La justicia que no se ve

Aquella que, entre bambalinas, ha sabido adaptarse a la soledad de los edificios judiciales y a las nuevas normas impuestas

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JUNTA DE ANDALUCÍA

Más de dos meses y medio sin celebrarse juicios no urgentes ha dejado una inmensa losa en los juzgados de todo el Estado. Sólo en Cataluña se han tenido que suspender más de 75.000 vistas debido a la grave crisis sanitaria padecida y al obligado distanciamiento físico.

No obstante, si bien es cierto que la Administración de Justicia se ha visto obligada a ralentizar hasta puntos insospechados su habitual ritmo incesante, no lo es menos que los motores nunca han dejado de funcionar.

Decir que los jueces y magistrados de este país hemos estado más de dos meses sin trabajar, -como he tenido ocasión de leer en algún medio-, supone un desconocimiento absoluto de lo que comporta y supone la actividad jurisdiccional. La celebración de juicios es sin duda una de las actividades básicas de los órganos judiciales, sin embargo pese a constituir esta la “justicia” más visible, no es la única ni la más esencial, pues junto a ella convive de modo discreto “la justicia que no se ve”.

Y esa justicia es precisamente la que ha florecido, ha ganado protagonismo y se ha transformado durante el estado de alarma; esa justicia que supone resolver innumerables cuestiones sin vista que día a día se cuelan en nuestras estanterías; esa justicia de horas de trabajo lejos de la luz de los focos, de estudio sosegado de los asuntos y redactado de resoluciones, si bien, esta vez, con el tiempo de nuestro lado. Esa justicia que ha compelido a todos los Decanos de los juzgados del territorio, a hacer un curso acelerado de derecho orgánico para poder dictar acuerdos que garantizaran los servicios mínimos y para gestionar las numerosas complicaciones de los edificios judiciales, que han tenido que deponer su bulliciosa actividad en aras a un orden riguroso. Esa justicia de los miembros de las salas de gobierno de los Tribunales Superiores de Justicia de todas las Comunidades Autónomas y en especial de sus Presidentes, que han tenido que trabajar enérgicamente para dar respuestas a los diversos retos planteados. Esa justicia que ha seguido funcionando para celebrar las vistas urgentes en todos los órdenes jurisdiccionales y que ha sabido adaptarse a la soledad de los edificios judiciales y a las nuevas normas impuestas. Esa justicia que se ha tenido que acomodar rápidamente a nuevas herramientas telemáticas para llevar a cabo determinadas actuaciones evitando la reunión de personas, conservando todas las garantías procesales, con el incondicional apoyo del resto de operadores jurídicos y fuerzas de seguridad y a la vez, esa justicia que ha descubierto sus grandes debilidades tecnológicas en un tiempo donde el distanciamiento se ha convertido en la regla general.

Y esa es precisamente la “justicia que no se ve”. La justicia entre bambalinas que discurre imparable en los despachos de todos los jueces, ya sea en un edificio judicial o en sus casas y que forma parte esencial de la hermosa labor de juzgar.

Así que en estas circunstancias, merece la pena dedicar algunas líneas a tratar de dar visibilidad a aquello que tantas veces hemos sido incapaces de explicar y seguir apostando por la profesionalidad de todos los que formamos parte de la Administración judicial para garantizar una justicia de calidad, sea cual sea el escenario en el que se deba desarrollar.

Patricia Brotons es juez y miembro de la Asociación Profesional de la Magistratura