Tu código postal importa más que tu código genético: el clasismo del Covid-19

El coronavirus no es una excepción, y la frase más icónica de la epidemiología vuelve a acertar, la COVID-19 no afecta por igual a todos los estratos socioeconómicos.

A poco que uno se introduzca en el maravilloso mundo de la epidemiología terminará dándose de bruces con la frase más sonada de la disciplina. Se trata de un aforismo rotundo y biensonante que apela tanto a la lucha por lo que es justo y contra las desigualdades sociales. Es un lema casi contestatario que recuerda el factor social, y no solo biológico de la medicina, humanizando las ciencias y recordándonos que somos mucho más que nuestra biología: “A tu salud le importa más el código postal que el código genético”.

Desde luego que suena bien, y aunque lo más correcto en este caso sería decir “secuencia genética” en lugar de “código”, se le perdona por lo bien que queda. Dejando esto a un lado, lo que se esconde tras estas palabras es una crítica a cómo, el lugar donde vivimos, en tanto a que es reflejo de nuestra situación socioeconómica, afecta a nuestra salud tanto o más que lo genes heredados de nuestra estirpe. Un detalle que no se le ha escapado ni al mismísimo coronavirus.

Ser rico puede matar, pero ser pobre mata más

Es más que posible que hayas buscado algún ejemplo en tu cabeza sobre esas diferencias sociales en la salud, y no sería de extrañar que ahora estés pensando en las enormes diferencias sanitarias entre el primer y el tercer mundo. Y la verdad es que estarás en lo cierto. Enfermedades como la tuberculosis se deben a la misma bacteria tanto aquí como en Ruanda. Sin embargo, los mecanismos de prevención, diagnóstico precoz y tratamiento no son iguales. El demoledor cóctel de antibióticos que administramos en el primer mundo no siempre está disponible para quienes viven la otra realidad de nuestro planeta. Una enfermedad que aquí apenas cuesta vidas, en el tercer mundo es una de las principales causantes de muertes. Es responsable de tantos finados que en 2016 fue el microorganismo causante de más muertes en todo el mundo, superando con creces el millón de fallecidos. Lo mismo sucede con otros tantos microorganismos, con tumores que avanzan demasiado antes de que su portador pueda acudir a un médico o con partos complicados para los que no hay medidas disponibles que ayuden a evitar la tragedia.

No obstante, por real que sea esta situación, cuando los epidemiólogos aluden al código postal se refieren a algo más sutil. La realidad es que incluso dentro de una misma ciudad, con idéntica cobertura sanitaria, se aprecian diferencias notables. Dicho crudamente para visibilizar la dureza del problema: existen tal cosa como las enfermedades de pobres. Los colectivos más desfavorecidos no mueren por lo mismo que los más agraciados y tampoco padecen las mismas enfermedades. Sea por el motivo que fuere, estadísticamente está clara la diferencia y, en este caso, los números no mienten.

Se ha teorizado mucho sobre los motivos que llevan a determinadas enfermedades a concentrarse en barrios en riesgo de exclusión social. Algunas explicaciones han estado teñidas de un tono paternalista e incluso clasista, en parte porque es fácil caer en clichés injustos, en parte porque no tenemos del todo claro a qué se deben algunas de estas diferencias. Sabemos que vivir en pisos pequeños con más individuos por unidad familiar fomenta que las enfermedades infecciosas se propaguen entre ellos por simple proximidad. Sabemos también que, cuando los trabajos menos cualificados suelen tener peores condiciones laborales que empujan a los trabajadores a acudir incluso cuando están enfermos, facilitando que las enfermedades se propaguen.

Estos trabajos y la situación de precariedad que viven quienes los desempeñan también complica que acudan al médico ante signos de alarma que, si bien pueden no ser nada, también podrían ser el debut de una enfermedad importante. Cuando algunos llegan a la consulta y el origen de sus molestias estomacales se diagnostica como un cáncer gástrico puede ser demasiado tarde, todo por culpa de que “no podían permitirse perder un día de trabajo”. Debemos hablar, incluso, de cómo una nómina más ajustada condiciona nuestra dieta, empujándonos a una alimentación menos sana por ser más barata y, sobre todo, más sencilla. Sumemos a esto la importancia de tener tiempo libre en el que hacer deporte y mantener una vida social sana, dos factores determinantes para un buen estado de salud.

Habrá quien apunte a que, si buscamos lo suficiente, encontraremos enfermedades, como el cáncer de mama, que parece asociarse en mayor medida a mujeres de alta condición socioeconómica. Es cierto y es algo que merece seguir siendo estudiado, pero no contraviene lo dicho hasta ahora. La pobreza en sí misma no hace enfermar, pero todo lo que esta acarrea fomenta la aparición de enfermedades de todo tipo, desde infecciosas hasta tumorales. Y claro, la COVID-19 no es una excepción.

El mismo virus, pero dos Barcelonas

Esto es, precisamente, lo que ha estudiado el equipo de investigación de la doctora María Grau, el cual ha estudiado la incidencia de casos de COVID-19 que hubo en los distintos barrios de Barcelona entre el 26 de febrero y el 19 de abril de este año. Lo cierto es que la diferencia existía, y no era cualquier fruslería. Lo que este equipo de investigación llegó a medir apuntaba a que, entre los distritos más desfavorecidos y los más acomodados había una diferencia enorme de nuevos casos. Una diferencia en la cual, las zonas más empobrecidas mostraban más del doble de casos, concretamente cinco casos por cada dos que aparecían en un distrito de renta alta.

Poniendo nombres, los distritos más afectados fueron los de Nou Barris y Horta Guinardó con más de 70 casos por cada 10.000 habitantes, mientras que los menos tocados, que fueron Sarrià-Sant Gervasi y Les Corts, rondaron los 20 o 30 por cada 10.000 habitantes.

Incluso dejando esto a un lado y centrándonos en la renta media, parece que los 9 mil casos que tuvieron lugar en Barcelona durante este periodo eran mayormente, personas que vivían en condiciones socioeconómicas inferiores a la media, reafirmando lo que apuntaba la distinta incidencia entre los distritos de la ciudad.

No obstante, estos datos fueron tomados durante la primera ola, en un momento de inestabilidad donde el virus no estaba estabilizado y, por lo tanto, el desarrollo de este en distintos barrios podía tener un decalaje temporal que explicara estas diferencias de forma independiente a los factores económicos. Es más, sabemos que, junto con el distanciamiento social y el lavado de manos, el uso de mascarillas es una de las medidas preventivas más relevantes para la contención de la pandemia. Una medida que se ha puesto en tela de juicio en contra de la evidencia científica y por parte de algunos colectivos de conspiranoicos y negacionistas.

Este movimiento no solo ha llevado a verter mentiras y consejos peligrosos en las redes sociales, sino a la formación de manifestaciones que, descuidando las medidas de seguridad y el uso de mascarillas, pueden poner en riesgo la salud de todos. En cualquier caso, son varios los estudios que apuntan a que este tipo de movimientos vertebrados por el pensamiento mágico son más frecuentes entre los miembros de la clase media-alta. De este modo, no sería raro ver que, en un futuro reciente, la distribución del coronavirus a través de clases económicas se suaviza, aumentando los contagios entre los sectores más acomodados.

Como hemos venido diciendo desde hace meses, los estudios sobre el coronavirus han de ser tomados con precaución, pues los datos están en constante evolución, afinándose cada día que pasa. La situación vivida hasta ahora ha sido extrema, atípica, y es difícil obtener información epidemiológica sobre este virus que podamos comparar con otros. Sea como fuera, no es en absoluto extraño sospechar que este SARS-CoV-2 pueda hacer más mella en los más desfavorecidos. Y precisamente por eso, es un gran recordatorio de cómo no todos somos iguales ante la enfermedad.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Es cierto que la situación socioeconómica no es como tal la causa de la enfermedad, pero no solo fomenta las verdaderas causas, sino que sirve como un gran marcador epidemiológico para medidas de prevención y detección de casos teniendo en cuenta la gran asociación estadística.

REFERENCIAS (MLA):