El extraño caso de los conejos con alas de faisán y cornamentas de ciervo

Los wolpertinger, jackalope o como queramos llamarles son conejos cornudos repartidos por el mundo en distintas mitologías populares. Todos ellos podrían tener un origen común en un virus capaz de producir tumores con forma de cuernos.

No recuerdo bien dónde fue, ni en qué año concreto lo vi por primera vez. Solo sé que era verano y estaba en algún pueblo perdido al oeste de Alemania. Al otro lado de una vitrina de cristal, en medio de la calle, había una plétora de animales malamente disecados. El trabajo era bastante horrible y sus miradas cetrinas parecían pedir que alguien terminara con su sufrimiento por segunda vez. Los zorros tenían el morro retorcido como si hubieran pasado la tarde chupando limones y habría jurado que las ardillas estaban bajo un tratamiento intensivo con corticoides, porque en la plenitud de sus rasgos los ojos parecían estar a punto de escapar de su cara. El panorama era verdaderamente espeluznante, pero ¿era falta de pericia o de respeto? Entonces creí encontrar la respuesta entre las miradas de cristal.

Era un conejo, pero también un faisán y un corzo, todo en uno. Alguien había disecado a un conejo y, para darle fantasía, había cosido a su espalda las alas de un faisán y la cornamenta de un pequeño corzo. Aquello tenía que ser una broma y en cierto modo una “falta de respeto” a los animales utilizados para confeccionar este monstruo de Frankenstein de bolsillo. Al menos eso es lo que pensé en aquel momento, hasta que unos años después, de vuelta en tierras teutonas, encontré una monstruosidad parecida. Un conejo alado y cornudo exhibido como lo más normal del mundo. Tenía que haber algo más detrás de aquella aberración taxidérmica y necesitaba saberlo.

El esquivo wolpertinger

No es muy difícil encontrar respuesta en internet una vez sabes que no se trata del desvarío puntual de un taxidermista poco hábil. Escribiendo “conejo con cornamenta en Alemania” empiezan a aparecer resultados que hablan sobre un ser de leyendas llamado wolpertinger. Aunque parecen tener su origen en tradiciones del sureste de Alemania, concretamente de Bavaria, su historia se ha extendido por todo el país, y hablan sobre una extraña especie de conejos siempre coronados por una cornamenta y, según a quién consultes, con o sin alas. Es más, el wolpertinger parece haber trascendido las fronteras alemanas y se encuentran mitos similares en Austria, aunque bajo el nombre: raurakl.

Las leyendas sobre animales fantásticos las hay por doquier y no es raro que dos países cultural e históricamente tan entrelazados como Alemania y Austria compartan versiones del abominable conejo cornudo. Lo verdaderamente extraño llega si seguimos buscando, porque resulta que las historias sobre estos animales se cuentan por medio mundo. Incluso al otro lado del Atlántico, en Estados Unidos, donde recibe el nombre de “jackalope”. De hecho, es posible que los más jóvenes conozcáis al jackalope sin saberlo, porque protagoniza uno de los famosos cortos de Disney, solo que en castellano lo tradujeron por “conejílope”.

Hasta cierto punto es comprensible que las leyendas de dragones sean universales, porque se tratan en realidad de una gran variedad de bestias escamosas, con o sin fuego, con alas, sin alas, con más o menos patas y de tamaños que van desde el de un perro pequeño hasta una cordillera entera. Parece fácil que tantas historias coincidieran en crear monstruos con escamas, siendo las serpientes y muchos reptiles los causantes de algunas de las fobias más antiguas de la humanidad. Sin embargo, cuando hablamos de conejos cornudos la historia es muy diferente, es algo extremadamente concreto. Tomar un conejo y colocarle cuernos sobre la cabeza. No a una ardilla ni a un erizo, a un conejo. Y no hablamos de antenas, crestas o un tupé a lo Elvis. Solo valen conejos y liebres con cornamentas. Tenía que existir algo que explicara tal coincidencia en culturas tan separadas. ¿Y si el conejílope era real?

Verrugas de fantasía

Tiempo después, leyendo un libro sobre virología y con el recuerdo del wolpertinger bien perdido en mi memoria, todo cobró sentido. En él se hablaba de cómo en los años 30, muchos cazadores estadounidenses informaron a las autoridades sobre conejos cornudos. Aunque a decir verdad no eran cornamentas elegantes y bien formadas como las de un corzo, sino elevaciones retorcidas y negruzcas que irradiaban desordenadas desde cualquier punto de sus cabezas. Aquella imagen podría haber dado pie a más de una película de terror.

En realidad, este tipo de historias podían retrotraerse hasta el siglo XVIII, pero fue entonces, ante la “epidemia” de conejos cornudos, cuando llegaron al oído del estudioso del cáncer Richard E. Shope. Tenía una teoría, según Shope aquellos “cuernos” eran tumores. Poblaciones de células de la piel que habían perdido el control sobre su división y ahora lo hacían a toda velocidad, perdiendo su forma y sus propiedades. Es más, Shope sospechaba que el origen de esos tumores no era espontáneo, ni mucho menos. El culpable podría ser un virus. Un virus capaz de producir tumores puede sonar a ciencia ficción, pero eso es lo que sucede con las verrugas o con el sarcoma de Kaposi, producido por el virus del herpes humano tipo 8 cuando se presenta en pacientes con cierto grado de inmunodepresión, como los enfermos de SIDA o aquellas personas en tratamiento tras un trasplante de órganos.

Así pues, Shope decidió estudiar unos cortes de las protuberancias y tratar de aislar el virus. Cosa que consiguió con éxito. Sus suposiciones eran más que correctas y estaba precisamente ante un pariente de los virus que en nosotros producen verrugas, un miembro de la familia papilomavirus. Algunas cepas del virus del papiloma humano se han desarrollado incluso con cánceres de cérvix, de ano o incluso de cabeza y cuello. Pues al parecer algo similar les ocurría a los lepóridos y la historia bautizó al virus como “Papilomavirus de Shope”.

Ahora sabemos que el virus infecta algunas células epiteliales de la piel de los conejos, concretamente de zonas donde el pelo está menos prieto, como la cara o el ano. En estos lugares, el virus se integra en el ADN celular y estimula la proliferación de las células, de tal modo que se produzcan también más copias de él mismo. Esto hace que, en las primeras fases, la piel se enrojezca, para pronto dar paso al crecimiento de un carcinoma epidermoide queratinizante. Al evitar que las células se diferencien correctamente adquiriendo la forma y función de una célula epitelial, su aspecto comienza a degenerar, estimulando entre otras cosas la producción de melanina, lo cual confiere un tono oscuro al cuerno.

¿Es posible que el misterio de los wolpertingers escondiera en realidad una historia de virus y verrugas? No sería extraño que algún cazador avistara un conejo infectado y al volver al pueblo describiera sus protuberancias como “cuernos”. La historia habría ido corriendo de boca en boca, alterándose y volviéndose cada vez más literal. Puede que el “como cuernos” pasara a ser solo “cuernos” y por costumbre, se representaran esos cuernos como los de otros animales más conocidos. Tengo que reconocer que nada de esto explica en qué momento, durante qué juega o cuánto alcohol había cuando decidieron que aparte de cuernos aquel ser tenía también un par de alas perfectamente funcional. En cualquier caso, supongo que los mitos populares funcionan así.

Ahora que conozco esto, puedo entender mejor lo que vi aquel verano en Alemania. En aquel momento, al no conocer la figura mitológica de los wolpertinger pensé que el collage de cuerpos constataba la falta de respeto del taxidermista y que eso explicaba el horrible estado del resto de piezas. Me equivocaba. Parece que existe cierta tradición de replicar el mito del wolpertinger, el jackalope o como queramos llamarle. Así pues, no había necesariamente desidia en aquel trabajo. Lo que decían las costillas hundiadas y la antomía imposible de esos pobres animales era otra cosa. Aquel verano los fantasmas de esos animales me gritaron en silencio desde el otro lado de la vitrina, culpando al taxidermista con menos arte que he visto y al cual no le habría confiado ni el rellenado de una almohada.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • No se sabe con total seguridad que el origen del mito fuera el papilomavirus de Shope, pero es muy probable teniendo en cuenta las evidencias y la distribución del mito.
  • Hasta donde sabemos este virus no puede contagiarse a humanos. Aunque en los conejos sí puede ser letal, bien sea porque malignice saltando a otros órganos (mayormente pulmones) o porque crezca tanto que bloquee la entrada de alimento en su boca.

REFERENCIAS (MLA):