Opinión

La «opción ganadora» para Andalucía

«Como en política las marcas blancas no existen, a Sánchez no le queda más remedio que presentarse en Andalucía con el nombre de María Jesús Montero»

Pedro Sánchez y María Jesús Montero en la Ejecutiva del PSOE en Ferraz
Espadas, en pantalla, sobre Cerdán, Sánchez, Montero y Celis, entre otrosDavid JarLa Razón

Espadas se va después de haber jugado un papelón como secretario general del PSOE andaluz que no sospechaban ni sus más acérrimos partidarios. No quiso morir políticamente siendo fiel a sus principios (o a lo que algunos supusimos que eran sus principios) y ha muerto políticamente siendo fiel a la dirección de su partido, después de haberse tragado no pocos sapos (o lo que algunos supusimos que eran sapos para él). Espadas se va después de haber defendido la amnistía pactada con los independentistas, después de haber apoyado la excepción fiscal de Cataluña, después de haber arropado a Begoña Gómez en sus dudosos negocios privados, y después de haberse mostrado, en suma, como el más sumiso de los barones territoriales del PSOE. ¿Y todo eso para qué? Para al final acabar siendo apartado de igual forma.

No es «un paso atrás», sino «un paso al lado» para dejar paso a una «opción ganadora», ha dicho el todavía secretario general del PSOE andaluz. Y, en lo que es seguro que la nueva candidata le gana, es en entusiasmo sanchista, aunque él haya tratado de disimularlo todo lo posible. Pero que la fan número 1 de Sánchez, la más efusiva en la adoración al líder, sea una opción ganadora, o siquiera más competitiva frente al PP, es algo que parece muy discutible, entre otras razones, porque el primer obstáculo para la pretendida «reconquista» socialista de Andalucía, aparte de la buena gestión, la moderación política y el liderazgo tranquilo de Juanma Moreno y su equipo, es el propio Sánchez.

Quienes, con Espadas, han votado contra Sánchez, con María Jesús Montero van a seguir votando contra Sánchez, con más convencimiento de causa si cabe. Pero es que además, a la vicepresidenta del Gobierno, la tenemos muy calada en Andalucía, e incluso los más frágiles de memoria recuerdan bien su infausta gestión como consejera de Salud primero, cuando recibió, abandonó y cerró el hospital Militar, entre otros méritos, y después como consejera de Hacienda, cuando demandaba al Gobierno central exactamente lo mismo que ahora rechaza en su condición de ministra.

Esa ha sido la mayor especialidad de la ahora vicepresidenta: predicar sin dar trigo, mostrarse tan incompetente y escasa en la gestión como exuberante en la protesta y la charlatanería. El mencionado caso del hospital militar es un buen ejemplo. Después de firmarse en 2003 su traspaso a la Junta de Andalucía por seis millones de euros y la permuta de terrenos recalificados, tras años de reivindicación constante al Gobierno central, la Consejería que lideraba Montero no sólo fue incapaz de poner en funcionamiento dicho hospital, sino que lo abandonó y permitió que fuera expoliado y desvalijado. Por lo demás, los últimos años de su gestión en la Consejería estuvieron marcados por el recorte presupuestario: curiosa ironía por parte de quien, ya en Madrid, y a pesar de no tener ninguna competencia ni en Sanidad ni en el PSOE andaluz, no ha dejado de propagar la especie de que el Gobierno de Juanma Moreno está desmantelando la sanidad pública andaluza, cuando, al contrario de lo que hizo ella, no ha dejado de incrementar su financiación.

Aparte de un hospital en ruinas y un presupuesto mermado, la principal huella de Montero, en sus años al frente de la sanidad andaluza, fue la de sacar adelante las subastas de medicamentos. Dudoso logro que generó problemas de desabastecimiento generalizados en las farmacias, convirtió a los andaluces en pacientes de segunda categoría discriminados territorialmente, desmovilizó y deslocalizó las inversiones en I+D en Andalucía de la industria farmacéutica y, sobre todo, perjudicó la calidad de la prestación sanitaria al mermar la adherencia de los tratamientos de las personas mayores y con enfermedades crónicas. ¿Se puede considerar social y progresista un sistema de selección de medicamentos que obliga a dar al paciente el fármaco más barato, que no el más adecuado, y que castiga especialmente a los pacientes más vulnerables? Pues casi tan social y progresista como privilegiar fiscalmente a Cataluña en contra de las comunidades más desfavorecidas económicamente.

Esa es la marca de la casa de la señora Montero. La incoherencia absoluta. Pregona la sanidad pública y la castiga por el flanco más necesitado: el de los pacientes frágiles. Habla de diálogo y consenso social y se pone en contra a la industria, a los colegios profesionales y a las asociaciones de pacientes. Aunque quizás ninguna incongruencia mayor en su currículo político que el resultante de su doble discurso sobre la infrafinanciación de Andalucía. Lo que decía cuando era consejera de Hacienda es exactamente lo contrario de lo que sostiene ahora que es ministra. El fondo de compensación que ella misma reclamaba para solucionar la infrafinanciación histórica de Andalucía ha querido convertirlo en una quita de deuda, cuando precisamente, y gracias al PP, la deuda en Andalucía no es un problema, ya que se sitúa bastante por debajo de la media de las regiones españoles.

La hemeroteca muestra con fría objetividad que la trayectoria de Montero es un continuo donde dije digo, digo Diego. Y lo que dice ahora es lo que le manda Pedro Sánchez. En nada piensa ni ha pensado nunca Montero menos que en el interés de Andalucía y de los andaluces. Que nadie se lleve a engaño. Con esta «opción ganadora» para el PSOE andaluz, el único que gana (o que intenta ganar) es Sánchez. Como en política las marcas blancas no existen, a Sánchez no le queda más remedio que presentarse en Andalucía con el nombre de María Jesús Montero, que es no es otra cosa que la segunda marca de Sánchez. La de Juan Espadas, que no tenía mala imagen, la ha hecho añicos y ya no le sirve. Y quizás no ahora, pero tal vez dentro de unos años, el ex alcalde de Sevilla se pregunte si le mereció la pena pasar por todos los aros por los que le hicieron pasar.

Rafael Belmonte es abogado y diputado del Partido Popular por Sevilla en el Congreso en la XV Legislatura.