Leyendas de un carrete velado (II): la Streisand

“La famosa actriz de «Tal cómo éramos» se encontraba a pocos metros, en la terraza de su habitación, subiendo y bajando la cabecita, al más placentero ritmo que conoce el ser humano”

Barbra Streisand en una gala en el Teatro Kodak

Entre los muchos y singulares episodios vividos por Juan Carlos Teuma, «el abuelo» de los paparazzis, está sin duda el de Barbra Streisand, acaecido a finales de los 70. La diva, sus guardaespaldas, el amante de turno y un largo historial de excentricidades aparecieron por Puente Romano de Marbella. Teuma y un socio supieron del pastel, pese a lo escurridiza que era. Nada más plantarse en la recepción del hotel, la cantante exigió que no fuese molestada por nada, nadie y de fotos ni hablar. Un grupo de «armarios empotrados» de su seguridad personal se encargaría de hacer cumplir dichas ordenes. Los dos fotógrafos pinchaban en hueso: «Era imposible traspasar aquella muralla humana. Se colocaron en los accesos al jardín de la suite y nos echaron varias veces. Estaba claro que debíamos cambiar de estrategia si queríamos pillar algo». Y la solución les llegó de las alturas. Una antigua casa situada frente a los lujosos bungalows del hotel, fue un regalo para este par de reporteros hambrientos. En unos segundos treparon hasta lo más alto de aquel edificio abandonado, una especie de torre, situada al mismo nivel que la balconada de la suite de marras. Durante unos cuantos días montaron guardia hasta que una buena tarde, con toda la «tostanera», la cosa si que se puso ardiendo y no por culpa del sol. Teuma flipaba… la famosa actriz de «Tal cómo éramos» se encontraba a pocos metros, en la terraza de su habitación, subiendo y bajando la cabecita, al más placentero ritmo que conoce el ser humano…. ¡Se veía clarísimo que estaban follando como locos! Pero aquella era la foto imposible, pues solo podían captar las cabezas, y cambiar de ángulo los hubiera dejado al descubierto (una temeridad con los gorilas merodeando). «Se podía escuchar como jadeaban y nosotros sin poder hacer la puta foto, que un buen dinero podía darnos». De vez en cuando los tortolitos dejaban el acalorado menester, se dirigían al interior de la suite tapaditos por una pequeña pero pudorosa toalla, para enseguida volver y continuar con la faena, mientras los cazadores furtivos sin poder hacer un cromo. La Streisand nunca supo cuan cerca había estado de ser pillada en su más estricta intimidad sexual. Días después, un turista le hacía fotos a su hijo en la recepción del hotel, coincidiendo con la aparición de la mega estrella. Streisand montó en cólera creyendo que se trataba de un periodista, y de nada sirvieron las explicaciones del personal pues la neoyorquina se largó tras una bronca monumental. Lo mejor, los guadaespaldas de la diva alucinando cuando su enfrentamiento con nuestros paparazzis derivó en una pelea de lindes y caminos de servidumbre de acceso a la playa, en la que participaba y gritaba todo el que por allí pasaba: el supuesto dueño del camino ciscándose en todo lo que volaba, los de la playa como en un «reality» de TV, los del hotel intentando calmar los ánimos… y los fotógrafos, sin instantáneas del «jincamiento» pero «descojonaos» ante tan «berlanguiana» escena.