Irreductibles

"En homenaje a las gentes de la hostelería, que en estos tiempos las están pasando putas, se me apliquen el dicho: «Ay qué malito estoy, llévame al bar»

No propongo a Santiago Domínguez para la medalla al trabajo; lo que realmente quiero es que tan importante distinción cambie su nombre por el del cocinero que desde hace décadas reina en la gastronomía de Marbella, dada su calidad y capacidad laboral. Ríete de los palacios de La Zarzuela y La Moncloa, porque si las paredes del restaurante Santiago hablasen, muchos conocidos y conocidas no tendrían lugar para esconderse en este planeta, o surgiría un libro superventas con secretos inconfesables sobre política, negocios y faranduleo nacional e internacional. He tenido la inmensa suerte de vivir momentos memorables en Santiago; uno de los mejores, con mi compadre periodista Antonio Montilla. Ambos almorzábamos allí y sabíamos que Jesús Gil, siendo entonces alcalde, y su cohorte comían en un salón contiguo. Por tener un detalle, pasamos a saludar, y tal vez fruto de una leve chispa generada por el pequeño consumo del líquido surgido de la fermentación de la uva (la prensa nunca bebe… poco), medio en broma, medio en serio, aunque no exentas de mala leche, estas fueron las primeras palabras que salieron de la boca de mi compadre: «Anda que no hay años de cárcel aquí». Gil y Gil lo asumió con una risa pero tomando nota, por el contrario otros de sus acompañantes nos hubieran fusilado allí mismo a los dos. El tiempo nos dio la razón y a ellos no, por chorizos. La jodida pandemia ha obligado a que Santiago se piense el cierre de su restaurante esta misma semana pues no hay clientela, pero el irreductible ya anda roneando si abrir algo un poco más de andar por casa, porque a este no lo para ni el bicho.

Lo de Santiago Domínguez es un ejemplo de resistencia y reinvención para cualquier hostelero, sabiendo que la situación en Marbella torpedea la línea de flotación de buques insignia como hoteles de la talla de Puente Romano, Marbella Club o Melía Don Pepé, cuyos responsables no descartan cierres temporales a la espera de que lo chungo remita. Mientras tanto seguiré homenajeando a los que siguen contra viento y marea, igual que los irreductibles galos de Astérix, ¿Cómo hacerlo?: acercándome al Bar El Estrecho, el decano del Casco Antiguo de Marbella, donde se come la mejor ensaladilla y los mejores huevos rellenos del mundo, entre otras exquisiteces, y donde Lola Flores esperaba que le abriesen el bingo. La cafetería Los Naranjos, en la mejor esquina de la arrebatadora Plaza de los Naranjos o en la barra de Paquito El Limpio, aquí el bacalao frito y un tomate «picao» con ajo y aceite son de obligado cumplimiento; y, por supuesto, en mi templo, mi segunda, que muchas veces es mi primera, casa: La Polaca, regentado por el irrepetible Francis Guzmán, del que escribiré más adelante, porque bien lo merece. Recomiendo que este gustoso vía crucis que hago en Marbella el personal lo repita en sus barrios, pueblos o apeaderos. En cualquier caso y en homenaje a las gentes de la hostelería, que en estos tiempos las están pasando putas, se me apliquen el dicho: «Ay qué malito estoy, llévame al bar».