El caballo con dedos de Julio César y los mitos de la evolución

Cuentan que el caballo de Julio César tenía tres dedos en cada pata, un vestigio evolutivo que nos ayuda a desmitificar algunos errores sobre la evolución que, posiblemente hayas escuchado alguna vez.

Era la Roma clásica, concretamente las caballerizas de uno de los líderes más populares de todos los tiempos: Julio César. Allí, entre la alfalfa y el heno, nació un caballo diferente. Sus largas patas de potro remataban, no en un único casco, sino en un racimo de ellos, como si fueran dedos. Contra todo pronóstico, aquella aberración no fue considerada como un presagio de mal agüero, todo lo contrario.

Para los augures, los sacerdotes cuyas predicciones doblegaban imperios enteros, aquel potro era una señal de buena fortuna, preconizando que quien lo montara dominaría el mundo. Es curioso pensar que, a sus ojos, los designios de los dioses habían tomado cuerpo en los dedos supernumerarios de un potro cualquiera. Una forma realmente extraña y confusa de expresarse, la verdad.

Cuentan que Julio Cesar tomó a aquel potro y lo llamó Genitor. El caballo con “dedos humanos” sería su principal montura y, con tal de preservar su seguridad, cuentan que en alguna ocasión llegó a descabalgar en medio de la batalla para no comprometer a su caballo.

La historia del caballo de Julio Cesar se cuenta siempre de una forma muy parecida, lo que realmente va cambiando es la interpretación que cada uno se permite hacer de los hechos. Porque, no hay una teoría científica tan famosa y tan mal entendida como la evolución. Por un lado, los conceptos evolucionistas más básicos han permeado en todo tipo de fantasías de la cultura pop, por otro, su inexactitud ha dado lugar a muchos malentendidos. Puede que estos mitos se deban a que nos resulta complicado abstraer el verdadero funcionamiento de la evolución, o puede que se deba a la falsa sensación de sencillez que transmite una teoría tan elegante. Pero volviendo a Genitor, estoy seguro de que tienes muchas preguntas sobre sus cascos.

Desandar lo andado no es tan sencillo

Puede que te sorprenda que un caballo pueda tener dedos perfectamente formados así, de la noche a la mañana. A fin de cuentas, los équidos tienen un único dedo formando la pezuña, recubierto con una gruesa capa de queratina a la que llamamos casco. Esta peculiaridad no es más que una adaptación extrema a la vida en las praderas.

Al principio, los antepasados de estos caballos modernos vivían en zonas boscosas, llenas de ramas y obstáculos. Para esquivarlos sus cuerpos eran pequeños y sus patas cotas y con dedos. Pero, a medida que cambió su hábitat y comenzaron a expandirse, los obstáculos se redujeron y los caballos crecieron. Sus piernas comenzaron a alargarse y sus dedos se “fusionaron” en uno solo, dándole preeminencia al tercero. Hicieron falta miles de años para convertir aquellos tímidos animales de bosque en los elegantes caballos que conocemos, pero entonces ¿cómo pudo revertirse todo esto en una sola generación?

¿O sí?

Siempre nos han insistido en que la evolución se comporta de forma tremendamente gradual, pero eso no es del todo cierto. En ocasiones, algunos cambios pueden aparecer repentinamente, en cuestión de pocas generaciones. El motivo es que, la base de estas diferencias físicas está escrita en los genes, y si bien es complicado “crear” algo nuevo modificándolos, es relativamente fácil revertir los cambios que la evolución ha ido imponiendo sobre tus antepasados. Pero, y si hubiera una forma de “silenciar” las últimas modificaciones. Algo así como quitarse unas esposas. Forjarlas pudo llevar mucho tiempo hasta hacerlas exactamente como tenían que ser, pero con unas cizallas puedes liberar tus manos en un simple corte.

Ahora sabemos que los dedos de los caballos no han desaparecido, al menos genéticamente. Lo que ha ocurrido es que, se han producido cambios en su genoma que hacen que los dedos se fusiones durante la gestación, pero que todos ellos siguen ahí, y esa es la clave. Las pruebas son variadas, pero tal vez una de las más sencillas para entenderlo es que, generalmente, cada dedo tiene una vena y una arteria, pero en el caso de los caballos, si bien el hueso y el cartílago se han hecho uno, los paquetes vasculares han mantenido su independencia y su dedo está sobrecargado de vasos.

Así pues, si se silenciaran los genes encargados de fusionar estos dedos, de hacerlos uno, podríamos evitar que se fundieran entre sí durante el desarrollo del embrión. Es lo que llamamos “atavismo” o “regresión”, la recuperación de cualidades que poseían las generaciones previas. Así que, teniendo esto en cuenta, ya tendríamos a Genitor, que, de hecho, no fue único en su especie. Los caballos con polidactilia son relativamente frecuentes y cuentan que el mismísmo Alejandro Magno, cabalgó a lomos de otro (que no era Bucéfalo, por supuesto).

Pero ¿para qué?

Probablemente te hayas preguntado que qué beneficio podía sacar Genitor de todo esto, pero en realidad tampoco tiene mucho sentido preguntárselo, porque esto, ni la evolución tiene un propósito, ni esto es evolución. El caso de Genitor es una mutación, cambios aleatorios que ocurren constantemente en el genoma y que normalmente no llegan a expresarse. La evolución es mucho más, aunque incluya este tipo de procesos, no actúa sobre los individuos, sino sobre las poblaciones, a gran escala.

Es más, la regresión no es la única forma en que los caballos pueden desarrollar polidactilia, a veces un dedo se duplica, como en los humanos que tienen seis dedos en lugar de cinco. Solo que, en este caso, el dedo supernumerario no se funde con el resto. En resumen: las mutaciones son cosas que pasan, son el entorno y el azar quienes determinan si se les puede sacar partido.

La evolución es más ingeniosa que todos nosotros, pero trabaja por azar, por ensayo y error, a veces con saltos visibles, normalmente con cambios que el ojo no puede detectar. Dicho de otro modo, Genitor no sacó ninguna ventaja de sus aberrantes piececillos, y la teoría de la evolución está absolutamente conforme con ello.

Y por supuesto, el caso de los caballos no es el único, los seres humanos también podemos desarrollar rasgos atávicos, como las famosas colas vestigiales, un alargamiento del sacro con forma de rabo, una rareza estadísitca que ha podido ser el origen de mitos como el de Sun Wukong, el niño mono (popularizado como Son Gokū en la famosa serie de anime Dragon Ball).

Así que es hora de aceptar que la evolución no es como la pintan. No siempre gana el más fuerte, a veces gana el más suertudo, el más listo o el que es más atractivo. No tiene una dirección y ni supone un progreso ni nos ha hecho mejores que los pequeños mamíferos que correteaban entre los dinosaurios. No siempre funciona de forma gradual, a veces los cambios pueden producirse en cuestión de generaciones, sobre todo ante presiones externas fuertes, como una catástrofe o la selección artificial que ha conseguido pasar del lobo al chihuahua en apenas 30.000 años.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • La evolución no tiene un propósito y no progresa, simplemente cambia. Las mutaciones que hoy son buenas mañana pueden empujar a la extinción de una especie entera.
  • La evolución no siempre trabaja de forma gradual, el saltacionismo, o teoría del equilibrio puntuado, plantea algunas ideas interesantes que todavía suscitan polémica.
  • Las pezuñas de Genitor no se parecían a los pies de un humano, digan lo que digan algunas fuentes clásicas. Tenían más dedos, eso es todo.

REFERENCIAS (MLA):