La muestra recoge la «fiebre lunar» de Julio Verne a través de una serie de carteles de las películas de Meliés y de las óperas de Offenbach, que se inspiraron en algunas de sus obras

Los viajes extraordinarios que inspiraron a Julio Verne

El ingenioso escritor francés se alimentó durante décadas de sus viajes para componer algunas de las novelas de aventuras más conocidas del mundo

“Realmente es muy útil viajar, si deseas conocer cosas nuevas”. Así de llano expresó el escritor francés Julio Verne la máxima utilidad a la hora de viajar hacia destinos desconocidos. Precisamente él que conocía lo prácticos que habían resultado sus viajes para conocer cosas nuevas y detallarlas como él hacía, tomando pedazos de realidad para amasarlos junto a pedazos de imaginación. Viajando, portando una creatividad prodigiosa consigo, fue capaz de escribir ochenta novelas con una calidad excelente y cargadas de fantásticas aventuras. Algunas, como París en el siglo XX, ambientada en una capital francesa futurista donde sus habitantes viven obsesionados con el dinero y los faxes, fueron tildadas de pesimistas y no se publicaron hasta noventa años después de su muerte. Otras, como Veinte mil leguas de viaje submarino o La vuelta al mundo en ochenta días, conformaron un género único entre las novelas de viajes y aventuras.

Al contrario que Emilio Salgari - creador de Sandokán y del Corsario Negro, trabajaba en una oficina de correos en Italia y jamás visitó los paisajes que describía -, Verne fue un apasionado de los viajes y, ya fuera a bordo de su querida goleta Saint-Michel III o descubriendo la vida bohemia del París del siglo XIX, cada esquirla de interés que captaban sus ojos sirvieron como base para crear los escenarios de sus conocidas novelas.

París

Con 324 metros de altura, fue durante cuarenta y un años la estructura más alta del mundo creada por el hombre.
Con 324 metros de altura, fue durante cuarenta y un años la estructura más alta del mundo creada por el hombre.

La primera parada en la ajetreada vida del escritor ocurrió en París, a 385 kilómetros de su Nantes natal, cuando cumplió los 19 años y su padre le obligó a estudiar Derecho. Parece ser que su progenitor no imaginaba que el peor sitio al que mandar para centrarse a un joven soñador, creativo, ávido de aventuras y experiencias rocambolescas, era precisamente París en 1848. Allí fue víctima de incontables desengaños amorosos, escribió su primera obra de teatro, Alejandro VI, y pudo acudir de primera mano a las representaciones teatrales de los gigantescos Alejandro Dumas y Victor Hugo. Su tiempo libre lo dedicaba a encerrarse en su habitación para estudiar las obras de Shakespeare y Walter Scott. Fue por estas fechas, todavía ajeno a su exitoso futuro, cuando escribió: “¡La literatura ante todo, pues solo en ella puedo triunfar, ya que mi espíritu permanece siempre atento a ella!”. Su amigo Édouard Riou y él malvivían en la capital francesa y tenían un único traje elegante, el cual se turnaban cada noche para acudir a los eventos literarios de París.

Aunque podría decirse que los años de Julio Verne en la capital fueron complicados, económicamente desastrosos y muy sufridos a la hora de buscar el curso de su carrera como dramaturgo (obtuvo un considerable reconocimiento por varias obras de teatro aunque nunca llegó a ser el que consiguió como novelista), se presiente la influencia de París a lo largo de toda su obra. Su amistad con el hijo de Alejandro Dumas le introdujo rápidamente en la cúpula creativa de París y las interesantes cenas en las que participó, donde las conversaciones era de lo más jugosas para su ágil mente, prepararon el terreno de su imaginación para futuros escritos.

Inglaterra y Escocia

Las Higlands escocesas son un espectáculo abrumador.
Las Higlands escocesas son un espectáculo abrumador.LoboStudioHamburgpixabay

El primer viaje de Verne al extranjero ocurrió casi por casualidad. En agosto de 1859 embarcó en un vapor a Liverpool junto a su amigo Aristide Hignard, gracias a que el hermano de este, Alfred, era armador y pudo conseguirles un pasaje gratuito a Liverpool de ida y vuelta. Debe decirse que un antepasado de Verne fue un arquero escocés y la visión de Escocia, ya lo sabemos, con sus amplias llanuras salpicadas por montes chatos y cerros rasurados, causó en él una honda impresión. Hasta el punto de que repetirá este viaje en 1879.

Conocer Reino Unido supuso una valiosa fuente de inspiración para el novelista. Por ejemplo el marinero Speedy, uno de sus personajes en La vuelta al mundo en ochenta días, lo creó íntegramente a partir de la imagen que percibió del capitán del barco que les llevó a Inglaterra. La gruta basáltica de Fingal, escondida en una minúscula isla al oeste de Escocia, le sirvió como referencia para describir escenarios similares en Veinte mil leguas de viaje sumbarino, La isla misteriosa o Las indias negras. A todo esto debería añadirse un aspecto que cualquier viajero veterano comprendería. La mente de Verne, habituada a su vida urbanita y afrancesada en Nantes y en París, consiguió adquirir una conciencia más periférica, es decir, aprendió a conocer culturas diferentes a la suya, explosionó el germen de la curiosidad, redescubrió el concepto del asombro observando los paisajes en su anhelada Escocia. Aprendió a viajar y moldeó su mente a favor de ello, en previsión a las futuras aventuras que le sucederían.

Estados Unidos

Ilustración de Méliès sobre el viaje a la luna de Julio Verne
Ilustración de Méliès sobre el viaje a la luna de Julio VerneLa Razón

Norteamérica supuso una fuente de ideas inagotable para Julio Verne. Puede decirse sin temor al error que sentía una atracción especial por este lado del mundo, misterioso y descomunal en sus paisajes donde Europa era más familiar y reducida. Consideraba a los estadounidenses ingeniosos e intrépidos, y en una ocasión llegó a señalar: “Cuando un americano tiene una idea, busca a otro americano con quien compartirla; cuando son tres, eligen a un presidente y dos secretarios”.

El ansiado viaje de Verne a Estados Unidos ocurrió finalmente en 1867, en compañía de su hermano Paul. Podemos hacernos una idea de las pasiones del novelista cuando uno de sus mayores deseos era llegar a Nueva York en el Great Eastern, apodado el “Leviatán de los mares”, un navío enorme y muy moderno para la época con capacidad para 1.000 pasajeros. Dedicó la travesía a estudiar cada esquina del barco. Ya en Estados Unidos visitó Nueva York y la región de los Grandes Lagos, remontó el río Hudson hasta Albany, conoció Búfalo y consiguió ver las cataratas del Niágara, antes de regresar sumido en la nostalgia a París. El viaje fue en extremo fructífero. El Great Eastern sirvió directamente para ambientar Una ciudad flotante, mientras que en El testamento de un excéntrico, Familia sin nombre y César Cascabel, entre otras obras, se sirvió de las cataratas del Niágara para describir importantes pasajes. Aunque podría decirse que su novela más conocida ambientada en América sería De la Tierra a la Luna. Un apasionante relato basado en los años posteriores a la Guerra de la Secesión, cuando un grupo de aficionados a la balística deciden disparar un enorme proyectil a la Luna.

Mediterráneo

Incluso el papa León XIII quiso conocer a Julio Verne cuando viajó a Roma.
Incluso el papa León XIII quiso conocer a Julio Verne cuando viajó a Roma.

Julio Verne era un apasionado de la navegación y, por descontado, tampoco fue mal marino. En 1872 se instaló en Amiens por voluntad de su esposa y pocos años después decidió comprar el que sería su segundo barco, el Saint-Michel II. Sin embargo, cuando todavía estaba fabricándose según las especificaciones que había dado a los armadores, Verne se enamoró de otro barco, el Saint- Michel III. “¡Qué locura!”, escribió entonces a su amigo y editor Pierre-Jules Hetzel, “¡55.000 francos! ¡Pago la mitad al contado y el resto en un año! Pero también menudo barco y menudos viajes en perspectiva.... ¡Y para mí, qué campo de impresiones y cuántas ideas nuevas que cosechar!”

Fue con el Saint-Michel III y su reducida tripulación con quien llevó a cabo sus travesías más apasionantes. En el verano de 1878 navegó desde Lisboa hasta Argel y, al verano siguiente, desde Escocia hasta Irlanda. En 1885 se embarcó en un largo crucero por el Mediterráneo en compañía de su hijo, el hijo de su editor y su hermano Paul. Túnez, Malta, Siracusa, Sicilia, Nápoles, Pompeya... Con barco o sin él, durante este viaje llegó incluso a ser recibido por el papa León XIII en Roma. Y la inspiración nacida de estos viajes épicos se desarrolla a lo largo de su obra en los años siguientes, en novelas de una calidad exquisita como pudo serlo Robur el Conquistador. Fue una lástima que terminase vendiendo su querida goleta años después, para pagar las deudas de su hijo Michel.

Otros viajes y los viajes que no llegó a hacer

Monumento de Julio Verne en Vigo
Monumento de Julio Verne en VigoAlfonso Masoliver

Todo lector del genio francés habrá echado de menos el escenario principal de Viaje al centro de la Tierra. Y es cierto que entre sus aventuras, las de Verne le llevaron también a la por entonces misteriosa y lejana Islandia, donde consiguió toda la información posible para ambientar su obra. Además, visitó Noruega y Dinamarca poco después de su primer viaje a Escocia. De España conoció Vigo (a la que dedicó un capítulo entero en Veinte mil leguas de viaje submarino), Cádiz y Málaga. El mar del Norte era uno de sus destinos más codiciados y también pudo llegar hasta allí en el Saint-Michel III, antes de añadir el Báltico a su peculiar lista.

Una de sus novelas más conocidas, sin embargo, fue fruto de su imaginación y de su ávida pasión por la lectura en exclusiva. Así puede sorprenderse el lector al conocer que África, escenario absoluto de Cinco semanas en globo, jamás fue visitada por Julio Verne. Y por supuesto que el novelista se arrepintió de no haberla conocido años después, casi al término de su vida, cuando su sobrino le disparó en el pie derecho y las secuelas de su herida le impidieron viajar más. Algo parecido ocurrió con Rusia y Miguel Strogoff, tampoco pudo visitar el enorme país aunque llegó a planear un viaje a San Petersburgo.

Todos podemos observar un destino con añoranza pero sin decidimos a lanzarnos, en ocasiones cualquier tontería nos detiene, es habitual incluso en los viajeros más osados. Si le ocurrió a Julio Verne con el continente africano, lo menos que podemos hacer es perdonárselo. Y agradecerle la tropelía de aventuras que guiaron su pluma hasta nuestros sueños de juventud.