Los orígenes del dinero: una herramienta del pueblo en manos del poder

Conocemos el dinero desde sus orígenes hasta el uso de monedas tal y como lo conocemos ahora, descubriendo una asombrosa faceta de la evolución humana y una inmensurable fuente de poder

Una de las ánforas romanas descubiertas en la localidad sevillana de Tomares con el contenido de un total de 600 kilos de monedas de bronce del siglo IV después de CristoJosé Manuel VidalEFE

Cosas útiles a conocer: el por qué de los elementos que nos rodean en la vida cotidiana. Algunos de estos, como comprender por qué existimos, por qué necesitamos amar y ser amados, por qué nacemos y morimos son preguntas a las que hemos dedicado milenios buscando una respuesta, sin un éxito certero. Pero sí podemos responder a un buen puñado de cuestiones, aunque todavía quede mucho trabajo por delante. Podemos comprender por qué un pedazo de papel coloreado puede permitirnos conseguir casi cualquier bien tangible (y en ocasiones, también intangible), conocer el cúmulo de situaciones que nos llevaron a crear esta ilusión social que llamamos dinero. Incluso podemos saber de dónde procede la propia palabra “dinero”.

El dinero no fue una idea que se le ocurrió a un genio babilonio hace cinco mil años y comunicada al resto de las naciones a través de las rutas comerciales hasta extenderse por el mundo entero. El dinero tampoco es útil sin el valor añadido que supone un producto. No son más que pequeños platillos de metal y pedazos de papel recortado, en ocasiones ni siquiera esto, nada más que números insertados en un ordenador. El dinero es una de las articulaciones más importantes de la evolución humana, de todos nosotros, y una de las bases sociales más resistentes que existen, al mismo nivel que la familia, incluso. Hará falta viajar por todo el mundo, aunque sea desde el sofá, para hilar las piezas del rompecabezas que fue su origen.

Desde el trueque hasta las semillas de cebada

El primer atisbo del dinero lo encontramos en las sociedades cazadoras-recolectoras de hace más de 15.000 años, en un mundo hostil hacia el ser humano, todavía por controlar, y donde las personas convivían en nada más que pequeños grupos familiares. Quedaban varios milenios hasta la construcción de las ciudades. Hablamos de una época complicada para la supervivencia pero más sencilla en cuanto a relaciones sociales se refieren: lo externo a la tribu podría ser un peligro potencial, lo de fuera se debía golpear con piedras hasta matarlo; lo interior era una comunidad fuerte y basada en sólidas relaciones.

En este momento de nuestra historia, el trueque era el método más sencillo para intercambiar bienes y productos. Fulano podía curtir una bonita piel de venado y Mengano tallar un útil mazo de piedra, ambos intercambiaban sus fabricaciones y regresaban a sus chozas satisfechos, mejor protegidos y abrigados. En un mundo donde la vida se limitaba a cazar, contar historias en torno al recién descubierto fuego y copular para garantizar la supervivencia de la tribu, no era necesario complicarse en demasía. Y si una persona externa a la tribu aparecía con conchas y no suponía una amenaza, se le ofrecían las pieles de Fulano a cambio de ellas y se le mandaba de vuelta a donde fuera que estuviese su tribu.

El lector se preguntará con acierto cómo podían pagarse bienes con cebada durante las temporadas de sequía. En este caso, la sequía equivalía a pobreza, falta de alimentos y, en última instancia, escasez de moneda. De una forma más sencilla pero parecida a lo que ocurre en las crisis económicas actuales.

Luego todo ocurrió muy rápido. Comenzó la revolución agrícola. El ser humano abandonó paulatinamente su estilo de vida nómada en continua persecución por el alimento y pudo buscar buenas tierras donde asentarse, sembrar los campos y garantizarse alimento de forma constante. Nacieron las ciudades, las murallas, los ejércitos, las hambrunas cuando no había buenas cosechas, los ganados, las epidemias, las sociedades complejas. Diez tribus dentro del mismo muro creaban una gran tribu, mucho más fuerte a la hora de enfrentarse contra el enemigo externo. Aquí ocurrieron los primeros problemas con el trueque.

Pongo un ejemplo al lector: tengo dos pieles curtidas en mi poder y mi esposa me pidió que fuera al mercado para intercambiarlas por un saco de lana con que tejer nuevas mantas. Acudo al mercado y ofrezco mis pieles a cambio de la lana. Pero nadie quiere las pieles. Quizá ya tengan suficientes, quizá no les parezcan un precio justo por su lana, quizá están todos cansados de que solo pueda ofrecer pieles, todos los días, tan cansino.

El gran problema del trueque es que los productos a intercambiar tienen que interesar a ambas partes, al comprador y al vendedor. Por esto no es de extrañar que la primera moneda conocida fuese un producto que interesaba por igual a todas las personas: la cebada. Se tiene constancia de que en torno al año 3.000 a. C comenzaron a intercambiarse bienes en Sumer a cambio de cebada, un bien práctico, útil en la gastronomía de todos los hogares y, sobre todo, producido en cantidades lo suficientemente altas como para que los agricultores tuvieran un excedente con que comerciar. Por poner un ejemplo, a los obreros sumerios se les pagaban 60 silas de cebada al mes (60 cuencos) y lo que no utilizaban para comer, lo intercambiaban por lana, pieles y otros productos. Esta fue la primera “moneda” de la historia.

Plata

No debieron de pasar demasiados años hasta que la gente comprendió que la cebada había adquirido un doble valor. Por un lado, era buena para comer; por el otro, servía para intercambiarla por cualquier producto. El único problema era que un saco de cebada no es sencillo de transportar y almacenar, a no ser que uno posea los medios pertinentes, y urgía encontrar un método que facilitase esta situación. Una vez se grabó en la mente de las sociedades que el valor de la cebada como producto a intercambiar podía desligarse del valor gastronómico, algún listo pensó: “¿Y por qué no crear un bien que sirva en exclusiva para intercambiar productos, que solo posea uno de los fantásticos atributos de la cebada?”. Se tiene constancia de que esto ocurrió en Mesopotamia en torno al tercer milenio antes de Cristo, aunque también sabemos que el proceso se dio por igual en diferentes partes del mundo y distintos tiempos con total independencia.

Las monedas de oro encontradas en Israel.

En el caso de Mesopotamia, se ideó el siclo de plata. Claro, la plata. Un bien escaso, es decir, valioso, resistente y sin ningún valor añadido porque no podría utilizarse para forjar herramientas y mucho menos para comer. Bastó especificar la cantidad de plata que compondría a un siclo (166 gramos) y la sociedad estaba lista para crear precios fijos. Un kilo de lana costaría dos siclos, imaginemos, y ya no haría falta patearse el mercado durante toda la mañana para volver a casa con las manos vacías y la cabeza baja frente a la jefa.

Claro que también se utilizaron conchas en ciertas sociedades y con la misma utilidad, pero es la plata el objeto más próximo a la percepción que tenemos hoy del dinero, y es en la plata en la que quiero fijarme. Lo interesante en este caso es la inutilidad de la plata para cualquier uso práctico en la vida. Nada más que sirve para elaborar joyas que lleven las mujeres y hombres de alta sociedad (aquellos a quienes les sobra), convirtiéndola en un bien puramente cultural cuyo uso no se habría dado de no ser por su utilidad como dinero.

Las primeras monedas

Dicen algunos sabios que cuanto más conocimiento posee una persona, más facilidades tiene para pecar. Aumentar las opciones sobre las cuales podemos decidir aumenta inevitablemente el número de opciones negativas. Y algo así ocurrió con la plata. Abrió al mundo la puerta a una infinidad de posibilidades buenas pero también malas, como podía ser la falsificación. Quiero decir, mientras que no puede falsificarse una semilla de cebada, bastaba con pintar de plateado 166 gramos de hierro y para cuando el desdichado estafado quisiera darse cuenta, nosotros ya estaríamos lejos de su alcance.

Esto obligó a idear una manera para comprobar la veracidad de la plata. Pequeñas marcas especificadas, por ejemplo de figuras mitológicas, garantizaban al vendedor que no estaba siendo engañado. Por otro lado, el hecho de que una cantidad concreta de plata equivaliese a una medida económica, llevó rápidamente a que se buscasen formas sencillas para medirla. Se crearon las primeras monedas. Marcadas para comprobar su veracidad, pesadas al miligramo con el fin de indicar su valor.

En las primeras monedas se acuñaban marcas y efigies de dioses para determinar su veracidad y valor.

Se piensa que las primeras monedas de la Historia fueron acuñadas en el año 640 a. C por orden del rey Aliates de Lidia, en Anatolia. Se utilizaron diferentes marcas para especificar cuánto oro y plata contenía cada una y para garantizar que el gobierno las aprobaba. El único problema llegados a este punto, una vez el resto de naciones comenzaron a acuñar sus propias monedas, era que no existía una moneda común, es decir, los estados pobres reproducían monedas más empobrecidas en oro y plata y a la inversa con los estados ricos (hoy ocurre algo parecido con la inflación), sin que existiese un tipo de cambio tan certero como el que tenemos en la actualidad. Pero con estados no me refiero a naciones en exclusiva. Hablamos también de pequeños reinos dependientes, ciudades, regiones. Cada uno tenía su propia moneda, como un puñado de chiquillos excitados con un juguete nuevo.

La primera moneda nacional, única para todo un territorio, la encontramos con Alejandro Magno. Fue él quien ideó una moneda común para todos sus territorios en Grecia y Asia, con una representación de Heracles en una de sus caras y de Zeus en la otra. Al morir el emperador, Ptolomeo ordenó que su perfil fuese incluido en las monedas, creándose así la primera moneda con la figura de un mortal grabada en ella.

Las monedas como fuente de poder

Piénselo el lector. ¿Qué implica representar a un hombre en las monedas? En la misma plata tan valiosa para nuestra supervivencia, allí donde hasta hace unos pocos siglos solo se representaba a los mismos dioses. Es inevitable que creara cierta sensación de divinidad rodeando al rostro acuñado, de poder inmortal, de sumisión, incluso de adoración. Podría decirse que aquél que saliese representado en las monedas, pasaría a los anales de la Historia de forma casi automática.

Monedas acuñadas con la figura de Justiniano II y de JesucristoLa RazónLa Razón

Esta sucesión de ideas puede hacer extraño que desde que se representase al primer mortal en las monedas, debieron transcurrir casi tres siglos hasta que se imprimió el primer rostro de un mortal vivo. El nombre de este hombre poderoso fue Julio César y, como nuestras deducciones imaginaban, pasó a la Historia a la vez que su rostro se acuñó en las monedas. Hasta entonces se había evitado acuñar el rostro de un contemporáneo para evitar el culto a la personalidad, precisamente. Su osadía le valió luego un violento asesinato en el suelo del Senado, pero asentó un precedente que siguieron todos los emperadores romanos que vinieron tras él y que todavía se mantiene. No hace falta más que mirar un euro español que tengamos en el bolsillo para ver al rey Felipe VI.

Llegados a este punto, debo confesar un dato al lector. He estado mintiendo a lo largo de todo este artículo. He hablado de dinero pero no he sido del todo certero porque la palabra “dinero” no existía como tal hasta la llegada de las monedas romanas. Su etimología procede del tipo de moneda romana durante los primeros siglos después de Cristo, el denarius, cuyo valor era de diez ases (denarius significa “que contiene diez”). El denario sirvió para nombrar tanto al mismo dinero como a la moneda que todavía circula por numerosos países musulmanes, el dínar.

Podríamos continuar hablando de cómo se ha producido una desaparición paulatina del dinero físico a través de los préstamos y los sistemas capitalistas pero temo que ya me he prolongado demasiado para un artículo. Quizá podamos dejarlo aquí hasta dentro de un puñado de años, que dicen será cuando desaparezca todo el dinero físico y existirá únicamente de forma virtual.