Escultura de la semana: Gran Esfinge de Guiza

Nadie sabe cuándo fue construida ni por qué, pero todavía atrae las fantasías de todos lo viajeros que visitan Egipto

Esfinge de Guiza.
Esfinge de Guiza.Alfonso Masoliver

Las fotografías que Internet tiende a mostrarnos sobre las pirámides de Guiza son un tanto engañosas. En ellas el cielo se puede observar fluyendo de un azul claro mientras el sol brilla abrumador, iluminando cada esquina libre de los pesados bloques de piedra caliza. El desierto crece sin remedio en el fondo de las imágenes, pequeños grupos de camellos merodean los alrededores. Por tanto resulta casi chocante cuando nos presentamos en persona para ver las famosas pirámides, y descubrimos la contraportada del cuento que leímos. Guiza, una tierra sagrada profanada y unida hasta fundirse con la enorme ciudad de El Cairo, recibe cada día amplias bocanadas del humo de millones de vehículos que traquetean amodorrados por las carreteras adyacentes al complejo de las pirámides. La calima del desierto que parece especialmente motivada durante las primeras horas de la mañana se alza, colorea con tonalidades claras el cielo azul de las imágenes, y juguetona se baraja con el humo de los tubos de escape y el calor finísimo del desierto que se eleva y se vuelve a derrumbar.

Que no te la cuelen: el paisaje de las pirámides de Guiza se confunde con un manto blanco de suciedad natural y artificial durante las primeras horas del día, y su grandiosidad parece todavía más inaccesible al visitante, semioculta tras este manto. Y apartada de las pirámides por varios centenares de metros, algo más baja en el terreno, como si no quisiera tener nada que ver con este incómodo hechizo de suciedad, la Gran Esfinge estira las patas y da la espalda a las tumbas de los faraones, pensativa. Clava sus ojos de piedra en la ciudad.

Orígenes inciertos

Nadie sabe con exactitud quién construyó la Gran Esfinge, ni por qué razón, ni cuándo. Complicada en su misterio parece haber salido por su propio pie de entre las arenas del desierto, igual que las criaturas de la mitología que no necesitan de humanos para respirar, parece que nadie la creó, por ninguna razón. La Gran Esfinge siempre estuvo allí. Durante las campañas la Segunda Guerra Mundial estuvo allí. Durante las campañas egipcias de Napoleón estuvo allí, durante la invasión mameluca estuvo allí, durante el auge del islam estuvo allí, durante los años de César y Cleopatra estuvo allí, durante los años de Alejandro Magno y Ramsés II y Moisés y Tutankamón estuvo allí. Esta colosal estatua no se ha movido un milímetro desde los albores de la humanidad y sus ojos parecen haberlo visto todo, haberlo comprendido todo.

Bonaparte ante la Esfinge, cuadro de Jean-Léon Gérôme. FOTO: Jean-Léon Gérôme

Pero es una ilusión, nada más. Investigadores con mentes menos romántica han procurado buscarle un constructor y una razón, como si objetos tan antiguos todavía precisasen de una razón para excusar por qué no se quieren mover de allí. Una amplia mayoría de la comunidad científica señala que el faraón Kefrén ordenó su construcción en torno al 2570 a. C pero no son pocos quienes niegan esta afirmación. Porque resulta que en la Estela del Inventario se relata cómo el faraón Keops, abuelo de Kefrén, la encontró semienterrada en el desierto poco antes de construir la Gran Pirámide de Guiza. Esta Estela del Inventario bien pudo ser un texto escrito en el siglo VII a. C por sacerdotes de la diosa Isis, para conformar un mito que justificase la existencia de los dioses y sus maravillas desde siglos antes de los primeros grandes faraones y, por tanto, algunos lo consideran como un tipo muy arcaico de revisionismo histórico; o bien podemos creer que esta Estela es verídica y deberíamos asombrarnos e inquietarnos por el misticismo que rodea a la Esfinge.

Otros dicen que la construyó el hijo de Kefrén, también los hay quienes aseguran que fue erigida como una estatua en honor al dios Anubis. Que sus rasgos coinciden con los del faraón Keops, que sus rasgos son negroides porque fue esculpida en un tiempo en que el rostro de los egipcios todavía no se había aclarado. Las teorías acerca de la construcción de la Esfinge, aunque menos conocidas que aquellas sobre los alienígenas y las conspiraciones que pululan sobre las pirámides, son incluso más variadas, más estrafalarias. Hasta se llegó a pensar en la década de 1990 que bajo su enorme cuerpo se disponía una cámara secreta con informaciones ocultas sobre la Atlántida.

El nombre desconocido

Tampoco existe forma de saber cómo llamaron sus constructores a la Esfinge, no existe ningún texto ni inscripción de la época que pueda ayudarnos. Esta es una estatua tan vieja que los propios egipcios olvidaron por qué la construyeron. Entonces su término actual le fue dado en la antigüedad por su parecido con la esfinge mitológica que narraban las leyendas griegas, una mujer con cuerpo de león y alas en el lomo. Aunque las esfinges egipcias venían desprovistas de alas y tenían el rostro de un hombre. Y los árabes, preocupados por su forma misteriosa, quisieron llamarla Abu el-Hol cuyo significado se traduce como el “Padre del Terror”.

Al desconocer el nombre original de la Esfinge, desconocemos también su función, y al no saber su función, tampoco hay forma de saber el por qué de su construcción. Este es un enigma que todavía hoy se mantiene.

El sueño de Tutmosis

Entre las historietas que se cuentan sobre la Gran Esfinge no hay ninguna tan interesante como el sueño de Tutmosis IV, octavo faraón de la XVIII dinastía. Una historieta que no solo nos muestra los apasionantes tejemanejes políticos que se daban en el Egipto faraónico, sino que coloca a la Gran Esfinge como el primer objeto arqueológico de la Historia. La leyenda viene inscrita en la llamada Estela del Sueño y todavía hoy puede leerse en un bloque de piedra erosionado y situado frente a las patas delanteras de la bestia.

Gran Esfinge de Guiza. Tras ella puede apreciarse la pirámide de Keops. FOTO: Makalu pixabay

El año es 1400 a. C: un joven Tutmosis participa en una cacería por el desierto, cargado de preocupaciones y exprimiéndose los sesos para conseguir el trono de Egipto. Aunque es el hijo mayor de cuantos viven de Amenofis II - el primogénito murió pocos años antes -, este joven príncipe cometió el grave error de no nacer de la primera esposa de Amenofis sino de una esposa secundaria, y por tanto su derecho sobre el trono es endeble, volátil, fácil de perder frente a pretendientes más fieros o con más apoyos de los que tiene él. Tutmosis reconoce que necesita asegurarse el trono. Pero, ¿cómo hacerlo?

Sumido en sus complejos pensamientos y acalorado por el bochorno del desierto decide reposar unos minutos bajo la cabeza de la Gran Esfinge. Por aquellos tiempos solo era visible la cabeza de la criatura por encima de los hombros, mientras que el resto de la figura yacía enterrada bajo la arena. Tantos siglos con el cuerpo enterrado habían terminado por borrar su verdadera forma del imaginario popular, y a ojos de cualquiera la esfinge no era más que un rostro desprovisto de cuerpo. Pero Tutmosis cerró los ojos y tuvo un sueño y en ese sueño se apareció la Esfinge con todo su esplendor para decirle que “la arena del desierto sobre la que solía estar, ahora me cubre por completo. He estado esperando para que puedas hacer lo que está en mi corazón, pues sé muy bien que tú eres mi hijo y protector”. Cuando Tutmosis despertó, no perdió un segundo para comenzar las excavaciones y mostrar a los egipcios a la Esfinge en su plenitud, y, ya de paso, asegurarse el trono mediante esta fábula que le convertía en protegido de los dioses.

Pero desenterrar la Esfinge no fue sencillo, el primer trabajo arqueológico de la Historia fue complicado. Tan solo pudieron recatarse las patas delanteras después de un costoso esfuerzo, y frente a ellas Tutmosis ordenó colocar una placa con la Estela del Sueño, la misma que todavía hoy puede leerse.

Descubrimiento... ¿final?

La Gran Pirámide de Guiza en torno a 1880. FOTO: Beniamino Facchinelli Dominio Público

Luego el viento volvió a soplar y empujó a la arena de vuelta a su sitio. Para cuando los musulmanes conquistaron Egipto en el 642, las patas delanteras de la Esfinge habían vuelto a desaparecer y los viajeros sólo podían contemplar el rostro de lo que parecía una mujer asomando del desierto. Solo que esta vez no quedaban faraones que pudieran escuchar en sueños los deseos de la criatura. Fueron milenios de espera. Fanáticos musulmanes destruyeron su bonita nariz a martillazos en torno al siglo X, después de descubrir que algunos egipcios practicaban la iconoclastia y rezaban a esta criatura fantástica en lugar del único dios cuyo nombre es Alá. Los grabados que representan a la esfinge en el medievo la muestran como una misteriosa mujer sin cuerpo - confundieron el tocado de la esfinge con la cabellera de una mujer -.

No sería hasta finales del siglo XIX cuando la Gran Esfinge volvió a ser desenterrada por arqueólogos europeos, y los procesos de restauración de su cuerpo erosionado por las lluvias y la arena comenzaron, todavía hoy se siguen realizando. Aunque puede ser que dentro de cien, doscientos, mil años, la Esfinge vuelva a debilitarse y a hundirse en las arenas caprichosas que la cercan, cuando la olvidemos de nuevo. Porque volveremos a olvidarla, la Esfinge lo sabe. Sus pómulos de piedra no se estiraron con una sonrisa cuando los europeos la desenterraron porque esta es una historia vieja para ella. Tutmosis también le hizo una promesa y no la cumplió, volvió a ahogarse en el desierto durante cuatro mil años. Y volverá a ahogarse, está segura de ello, nos lo viene a decir con su gesto indiferente. Pasará uno y otro milenio y los hombres que se interesaron por ella desaparecerán, y ya no quedará nadie que quiera cuidarla. Pasará, la Esfinge lo sabe. Como los viejos dioses siempre estuvo allí, desde un tiempo indeterminado, y seguirá allí cuando nosotros ya no estemos, hasta un tiempo que nadie podrá medir.