En 1974 unos científicos crearon “el dedo de la muerte” en un laboratorio

El dedo de la muerte es el nombre que recibe la columna de agua congelada que se forma bajo la superficie de los mares. Cuando alcanza el lecho marino destruye a las formas de vida más lentas.

Con un titular así podemos esperar dos cosas, o bien un descarado clickbait, o bien el argumento de una película de James Bond. Lo cierto es que el titular dice la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad y, hasta donde sabemos, ningún villano de la saga Bond era doctor en oceanografía, ni siquiera el Doctor No. Nuestro protagonista en esta historia es el doctor Seelye Martin, de la Universidad de Washington. En 1974, Martin decidió construir en su laboratorio un dedo de la muerte, la idea era poner a prueba la hipótesis sobre cómo se formaban estas extrañas columnas de hielo bajo el agua de los polos.

En efecto, cuando los oceanógrafos hablan del dedo de la muerte no se refieren a armamento militar de ningún tipo, sino a una columna de hielo submarina. Durante algunos años, el origen de estas extrañas barras de hielo era un misterio ¿cómo se formaban estando rodeadas de agua?, ¿por qué no solo se congelaba esa pequeña franja del mar? Lo que sí tenían claro era que, si esas columnas alcanzaban el fondo del mar, como por cosa de hechicería, el suelo comenzaba a congelarse, extendiéndose y matando a pepinos de mar, ofiuras, erizos, estrellas de mar y cualquier forma de vida lenta. Visto lo visto “dedo de la muerte” es un nombre perfecto para el fenómeno. Pero ¿cómo era la hipótesis que trataba de comprobar el doctor Seelye?

El carámbano de salmuera

Un fenómeno así no era fácil de olvidar. Como si fuera un rayo mortal que avanza lentamente hacia una víctima todavía más lenta, congelándolo todo a su paso. Entre las muchas explicaciones dadas, una parecía especialmente cabal. Todo empezaba en la superficie de un mar a medio congelar. La superficie no se congela toda a la vez, sino que algunas partes forman núcleos de hielo, zonas que se congelan antes y que empiezan a extenderse hasta chocar con otros núcleos. El caso es que el hielo es algo caprichoso. Para formarse tiene que conseguir ordenar sus moléculas de agua formando un cristal y las impurezas estorban en esa tarea. Por eso, el hielo del mar es diferente al que vemos en los lagos de agua dulce. En los mares, al congelarse, el hielo expulsa buena parte de la sal en forma de iones de sodio y cloro, creando una estructura mucho más porosa que la del hielo de nuestras neveras. El caso es que esto significa que alrededor de los núcleos de hielo, se vierte una gran cantidad de iones, haciendo que aumente su salinidad.

Para hacernos una idea. Ahora tenemos núcleos de hielo en la superficie que crecen, estrechando el espacio entre ellos, el cual se llena con agua cada vez más salada. Y si hay algo que sabemos acerca del agua salada es que le cuesta más congelarse. Precisamente, la presencia de esos iones complica que las moléculas de agua se ordenen para pasar a un estado sólido, por lo que a cero grados todavía permanece líquida. Ni siquiera el gélido aire de los polos, que está al menos una decena de grados bajo cero, es capaz de congelarla. Pero a esta baja temperatura de fusión se suma algo más, el agua salada es más densa que la dulce, lo cual significa que tenderá a hundirse, como cuando ponemos agua en un vaso lleno de aceite. De hecho, esta alta densidad es lo que hace que flotemos mejor en aguas extremadamente saladas, como las del Mar Muerto.

Por lo tanto, una zona de agua líquida extremadamente salada y enfriada muy bajo cero, comienza a hundirse por ser más densa que aquella que le rodea. Podríamos decir que forma una columna descendente de agua superenfriada. Durante su viaje hacia las profundidades, va atemperándose al entrar en contacto con el agua de las profundidades, lo cual quiere decir que el agua de que rodea la columna se enfría hasta alcanzar una temperatura con la que, si bien el agua muy salada no se congela, aquella con niveles normales sí lo hace. Así pues, en torno a la columna de salmuera se van formando cristales de hielo. Cerca de un 50% se pierden, pero la otra mitad se van integrando, formando una cobertura, como una tubería de huelo por dentro de la cual baja la salmuera.

Con las horas, las paredes de la tubería se van haciendo más amplias ganando espacio por dentro. Como la cobertura de hielo va ganando tanto anchura como longitud, la salmuera consigue mantener más tiempo su baja temperatura antes de mezclarse con el resto del agua marina. Por ese motivo, la columna sigue descendiendo hasta que, o bien su peso es tal que acaba partiéndose, o una corriente demasiado fuerte hace imposible que siga creciendo, o bien alcanza el fondo del mar si este no era demasiado profundo.

Una vez allí, la tubería hace lo que cualquier bajante de un edificio, vierte su contenido sobre el suelo, derramando agua helada que se extenderá a favor de la gravedad. Una escorrentía de agua densa y fría que congelará a su paso a animales, plantas, algas y todo aquello que alcance. Esa es (algo actualizada) la hipótesis que Seelye Martin quería poner a prueba.

El experimento

Afirmar algo en ciencia es más complejo de lo que solemos pensar y en ese tipo de aseveraciones el demonio está en los matices. El hecho de observar algo nos dice que ocurre algo, todavía indeterminado, pero ocurre. Podemos ponerle un nombre, pero más allá del fenómeno conoceremos poco sobre él, en este caso “el dedo de la muerte”. Tras ello, se puede buscar una explicación teórica que permita dar sentido a todo lo que hemos observado, a ser posible sencilla y lo más plausible posible. No obstante, en este momento tenemos una hipótesis, pero para afirmar que el fenómeno observado realmente se fundamenta con esa explicación teórica es necesario ponerla a prueba. Es el momento de experimentar para ver si las condiciones que, según la explicación teórica tendrían que producir el fenómeno, son realmente capaces de reproducir lo que esperamos.

Ese era el cometido de Seelye Martin y para ello necesitaba lo siguiente:

  1. Un tanque de agua con una salinidad y temperatura comparable al agua polar (34,8 por mil y -1,9ºC) donde ocurrían los dedos de la muerte.
  2. Un tubo que inyectara una corriente vertical de salmuera a temperaturas de, como mucho -5ºC y una salinidad de, al menos, el 79 por mil.
  3. Un sumidero por el que retirar una cantidad de agua equivalente a la entrante.

Y lo consiguió. En dichas condiciones, Martin consiguió reproducir el dedo de la muerte, aunque no llegaron a superar los pocos centímetros y eso que la falta de corrientes se lo había puesto relativamente fácil. En cualquier caso, desde entonces se ha confirmado que, efectivamente, este planteamiento teórico responde al verdadero origen de los dedos de la muerte. De hecho, por ello en inglés se llaman brinicles, de (brine, que es salmuera, y icicle, que es carámbano) En castellano no tenemos un nombre igual de descriptivo, pero algunas personas han sugerido a través de redes sociales términos como “salactita”, “ciovórtice” o “congelactita”.

Y, para terminar, cabe decir que, como vivimos en tiempos maravillosos, podemos disfrutar de la formación de una salactita en vídeo. Algo que, hasta la fecha, solo ha conseguido la BBC para su documental “Planeta Helado”. No hay mucho más que decir, porque cualquier palabra que añada empeorará la conclusión que ofrece la BBC con su vídeo narrado por la leyenda de la divulgación: David Attenborough. Así que recuéstate, olvídate de todo, y disfruta viendo en cámara rápida, cómo un rayo helado cae del “cielo” para atemorizar a una comunidad de estrellas de mar.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Salactita no es un nombre oficial, pero tal vez haga falta algo más descriptivo, más corto y menos sensacionalista que “dedo de la muerte”. En alemán, por ejemplo, le llaman Eisstalaktit (estalactita de hielo)

REFERENCIAS (MLA):