano de Persia.

Ya eran un puñado de siglos de guerras contra rivales vecinos. Los elamitas saquearon sus ciudades a comienzos del segundo milenio antes de Cristo, desagradecidos con todo lo que habían aprendido de los sumerios. Los medos y los babilonios también quisieron mostrar su agradecimiento de sangre y fuego. Aunque no fue hasta la ascensión del Imperio aqueménida, gobernado bajo la mano de hierro de los reyes persas, cuando Ur y sus ciudades circundantes fueron saqueadas hasta la extenuación y, finalmente, abandonadas por sus habitantes.

Ignoro cuánto podrán vivir las ciudades, aunque puede servirnos como pista saber que la primera ciudad del planeta no llegó a cumplir los 4.000 años. Nada más que un soplo de viento breve en la temporalidad de nuestro mundo. Pero todavía es pronto para saber si la caída de los sumerios fue el final de nuestro principio o el principio de nuestro final. Solo falta sentarse a esperar y ver cuántos años durarán las nuestras.