Cuando los elefantes macho tienen el periodo y “enloquecen”

El must es como se denomina al periodo de los elefantes macho, un pico hormonal que sufren cada año durante el invierno y que les vuelve profundamente agresivos.

"Elefantes de oro y marfil cargando contra el país de la cuarentena". Óleo de Thomas Baines (1873)
"Elefantes de oro y marfil cargando contra el país de la cuarentena". Óleo de Thomas Baines (1873)anónimo

Cuando somos pequeños los animales grandes nos maravillan y asustan a partes iguales. La mole de músculos de un elefante, con sus brillantes colmillos y su poderosa trompa intimidaría a cualquiera, claro que en algún momento nos suelen decir que son herbívoros y por lo tanto pacíficos, los buenos de la historia. A quien realmente tenemos que temer era a los lobos, zorros y otras alimañas ¿no? El problema es que hay muchas cosas erradas en la frase anterior. Dejemos a un lado que pocos animales son estrictamente herbívoros cuando se presenta la necesidad, y olvidemos la simpleza de que hay buenos y malos. Los herbívoros no son necesariamente pacíficos.

Si un herbívoro ha de defender su territorio, a los suyos, o lo que considere oportuno, usará todas sus armas: colmillos, cuernos, pezuñas, dientes, cuellos y un largo etcétera. Ver luchar a un par de caballos lanzándose bocados, o a dos jirafas placándose la una a la otra es una gran vacuna contra el buenismo que los dibujos animados nos han inculcado. No olvidemos que los hipopótamos, herbívoros ellos, causan más muertes en el Nilo que los propios cocodrilos. Pues bien, un elefante puede hacerles palidecer al más feroz de los carnívoros. Sobre todo, cuando ese elefante es macho y está pasando el periodo, lo que se conoce como must. En ese momento se convierten en unos de los animales más agresivos del planeta.

El periodo masculino

Históricamente hemos asociado el periodo a la menstruación, pero en realidad, fisiológicamente se refiere a fluctuaciones hormonales que se repiten periódicamente. En el caso de las hembras humanas estos ciclos regulan la ovulación, la proliferación del endometrio (que recubre el útero) y su descamación. Sin embargo, existe cierta evidencia de que, aunque de forma menos marcada, los machos de nuestra especie también pasan por fluctuaciones hormonales periódicas.

En cualquier caso, esto tiene poco que ver con los cambios que experimentan los elefantes, tanto africanos de sabana (Loxodonta africana) como los africanos de selva (Loxodonta cyclotis) como los asiáticos (Elephas maximus). Una vez al año, atraviesan una fase conocida como must en la que su testosterona se multiplica, no por dos, ni por cinco, sino alcanzando niveles 60 veces superiores a los del resto del año. Es un cambio endocrino descomunal que se queda corto si lo comparamos con el récord registrado, en el que un elefante macho llegó a presentar niveles 140 veces mayores a los normales.

Normalmente la testosterona tiene mala prensa, pero cumple una gran variedad de funciones más allá de estimular la competitividad. Entre otras cosas, parece que en determinados contextos fomenta las relaciones entre los miembros del grupo y cumple funciones fisiológicas cruciales tanto en hombres como en mujeres. Sin embargo, cuando sus niveles son tan estratosféricos como durante el must, no hay medias tintas que valgan, el resultado es un animal irascible y constantemente preparado para presentar batalla. De hecho, es en estos meses fríos en los que se producen una mayor cantidad de ataques de elefantes, no solo a humanos, sino a otros animales como rinocerontes, ocurriendo a veces verdaderas masacres.

No obstante, a decir verdad, no se sabe con certeza cuánta agresividad atribuir a la testosterona y cuánta conceder a un motivo mucho más mecánico: el dolor. Podemos afirmar que muchos elefantes durante el must sufren. En sus sienes se encuentran las llamadas glándulas temporales, que durante esta época secretan una sustancia aromática cargada de testosterona, y otros muchos compuestos, que se desliza por su piel, bajando hasta la comisura de la boca. Y aunque no todos los elefantes con estas marcas de “humedad” tienen el must, es una imagen bastante característica. El problema está en que, durante esta actividad descontrolada, sus glándulas temporales crecen sobremanera, ejerciendo presión y dañando tejidos cercanos.

Elefante africano en must, con secrección solidificada sobre la glándula temporal.
Elefante africano en must, con secrección solidificada sobre la glándula temporal.Masteraah

Algunos etólogos han apuntado a que la costumbre de hundir los colmillos en la tierra y empujar, acrecentada durante el must, podría estar provocada por la necesidad de distraerse del dolor estimulándose de algún modo. Dicho en plata, el must es una verdadera salvajada que desequilibra a quien lo padece y perturba su entorno. Pero entonces ¿qué beneficio aporta?

A toda costa

Lo cierto es que no se tiene una respuesta clara, pero sí especulaciones. Por ejemplo, sería natural pensar que tanta testosterona tiene algún fin reproductivo, pero teniendo en cuenta que el must no se sincroniza con el periodo de las elefantas (que no es anual) parece poco probable. No obstante, durante el must es innegable que los elefantes macho, normalmente aislados en pequeños grupos de varones o viviendo en solitario, comienzan a buscar desesperadamente hembras a las que cubrir. El problema es que, cuando las encuentran, no siempre deciden copular, sino que a veces se enfrentan a ellas como si fueran un enemigo más. Es más, este es precisamente el motivo por el que los zoológicos tienen problemas con la cría de elefantes. Por seguridad, si quieren tener machos y hembras necesitarán recintos separados que puedan contener a un elefante durante el must y cada invierno tendrán que separarlo durante algunos meses. Sumando esto a la cantidad de cuidadores que han muerto atacados por elefantes en must, muchos zoológicos han decidido tener únicamente manadas de hembras.

Así pues, el must parece un problema reproductivo, aunque si lo vemos de forma estadística, al menos para la especie. Sin embargo, las cosas cambian si nos olvidamos de la comunidad y pensamos egoístamente, solo en el macho afectado. Se ha observado que los machos durante el must copulan más veces que cuando no lo tienen, de hecho, a más testosterona más receptivas parecen las hembras. Imaginemos entonces a unos primeros elefantes, cuya testosterona fluctuara ligeramente, sin apenas consecuencias. Aquellos que, por pura variabilidad, mostraran mayores elevaciones, tendrían una ventaja para perpetuar sus genes y por lo tanto sus niveles de testosterona en una nueva generación. Si esto fuera así, pronto empezarían a seleccionarse individuos con niveles de testosterona cada vez más extremos, porque, si bien era doloroso, incapacitante y un peligro para la propia especie, era capaz de lograr un mayor éxito reproductivo.

El pavo real ha desarrollado una cola que entorpece su vuelo y el megaloceros unos cuernos bajo los que, posiblemente, su cuello sufría horrores, son ejemplos de selección sexual por huida de Fisher. Algo así como embarcarse en una subasta sin fin donde, o ganamos o lo perdemos todo, y nos vemos forzados a aumentar nuestra puja constantemente hasta que ya es demasiado tarde. Por supuesto, todavía no se sabe si el must responde a este tipo de mecanismo evolutivo, pero es una hipótesis plausible que consigue aunar las aparentes contradicciones de un comportamiento tan asocial.

Para entender todo esto más a fondo, haría falta realizar más estudios en machos durante su periodo de must, pero la extrema peligrosidad de estos ejemplares lo complica mucho, tanto en la naturaleza como en cautividad.

Mantequilla y agua

Los elefantes en must son tan difíciles de tratar que las culturas que los han conseguido semidomesticar recurren a medidas extremas durante estos periodos. En la India, por ejemplo, se utiliza a los elefantes asiáticos como bestias de carga o atracciones turísticas, muchas veces en condiciones ya de por sí deplorables, pero que empeoran especialmente cuando se acerca el invierno. Ante posibles indicios del must, los machos son atados al suelo con cadenas y una estaca, limitando su movimiento a apenas media decena de pasos. Para acompañar esto, se les pasa por una dieta exigua que en el mejor de los casos consiste en mantequilla y agua, como ya contaba Julio Verne en su novela “La vuelta al mundo en ochenta días”, pero que puede llegar a convertirse en un ayuno completo.

Sus cuidadores sostienen que, de este modo, el must se reduce de dos o tres meses a tan solo 5 días, una semana a lo sumo. La crueldad del ayuno les parece menor que la de mantenerles atados y doloridos durante meses. En algunos casos, estas prácticas se combinan con fármacos para dormir a los elefantes y mantenerlos sedados durante esa semana. En definitiva, se recurre a técnicas bastante agresivas para así poder conservarlos en cautividad.

Neelakantan, un elefante asiático tratando de liberarse de sus cadenas durante el must. SSe encuentra en el templo de Chirakkadavu Sree Mahadeva, en la India.
Neelakantan, un elefante asiático tratando de liberarse de sus cadenas durante el must. SSe encuentra en el templo de Chirakkadavu Sree Mahadeva, en la India.Praveenp

No obstante, liberarlos tampoco es una solución. Un elefante en must supone un peligro para él y para otros, y las zonas agrícolas están especialmente expuestas a sus ataques. Comprensiblemente, igual que nuestras abuelas decían tener remedios caseros para curar un catarro o espantar a las meigas, los campesinos amenazados por los elefantes cuentan con sus propios trucos caseros. Uno de ellos se ha hecho bastante famoso, y consiste en plantar guindillas, cuyo alto contenido en capsaicina (precisamente la molécula que produce el picor) sería capaz de espantar a los furiosos machos. Esto ha llegado hasta el punto en que, algunos activistas, reparten preservativos por las aldeas más afectadas, no como profilaxis, sino para llenar con infusiones de guindillas y lanzárselos a los elefantes como si fueran granadas de mano. Otros fabrican cubos de guindillas aglutinados con bosta de elefante, los cuales hacen arder para espantar con su humo a los intrusos.

Desgraciadamente, estos métodos no han demostrado ser eficaces, al menos no por la dichosa capsaicina. No obstante, hay una buena noticia, una con moraleja, a decir verdad. Existe una forma que se ha demostrado eficaz para contener los ataques de elefantes durante el must, concretamente aquellos perpetrados contra los rinocerontes: la reintroducción de grandes machos. Puede resultar extraño, pero la testosterona de los machos se vuelve máxima en torno a los 35 años, 15 después de empezar a segregarla y 25 después de que las hembras sean fértiles (aunque, como es de esperar, estas cifras cambian entre las distintas especies de elefantes) Sin embargo, aunque la testosterona llega a su máximo relativamente pronto, mucho antes de los 75 años de media que pueden vivir estos animales, lo que no deja de crecer es el tamaño de los ejemplares. Los machos más viejos suelen ser los más grandes y mantienen a raya a los jóvenes, tengan más o menos testosterona. Se sospecha que este es el motivo por el que los grandes machos funcionan como moderadores, reduciendo las acciones agresivas ocurridas en el territorio que dominan, que suele ser amplio.

Tal vez la respuesta esté en intentar reducir nuestro impacto, en mantener sus poblaciones y respetar las distancias y sus territorios. Una agricultura sostenible, que rentabilice mejor la tierra para ocupar extensiones menores y, por lo tanto, perturbar menos el ecosistema. Tal vez la respuesta esté en eso, aunque es pronto para saberlo. Hará falta seguir estudiando el peligroso must, que transforma a un herbívoro relativamente tranquilo en uno de los animales más agresivos del planeta.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • El uso de chilis no parece haber demostrado ser capaz de repeler a los elefantes, cosa que sí han hecho otras estrategias basadas en la convivencia y el mantenimiento de las poblaciones.
  • Un elefante con las sienes humedecidas no tiene por qué estar necesariamente en must.
  • Existen tres especies de elefantes, el africano de sabana (Loxodonta africana) el de selva (Loxodonta cyclotis), que hasta hace poco se creía una subespecie del de sabana, y finalmente el asiático (Elephas maximus)

REFERENCIAS (MLA):