El falso misterio de Tunguska: el bólido que arrasó más de 1000 kilómetros cuadrados de estepa rusa.

Aquello que una vez desconocimos, ahora cuenta con un buen número de pruebas. No todas las incógnitas no duran eternamente, pero dejarlos ir parece difícil para los aficionados al misterio.

La noche del 30 de junio de 1908 fue atípica en Londres. Según contaba el London Times, el cielo refulgió desgarrando la oscuridad con tal fuerza que podía leerse un periódico con total naturalidad. Aquello era suficiente para despertar la curiosidad de muchos, pero podemos subir la apuesta un poco más, pues esa misma historia se cuenta en otras grandes ciudades europeas, una luz que hizo temblar el suelo y convirtió la noche en día. Si estos hechos han despertado tu interés, espérate a descubrir lo que aquellos sorprendidos paisanos tardarían años en descubrir, porque la verdadera acción estaba ocurriendo a miles de kilómetros, en medio de la estepa rusa, junto al río que bautizaría el evento: el río Tunguska.

Eran las 7:16 cuando Rusia escuchó la explosión. Todo el imperio retumbó como la piel de un descomunal tambor, golpeado justo a la vera del río Tunguska. Lo que allí ocurrió tumbó los árboles de casi 1.000 kilómetros cuadrados de taiga siberiana. Los troncos estaban tronzados o simplemente arrancados de cuajo de la tierra, exponiendo sus raíces al frío aire de la mañana. La luz, la sacudida y aquella desgracia eran harto extraños y podrían haber sido explicados por el impacto de un meteoro, si no fuera que no había cráter, ni restos, ni nada. Ahora sí, el evento de Tunguska opositaba a convertirse en uno de los mayores misterios de nuestro tiempo.

El meteorito perdido

En resumidas cuentas, esa es la historia, al menos la que podemos conocer más allá de toda duda: destello, terremoto, deforestación. No obstante, hay un detalle mucho más espinoso de tratar, la consabida falta de pruebas. Al escuchar la historia presuponemos que las investigaciones fueron exhaustivas e inmediatas, pero esto dista mucho de la realidad por dos buenos motivos.

El primero, más prosaico, es de naturaleza edáfica, pues en verano los alrededores del lago se transforman en un barrizal difícilmente transitable. El segundo motivo emerge de la compleja geopolítica, que si bien también es un barrizal se trata de uno bien distinto. Eran tiempos tensos, recién entrados en un siglo complicado y prácticamente Tocando a las puertas de la primera Guerra Mundial. Aquella explosión podía haber sido una advertencia de los enemigos del imperio, o bien una prueba del propio gobierno, la desconfianza y el miedo precintaron la zona durante algún tiempo.

Tuvieron que pasar 19 años para que se permitiera el acceso a una primera expedición científica. Fue entonces cuando, tras inspeccionar el terreno y contemplar los destrozos, conservados como si no hubiera pasado el tiempo, se propuso la hipótesis del meteoro. Más concretamente de un bólido, que es como se llama a estos cuerpos cuando se asocia a ellos un gran brillo que puede ser percibido como una bola de fuego. Los registros indican que fue idea del líder de la expedición, Leonid Kulik, así que decidió orientar la expedición a la búsqueda de pruebas, en concreto a encontrar un gran cuerpo metálico, posiblemente rico en níquel, que pudiera haber llegado desde el espacio. En 1938 Leonid todavía se lamentaba de no haber encontrado ni tal cuerpo, ni cráter alguno que pudiera avalar sus sospechas.

Ante la falta de pruebas, algunos expertos sugirieron que tal vez pudo tratarse de un cometa, que, a diferencia de los meteoroides, están compuestos mayormente por hielo de agua. Esto supone que buena parte de estos termina desapareciendo sin dejar pruebas del crimen, como las míticas balas de hielo que complicaron el argumento de tantas novelas de misterio.

Bien es cierto que ahora sabemos que el origen cometario es bastante improbable, principalmente porque según los modelos matemáticos que han tratado de estudiar el impacto, los números no cuadran, y la mayor parte del hielo (si no todo) se habría fundido antes de llegar al suelo. En cualquier caso, esta hipótesis y la meteorítica son, posiblemente, las más plausibles y parsimoniosas, porque a partir de aquí la imaginación se vuelve desbordante.

Agujeros negros, antimateria y otros titulares

Tenemos que reconocer que, por mucho que algunas películas consiguen ser exitosas centrando toda su trama en torno a un meteoro que se aproxima, hay cosas más atractivas en prolijo bestiario galáctico. Si no se encontraron restos del meteorito y el cometa no parece una opción, ¿por qué no dejar volar la imaginación? ¿Y si en lugar de una simple roca la culpa la tuvo un agujero negro?

Los agujeros negros son regiones del espacio donde la gravedad se vuelve tan intensa que ni siquiera los rayos de luz pueden huir de ellos. La singularidad, el horizonte de sucesos, son términos astrofísicos para hablar de determinadas zonas del agujero negro, pero que independientemente de su significado consiguen despertarnos ese gusanillo de lo fantástico. Queremos que este tipo de objetos protagonice nuestras historias, y tal vez por eso Nature acepto publicar en 1973 un artículo sugiriendo que lo que había chocado con nosotros no era un meteoroide, sino un agujero negro. La descomunal densidad de los agujeros negros permitiría que concentraran la masa estimada para el meteoro de Tunguska en un espacio microscópico, haciendo imposible encontrar ni un cráter ni restos de este, pero produciendo una onda de choque capaz de justificar los kilómetros de taiga arrasados.

Puede que suene bien, pero del mismo modo que ha sido afirmado, ha sido desmontado en la misma revista tan solo cinco números después. Así que no, no es justificable hablar de agujeros negros en Tunguska aludiendo a la ciencia, es como decir que la ciencia avala el uso de sanguijuelas porque se usaron hasta el siglo XIX. Las críticas eran muchas, pues excepto la falta de cráter y de restos nada más coincidía con los datos que existían del evento. Posiblemente, el contraargumento más difundido fue que, un agujero negro de ese tamaño y características debería de haber atravesado la Tierra en tan solo un cuarto de hora, emergiendo, según se calcula, por el Atlántico Norte y causando una nueva explosión de la que no se tiene constancia alguna.

En cualquier caso, no era la primera vez que Nature daba por buenas elucubraciones tan fantasiosas como poco rigurosas. Unos años antes, en 1965 publicaron otra posible explicación, la cual hablaba del impacto de un meteorito de antimateria. Dicho de forma muy simplista, la antimateria está compuesta de antipartículas, idénticas a los protones, neutrones y electrones que componen nuestra materia, pero cambiando únicamente su carga eléctrica para darles el signo contrario, de tal modo que la antipartícula del electrón es el positrón. Cuando una partícula se encuentra con su antipartícula es dice que se aniquilan, transformando su masa en energía que se libera violentamente junto con unas cuantas partículas. De este modo, la explosión producida por un pequeño meteoro de antimateria permitiría justificar la falta de cráter y de restos meteoríticos. No obstante, una vez más se trataba de una especulación salvaje de la que no se han encontrado pruebas.

Entre todo esto, no faltaron las conspiraciones gubernamentales y los accidentes de objetos voladores no identificados, ya fueran militares o extraterrestres. Otros apuntaron a que un lago cercano podía ser el verdadero cráter y que el meteorito todavía estuviera en su fondo, ya que según afirman, no había registros de tal lago antes del impacto. No obstante, el lago no parece el resultado de un impacto y sus someras aguas no parece esconder material meteorítico alguno. Podríamos decir que ante la ausencia de pruebas se abrió la veda y se levantaron los filtros, todo valía porque aquello era, a fin de cuentas, misterioso. Sin embargo, qué pensarías si te dijera que, en contra de lo que muchos siguen porfiando, hay restos meteoríticos que pudieron pertenecer al impacto y que no se descubrieron ayer, sino en 1978 y su composición fue confirmada en 2013.

La verdad no vende

Es cierto que no hablamos de un único gran cuerpo meteorítico, pero en parte esto es normal. A diferencia de lo que suele representarse en las películas, los meteoros son erosionados por la fricción de la atmósfera, despedazándose en trozos cuando estos superan cierto tamaño. Lo que encontraron en 1978 fueron micromuestras, así que puede que su tamaño decepcione a algunos, pero no supone un problema para la hipótesis, de hecho, lo que realmente importa está en su composición.

Ahora sabemos que esos micromuestras tienen veintidós veces más hierro que níquel, una proporción entre esos dos metales propia de cuerpos extraterrestres. La presencia de otros compuestos como troilita y taenita son parte de la firma de un meteoroide, y la lonsdaleita es un mineral producido en condiciones de gran presión y temperatura a partir del carbono, lo cual coincide con la hipótesis del impacto.

Así pues, sí existen evidencias del impacto, tal vez no las que esperábamos, pero las hay. No obstante, esto no quiere decir que la respuesta ya esté clara, precisamente hace unos días fue publicado un artículo en el que se intentaba conciliar la falta de cráter y el origen meteorítico aludiendo a que el meteoro no había llegado a impactar, sino que había pasado tangencialmente a la tierra, a unos 15 kilómetros de la superficie, desprendiendo parte de su superficie como una lluvia de rocas. Es muy pronto para saber si esta idea gana la aceptación de los expertos, pero desde luego es mucho más moderada que las historias de agujeros negros y antimateria.

La ciencia no lo sabe todo ni lo pretende. No obstante, es innegable que el conocimiento científico ha ido creciendo y reclamando nuevos territorios, arrojando luz sobre temas que creíamos vedados a la razón y cuyo carácter mistérico era casi incuestionable. Primero cayeron los fenómenos meteorológicos, y ahora vivimos una época donde hasta la consciencia humana puede ser tratada desde la ciencia, para cuanto menos el evento de Tunguska.

Sin embargo, no todos están dispuestos a prescindir de ese cosquilleo que acompaña al misterio, ni siquiera a cambio de una explicación sólida. Quienes se niegan a aceptar los hechos tienden a desacreditarlos o, directamente a ignorarlos, haciendo como si no fueran reales. Hay quien sigue afirmando que el VIH no existe porque nunca ha sido aislado, a pesar de que existen multitud de imágenes de este, así como pruebas indirectas de su existencia. Otros hacen un falso jaque a la NASA indicando que “si es cierto que fuimos a la luna en 1969 ¿por qué no hemos vuelto?” cuando en realidad hemos ido en otras cinco ocasiones desde entonces. La historia de Tunguska está tejida con los mismos mimbres cosiendo con fuerza los párpados de quienes quieren seguir soñando ficciones.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Hay restos meteoríticos que pueden atribuirse al impacto de Tunguska, y aunque queda bastante por aclarar hay especulaciones que ya no tienen lugar en este suceso.

REFERENCIAS (MLA):