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Blur contra Oasis, 25 años de la pelea que convirtió el britpop en un culebrón

El odioo entre bandas no se estila en estos años “politicamente correctos” pero hubo un tiempo en que los amantes de la música tenían que tomar partido y era maravilloso

Damon Albarn (Blur) y Liam Gallagher (Oasis) fueron las cabezas visibles de los enfrentamientos
Damon Albarn (Blur) y Liam Gallagher (Oasis) fueron las cabezas visibles de los enfrentamientosLa RazónArchivo

En los últimos años, el mundo de la música parece haber vivido en una relativa paz, donde todo el mundo se llevaba bien. Tanto es así, que hasta el Primavera Sound escucha reggaeton ahora y los heavies se vuelven locos con el tambor de Chayanne. A veces ocurría que Cardi B le lanzaba un zapato a Nicky Minaj o Solange intentaba dar una paliza a Jay-Z, pero sólo eran estallidos de odio por temas personales que no tenían mucho más recorrido. Sin embargo, hace 25 años, en plena eclosión del llamado Brit Pop, dos bandas se juraron odio eterno y dibujaron una de las historias más fascinantes y dramáticas jamás protagonizadas por un músico.

Y eso sí que era una rareza. En realidad, no existe ni una gran novela protagonizada por un músico. Existen grandes biografías, como las de Miles Davis o Mötley Crew, pero ninguna obra de ficción relevante. Lo que más se acerca es “Disparad al pianista”, de David Goodis, y todo ya se explica en el título. Sin embargo, aquella rivalidad mediática entre la banda de Damon Albarn y la de los hermanos Oasis era digna de una telenovela. Y la música creció gracias a ella.

Los años 90 fueron una época de enfrentamientos, donde existían realmente eso que se llamaba “tribus urbanas” y lo que te gustaba marcaba tanto tu identidad que la única forma de reforzarla era odiando todas las demás. Tanto podía ser Kurt Cobain odiando a Axl Rose, el grunge contra todos los excesos del metal, como Courtney Love burlándose de Madonna. Las rivalidades eran tan grotescas que llevadas al extremo provocaron auténticas víctimas, como la guerra entre las bandas de rap del oeste de los Estados Unidos contra los de la banda este.

Pero este fenómeno llegó a su pico de “glamour" con el enfrentamiento entre Blur y Oasis, y todo, como no podía ser de otra manera, por un cierto malentendido. La idea era que Oasis era los burdos, los hooligans, el rock de clase trabajadora que gusta a jóvenes y desclasados. Mientras tanto, Blur eran los inglesitos universitarios pijos e irónicos con un pop descafeinado que gustaba a niñas con problemas emocionales. Sin embargo, no todos los miembros de las dos bandas representaban bien esos roles.

Con el “boom” del brit pop, el mundo se había puesto a los pies de las dos formaciones. Oasis luchaban por no ser etiquetados con una etiqueta que les parecía pequeña para sus aspiraciones. Ellos querían ser la banda de rock más grande de todo el mundo, no sólo un tonto fenómeno salido de las islas. Luego estaba Blur, que tenían tanta confianza en quienes eran que les importaba bastante poco las etiquetas que les pusieran. ¿Qué pasó entonces? Pues que Liam Gallagher siempre ha sido un arrogante sin escrúpulos y Damon Albarn tiene un gen competitivo tan alto que hasta puede competir haber quién es más imbécil.

Cuando la canción “Some might say” llegó al número uno de las listas, Oasis parecía destinado a ser la banda más importante del planeta. Albarn no tuvo reparos en ir a la fiesta de celebración por la hazaña. Sin embargo, cuando llegó, Liam Gallagher le abordó chulesco gritando “¡somos el número uno!”. Esto encendió el gen competitivo de Albarn que simplemente dijo, “pues a mí sólo me parecen Status Quo”. Ya se habían dado las bases para el enfrentamiento. Oasis llegaron a odiar realmente a Blur a partir de allí y Blur, que pensaban al principio que sólo era un juego, fueron arrastrados al barro.

El culmen de la guerra sucedió el 14 de agosto de 1995. La discográfica de Blur decidió mover el estreno de del primer single de su nuevo disco, “The great escape”, al mismo día que se publicaba el segundo single del segundo álbum de Oasis, “(What’s the story) Morning glory)”. La guerra estaba servida. Nunca antes había pasado algo así, un enfrentamiento tan directo. Luego llegaría con los nuevos discos de Kanye West y 50 Cent, pero para eso faltaban 15 años. La expectación era tan grande que salía en los periódicos de todo el mundo, incluso los españoles.

Es decir, teníamos a “Country house” contra “Roll with it” para determinar quién era la mejor banda. La verdad es que, 25 años después, las dos canciones sólo son parte del folclore de la historia de la música pop y están muy abajo dentro del repertorio de las respectivas bandas, pero entonces parecía un choque entre titanes. El nerviosismo era máximo. Al final, el público decidió y compró hasta 270.000 copias del single de Blur contra los 220.000 contra el single de Oasis. Lo cierto es que no era una batalla en las mismas condiciones, porque no es lo mismo la primera canción de un disco que la segunda, pero ganó Blur y el cielo de la ira se abrió para siempre.

Blur ganó la batalla, pero lo cierto es que el disco de Oasis arrasó al final en las listas y llegó a vender 21 millones de copias en todo el mundo. SIn embargo, “The great escape” no alcanzó las expectativas creadas con “Park-life” un año antes y el fenómeno del britpop empezó a apagarse. Sí, Blur y Oasis seguían odiándose, pero ahora no le importaba a nadie. El enfrentamiento quedó reducido a la nada cuando Noel Gallagher se atrevía a decir que esperaba que Damon Albarn cogiera el sida. Cuando llegas a esos extremos, el enfrentamiento deja de tener gracia.

Lo que no cambió fue la capacidad de Liam Gallagher de hacer amigos. Mark Lanegan, el líder de Screeming Trees, aseguró que: “Este payaso ha tropezado accidentalmente con la buena vida gracias al talento de su hermano mayor”. La cita recordaba la época en que su banda hizo de teloneros de Oasis. “Su popularidad hizo que el monstruo saliese de su jaula, un monstruo pequeño e irritante. Quizá se meaba en la cama de pequeño o nunca le escogieron para el equipo de fútbol y nunca lo ha superado, pero algo le pasa”, escribiría Lanegan en sus memorias. Gallagher se limitó a decir que Lanegan era “un yonqui estirado sin sentido del humor, otro triste grunge con sus zapatillas sucias que está intentando vender libros”.

Más divertido fue su enfrentamiento con Ian McCulloch, líder de Echo & the Bunnyman, que se declaró fan de Oasis, pero aseguró que la última banda de Liam, Beardy Eye, eran “una mierda y sus letras son vergonzosas. Nunca ha sido el mejor cantante del mundo". Liam puso en marcha su ironía y escribió en twitter: “Vigila lo que dices de mis letras o juro que vendré y te las titularé en la frente”. Aquí ganó, sin duda, el ex cantante de Oasis.

Ahora las disputas se limitan a pequeños dardos vía twitter o enfrentamientos de ida y vuelta que no acaban de entenderse si no eres una de las personas involucradas. Taylor Swift y Katy Perry se odiaban a muerte por culpa de ¿unos bailarines?, pero luego volvieron a ser mejores amigas O las disputas entre Grimes y Azealia Banks, aunque la joven rapera está enfadada con medio mundo, así que no cuenta. Ahora la corrección política llega a extremos ridículos. Marc Foster, líder de Foster the people, aseguró que daba todas sus canciones rechazadas a Imagine Dragons, una broma inocente que sin embargo despertó la ira de los fans de la banda barroca y Foster no tuvo más remedio que disculparse y asegurar que admiraba mucho a Imagine Dragons.

En los últimos meses, el enfrentamiento más destacado ha sido el de los hip hoperos británicos de la clase trabajadora Sleaford Mods y los rockeros de clase media, pero con espíritu proletario, Idles, uno de los últimos fenómenos de la música inglesa. Al principio, Jason Williamson , lider de Sleaford Mods, aplaudía la música y actitud de Idles, pero entonces supo que no eran de la clase trabajadora, sino estudiantes de la alta burguesía que habían leído demasiado. “Me dio la impresión que se estaban apropiando de la voz proletaria y eso me puso enfermo”; declaró. “Es un abusón”, se limitó a afirmar el vocalista de Idles. Y se inició una pequeña trifulca en las redes.

En España podría haber pasado algo así una y otra vez, pero los músicos sobreviven como pueden y no tienen tiempo de marcar líneas rojas. Ni siquiera la Mala Rodríguez se atrevió a incidir en el tema de la apropiación cultural para meterse con Rosalía y empezar un enfrentamiento épico. No, al final se desdijo de lo que había insinuado y nadie salió herido. Todos se declararon admiración mutua y la música española se perdió un poquito de drama.