Tombuctú, la capital de adobe para un imperio perdido

La que durante siglos fuera una ciudad prohibida a los no musulmanes, ha sufrido recientemente las heridas más crueles de la guerra, aunque no por ello debería dejar de visitarse si se tiene la ocasión

Vista aérea de Tombuctú.
Vista aérea de Tombuctú.Mousssa NIAKATEhttps://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0/deed.es

Debería sorprendernos el escaso conocimiento que ostentamos de imperios exteriores a Europa. Apenas conocemos que hubo un Imperio Chino - aunque pocos saben lo complejo que resultó - y Persa, el otomano lo tenemos más cerca por la amenaza que supuso en su época, y dicen que los mayas o los aztecas también doblegaron a las tribus de su periferia. Poco más. Pero si nos hablan de imperios africanos, aquí nos han pillado. Si bien los imperios de Egipto, Cartago y quizás el Etíope nos resultan familiares debido a su importancia histórica, bajando más allá del Sáhara e indagando en los imperios de Ghana, Songhay o Kanem, nos topamos irremediablemente con un denso muro de ignorancia. Un muro levantado tras años de propaganda colonialista y neocolonialista ha terminado por hacer creer a una sorprendente mayoría de la población que el África Subsahariana nunca pasó de una tierra de tribus aisladas hasta la llegada benevolente de los europeos.

Es útil aprovechar la “nueva normalidad” que se nos ha impuesto para sacudirnos prejuicios de este estilo y comprender nuestro mundo un poco mejor. Quizás, la mejor manera de iniciarnos en este complejo entramado de imperios que poblaron el continente sea a partir de uno solo, y una de sus ciudades. El Imperio de Malí y la ciudad de Tombuctú.

La ciudad del oro y la sal

Levantada por los tuareg en torno al año 1100, Tombuctú se transformó rápidamente en una de las ciudades más codiciadas de la zona, no solo por su proximidad al caudaloso río Níger, sino por tratarse de una importante ciudad comercial a la que árabes y se dice que incluso chinos acudían con sus mercancías (sal y telas, respectivamente) para intercambiarlas con los subsaharianos por oro y cobre, dos bienes que han sido apreciados por todas las civilizaciones hasta la actualidad. Rápidamente se construyó una muralla en torno a ella con el fin de defenderla, y quizás nos hagamos una idea de su importancia regional al conocer que en el siglo XV contaba con 100.000 habitantes, cuando Madrid todavía no pasaba de los 15.000 y solo Londres se aproximaba a este número.

No eran mercancías y riquezas las únicas en reunirse en esta ciudad, también se convirtió en un importante centro cultural para la religión musulmana que por entonces ya se habían extendido por una buena parte de África Occidental. Su famosa Universidad de Sankore, edificada en los inicios de la ciudad y continuamente remodelada por sus diversos gobernantes, estudiaba las doctrinas islámicas al mismo tiempo que se construía la Universidad de Bolonia, la primera en Europa. Estos datos pueden sorprendernos.

Los manuscritos de Tombuctú son únicos ya que contienen toda la historia de la España musulmana

Tanta riqueza no podía aguantar ajena durante demasiado tiempo a las zarpas de estados más poderosos. Ni siquiera su fuerte muralla fue capaz de evitar que Tombuctú fuera tomada en el año 1312 por tropas de Mansa Musa, emperador de Malí. Pero lejos de ser esta una época de decadencia y ruina para la ciudad, como suele ocurrir con otros lugares cuando son devorados por el hambre de un imperio, Tombuctú conoció bajo el mandato del gobernante mandinga su época de mayor esplendor.

Mansa Musa, el rey derrochador

Haría falta presentar, aunque sea con brevedad, la persona de Mansa Musa antes de continuar explicando la ciudad de los 333 santos. Mansa Musa era un hombre poderoso. Crónicas de la época, escritas por el historiador musulmán Mahmoud Kati, aseguran que bajo su mandato se encerraban “cerca de cuatrocientas ciudades y que su suelo es de una riqueza extrema”. De los cuatro sultanes del mundo, excluyendo al sultán supremo de Constantinopla, el de Malí era uno de los más poderosos y “solo los territorios del sultán de Bagdad le igualaban en belleza”. Entre las escenas más estrambóticas de este emperador entra su visita a El Cairo durante su peregrinación a la Meca. El cronista Al Omari relata que Mansa Musa y su séquito “repartieron tanto oro en El Cairo que bajó su cotización y arruinó su curso”. Así se desenvolvía el emperador de Malí.

Gobernantes de este estilo suelen albergar proyectos interesantes en sus poderosas mentes, una mezcla de afán de inmortalidad y la búsqueda de símbolos que expresasen su poder les llevaron a levantar los edificios más espectaculares de cada continente. Las Pirámides de Giza, Versalles, los templos de Angkor, todos estas arrobadoras muestras de arquitectura fueron colocadas, piedra a piedra, bajo las órdenes de reyes con esta clase de ambición. Por esto no nos extraña que Mansa Musa se uniera al selecto club de los emperadores inmortales y decidiera llevar a cabo su proyecto personal en la recién conquistada ciudad de Tombuctú. Al regresar de la Meca contrató los servicios de un poeta y arquitecto granadino, Es Saheli, para que diseñase en su nombre los edificios más espectaculares de la arquitectura subsahariana.

Grabado que representa a mercaderes berberes entrando en Tombuctú sobre 1300. FOTO: Dominio Públic

Claro que en estos reinos no tenían mármol ni jade, sino adobe y oro, y con estos materiales que contaban se debían construir sus edificios. Destacan la sala de audiencias en el palacio de Tombuctú y la mezquita de Djingareyber. Pero no te pierdas cómo pagó el monarca a su querido arquitecto: le hizo entrega de 200 kilogramos de oro. La delicadeza con que fue construida esta mezquita de adobe con aforo para 2.000 fieles es tal, que casi siete siglos después todavía se mantiene en pie. Su estructura difiere completamente del concepto que tenemos de las mezquitas. Como un castillo de arena frágil se levantan sólidas las torres de entrada en su edificio principal, y el interior alberga una enorme plaza para la oración.

A esta ciudad acudían en peregrinaje miles de doctos en la fe islámica, cientos de textos de incalculable valor se guardaban en sus bibliotecas desde hacía siglos, y si los europeos hubiesen podido conocerla en sus horas de mayor esplendor, no habrían podido más que asombrarse por la genialidad de sus edificios. Pero no fue hasta el siglo XVI cuando el primer europeo la pisó, ya en sus horas de decadencia, debido a que la entrada de la ciudad estuvo prohibida a los no musulmanes durante siglos.

La destrucción de Tombuctú

El tiempo inexorable transcurrió con su habilidad natural. El Imperio de Malí terminó por deshacerse bajo el poder del Imperio Songhay con la llegada del rey Sonni Alí en 1468. Este monarca, animista convencido, persiguió con crueldad a los musulmanes durante su reinado, y no fue hasta su muerte cuando se reanudó la tradición islámica de la ciudad. Se dice que en torno a 25.000 alumnos estudiaron teología y doctrina islámica en los años posteriores, en las más de 180 madrazas que llegó a albergar Tombuctú.

Soldados franceses patrullan la ciudad de Diabaly, en el norte de Malí

Siguieron los años. Siguió el reino marroquí y la ciudad fue tomada por los ejércitos del sultán de Marruecos en 1591, marcando el punto final y definitivo de su decadencia. Siguió el imperio colonial francés y Tombuctú se mantuvo bajo su poder entre 1893 y 1960. En el año 2012 la saquearon tropas del Movimiento Nacional para la Liberación del Azawad, destruyendo a su vez y para consternación de la comunidad internacional cientos de edificios históricos por considerarlos blasfemos, ya que la doctrina islámica presente en Tombuctú discernía de la suya. Derruyeron muchas de sus mezquitas y prendieron fuego a los textos cuyas bibliotecas llevaban siglos protegiendo. Hizo falta la intervención del ejército francés en colaboración con el Gobierno de Malí para recuperarla, pero para entonces el daño ya estaba hecho. Siete de los 16 mausoleos de la ciudad fueron destruidos por completo, y la entrada de la mezquita Sidi Yayia (datada en el siglo XV) fue derruida junto con decenas de edificaciones.

La razón que les llevó a derribar la entrada de dicha mezquita, además de la pura ignominia, fue para demostrar que cierta leyenda no era verdadera. Esta leyenda decía que el día que se abriesen las puertas de la mezquita Sidi Yayia llegaría el fin del mundo, cosa que, evidentemente, no ocurrió. Pero sí llegó otro fin de otro mundo, estaba en Tombuctú, más antiguo y reducido que el nuestro de ahora.