Cuadro de la semana: Las meninas

La obra maestra de Velázquez refleja a la perfección la naturaleza de la corte española en el siglo XVII

«Las Meninas» es el cuadro que un 31,34% de los encuestados colgaría en el salón de su casa. Le sigue «El Jardín de las delicias», de El Bosco (23,03%)
«Las Meninas» es el cuadro que un 31,34% de los encuestados colgaría en el salón de su casa. Le sigue «El Jardín de las delicias», de El Bosco (23,03%)

Un cuadro que no requiere introducción ha alcanzado su mayor objetivo. La obra de esta semana pertenece a ese selecto grupo de pinturas coquetonas que aguardan con paciencia cada día en sus museos para ser admirados por decenas, a veces incluso centenares de personas; ejércitos de expertos se dedican a mimar su estado y a protegerlo, se celebran galas con personajes importantes en su honor, los niños aprenden sobre ellos en el colegio. Existen cuadros que sobrepasan su categoría estática y consiguen superar las burdas dimensiones del marco, y hacen como las personas, cobran vida, allí, frente a los ojos de cientos, miles de personas que los contemplan con admiración. Sus colores brillan bajo los focos y los ropajes de sus protagonistas supuran elegancia.

Las meninas, también conocido como La familia de Felipe IV y pintado por Diego Velázquez en 1656, forma parte de este grupo de cuadros selectos. Actualmente puede visitarse en la colección permanente del Museo Nacional del Prado.

El autor

Diego Velázquez nunca imaginó su futuro. Nacido en una ciudad que por entonces era de las más poderosas del mundo, Sevilla, en el seno de una familia de hidalgos andaluces de origen humilde - aunque algunos expertos todavía aseguran que su familia era plebeya -, fue un muchacho que sencillamente supo descubrir su don. Como los genios de antes, desde los diez años ya asombraba a sus maestros con su dominio del pincel, y con nada más que doce añitos ya trabajaba como aprendiz en el taller de Francisco Pacheco, artista de una habilidad mediana pero con amplios conocimientos técnicos sobre la pintura. Gracias a Pacheco, Velázquez pudo aprender los entresijos de la pintura desde una perspectiva meticulosa y concentrada en los múltiples gestos del rostro y los retratos. Con 18 años aprobó el examen que le permitía ingresar en el gremio de pintores de Sevilla y su carrera comenzó sin titubeos.

"Vieja friendo huevos" de Diego Velázquez.
"Vieja friendo huevos" de Diego Velázquez. FOTO: La Razón (nombre del dueño)

Y cuando uno es bueno en lo suyo, pues es bueno y ya está. No hace falta exagerar la personalidad o provocar a los compañeros artistas con extravagantes e inútiles técnicas, siempre que el talento sea bueno, bueno de verdad, y sus dedos posean la agilidad necesaria para captar el movimiento de una vieja friendo huevos que nunca se moverá. Durante estos primeros años, Velázquez se centró en profundizar en las obras de los grandes pintores anteriores a él, con especial predilección por el Greco y Tiziano, y no temió ampliar su repertorio al experimentar cuantas veces hiciera falta con las formas y líneas de sus obras, hasta conseguir otorgarles una naturalidad prácticamente imposible. Sus bodegones, así como diversos retratos y piezas como El aguador de Sevilla fueron muy bien recibidas por los pintores sevillanos y multiplicaron rápidamente la fama de la joven promesa.

No es de extrañar entonces que a la edad de 23 años hiciera su primer viaje a Madrid, fuera presentado al todopoderoso Conde Duque de Olivares y pudo retratar al archiconocido poeta y capellán real Luis de Góngora. Regresó a Sevilla pero, un año después, su talento fue captado por el jovencísimo monarca Felipe IV, que no dudó a la hora de nombrar a Velázquez pintor del rey, con un sueldo nada despreciable de veinte ducados mensuales. El joven sevillano se trasladó por orden del rey a Madrid y podríamos decir que fue entonces cuando alcanzó el estrellato. Y los retratos y cuadros con la Familia Real como temática principal se acumularon durante décadas: El príncipe Baltasar Carlos, El príncipe Felipe Próspero, La infanta María Teresa de España, Retrato del infante Don Carlos, los numerosos retratos que le hizo al rey Felipe IV....

El contexto

Por supuesto que la obra de Velázquez fue mucho más allá de la de pintor del rey. Entre sus cuadros mejor valorados podemos encontrar numerosas escenas referidas a la mitología, así como el conocido retrato al Papa Inocencio X, y cuentan que después de conocer a Rubens en un viaje que este efectuó a Madrid, quedó prendado de la entereza y el vigor de las figuras del maestro alemán. Hasta el punto de que pidió una excedencia a Felipe IV para vivir por dos años en Roma y ampliar su ya exquisita técnica. Pero era tal el aprecio que el monarca sentía por su pintor favorito, que no se dejó retratar por absolutamente nadie en este breve periodo que Velázquez dedicó, él sí, a retratar a otras figuras prominentes de Roma.

Felipe IV cazador pintado pro Diego Velázquez.
Felipe IV cazador pintado pro Diego Velázquez.

Y veamos, el contexto. Cada vez que me detengo a mirar esta obra de hoy no puedo evitar pensar en mis cábalas. Y me explico. Durante el reinado de Felipe IV comenzó el derrumbe del Imperio español, un derrumbe estrepitoso después de perder territorios clave como Portugal, Rosellón, la Cerdaña, Taiwán y numerosas islas del Caribe. Esto sería si no sumásemos las revueltas que ocurrieron en Aragón, Cataluña y Andalucía. Puede decirse que fue durante el delicado reinado de Felipe IV cuando el relevo de superpotencia mundial fue cedido de España a Francia. Entonces no puedo evitar sentir asombro o incluso perplejidad por ver al rey y sus familiares tan dignos en el lienzo mientras el mundo se derrumbaba a su alrededor. Pero luego llegó el coronavirus y el mundo vuelve a derrumbarse - esto del mundo derrumbándose es un proceso inevitable que ocurre cada cierto tiempo, supongo que hace falta dar cuerda al reloj - y veo a los jóvenes haciendo fiestas ilegales y a la gente en casa desconectando del mundo real para conectarse al televisor y demás flautadas. Entonces pienso que la dejadez de Felipe IV y su familia fue un acto de lo más humano.

Al menos nos dejaron excelentes cuadros. Se dice que el monarca visitaba asiduamente el estudio de Velázquez para conversar con él, sin ostentosidades ni protocolos, y gustaba de verle pintar algunos de sus milagros. Por tanto si hablásemos de Velázquez nos estaríamos refiriendo a un sujeto mayor a un pintor de reyes. Lo señalaríamos como confidente del rey, amigo, maestro en la pintura y las formas. Ya en vida el poder de su pintura traspasó la rigidez del lienzo, como ya se dijo, y pululó libremente por una de las cortes más poderosas del planeta.

La obra

Antes de profundizar en el entramado de proporciones y posibles significados de la que se considera una obra maestra en la pintura, deberíamos nombrar a cada uno de sus protagonistas, empezando de izquierda a derecha: perfectamente reconocible, frente a un enorme lienzo y con el pincel en la mano, encontramos a su autor Diego Velázquez; junto a él aparece inclinada María Agustina Sarmiento de Sotomayor, hija del III Conde de Salvatierra; aparece ofreciéndole un búcaro a la infanta Margarita, la figura central del cuadro; tras ellas y reflejados en un espejo al fondo de la estancia, pueden apreciarse las formas de Felipe IV y su esposa Mariana de Austria; de pie, en el marco de la puerta al fondo de la estancia, se descubre a José Nieto de Velázquez, chambelán de la reina y guardián de los tapices reales; Isabel de Velasco se inclina hacia la infanta Margarita y tras ella aparecen en la penumbra Marcela de Ulloa y un guardadamas; Mari Bárbola es la enana acondroplásica que observamos justo detrás del mastín; y por último vemos a Nicolasito Pertusato, otro enano de origen noble del Ducado de Milán que fue ayuda de cámara del rey.

¡Menuda camarilla! Así parece que Velázquez estaba pintando a los reyes en compañía de algunos personajes de la corte cuando un fotógrafo entrometido, un paparazzi barroco, se introdujo sigilosamente en la estancia y tomó una fotografía rápida. Porque contrariamente a lo que puede parecer, el lienzo junto al cual aparece Velázquez no es el de su cuadro de Las meninas en proceso de composición, como si se estuvieran viendo en un espejo; la maestría del pintor le permitió escindir su mirada de alguna manera y colocarla en el lado opuesto de la habitación. Y es curioso porque los personajes del cuadro miran todos en una misa dirección, que son los reyes siendo retratados, y son numerosas las incógnitas que sostienen estas miradas. ¿Es que los reyes acaban de entrar en la estancia y andan todos sobresaltados? ¿O acaban de transcurrir las horas agotadoras de posado para un retrato y habían decidido interrumpir la sesión?

Esquema geométrico de la composición de Las Meninas.
Esquema geométrico de la composición de Las Meninas. FOTO: Diego Velázquez Museo Nacional del Prado

No lo sabemos, pero el despliegue de personajes aparentemente natural está considerado por algunos expertos como un delicado estudio que pretende mostrar las relaciones entre los distintos miembros de la corte: el chambelán abre la puerta para que pasen por ella los monarcas, las doncellas de la infanta atienden a la chiquilla, Velázquez pinta, los reyes son el centro de todas las miradas. Incluso los cuadros colgados al fondo de la estancia pueden otorgarnos pistas. Son obras de Rubens y Joardens, ambos grandísimos pintores, y pueden expresar la intención de Velázquez a la hora de expresar la pintura como un arte, en lugar de una artesanía (que era como todavía se veía por estos años). Y en lo que respecta a las líneas de composición geométrica, estas son excelentes. La obra viene delimitada por un eje que señala el centro, otro eje ligeramente inferior que marca el tercio de la imagen, un tercer eje con el cruce de líneas en el punto exacto donde se coloca José Nieto de Velázquez y que sirven como punto de fuga geométrico, y un último eje con su centro en el espejo donde se aprecian las figuras de los reyes.