Más doloroso que la jaqueca de un neandertal

Los neandertales eran más fuertes y duros que nosotros, pero posiblemente más sensibles al dolor.

Para bien o para mal, la forma en que experimentamos el dolor nos define. Es parte de lo que nos hace humanos y moldea nuestra sociedad y, aunque tiene un gran componente subjetivo, también cuenta con una buena parte fisiológica, basada en estructuras, moléculas y reacciones químicas, y menos mal. Menos mal porque si bien es muy difícil conocer las experiencias subjetivas de nuestros ancestros prehistóricos, sí que contamos con datos biológicos que pueden ayudarnos a desvelar cómo sentían el dolor.

Sin ir más lejos, hace unas semanas que se publicó en Current Biology un estudio sobre el dolor en los neandertales. Los investigadores habían analizado el ADN de tres especímenes de neandertal y, comparando su secuencia genética con la nuestra, repararon en una diferencia aparentemente clave. Uno de sus genes llamado SCN9A era ligeramente diferente. Tenía tan solo tres pequeñas mutaciones, pero estas eran suficientes para alterar su función, una función que tenía que ver con el dolor.

¿Qué es el dolor?

El dolor, para ser estrictos, es la forma en que experimentamos aquellos estímulos que activan nuestros receptores del dolor. Lo cual es una especie de razonamiento circular: el dolor es el dolor, pero eso es lo que ocurre con nuestras experiencias más subjetivas. En cualquier caso, lo que sí sabemos es que tenemos neuronas, células de nuestro sistema nervioso, que viajan desde nuestro cerebro hasta nuestra piel encadenándose unas con otras y la especie de raíces que las anclan al llegar a nuestros tejidos se encargan de detectar se encargan de detectar infinidad de cosas. Las que registran el dolor son los nociceptores y se estimulan con la presión extrema, un corte, o determinadas sustancias químicas, como la sal en una herida.

Esto último es importante, porque si nuestros receptores del dolor son sensibles a determinadas sustancias es porque tienen en su superficie estructuras donde esas sustancias encajan perfectamente, activando la neurona. Por ejemplo, una de estas sustancias son las prostaglandinas. De hecho, cuando nos tomamos un ibuprofeno, lo que ocurre es que estamos bloqueando la producción de prostaglandinas por parte de los tejidos dañados. De esta forma, se reduce el dolor allí donde estuvieran produciéndose prostaglandinas. Parece fácil, y no obstante hay todavía muchas cosas que se nos escapan. Si pensamos por ejemplo en el paracetamol, la respuesta no es tan fácil. Sabemos que, en lugar de actuar en la periferia, como el ibuprofeno, actúa en el sistema nervioso central directamente, aunque no conocemos exactamente el mecanismo por el que funciona.

La variedad de analgésicos es enorme y, por ejemplo, ahora se está experimentando, entre otros, con una substancia de la picadura del ciempiés chino de cabeza roja (Scolopendra subspinipes mutilans), la μ-SPTX-Ssm6a, que inhibe a los receptores NaV1,7 evitando que se activen las neuronas del dolor. Pues bien, el truco de los neandertales va por ese camino.

Un cambio ligero pero doloroso

El equipo del doctor Hugo Zeberg y el doctor Svante Pääbo analizó lo que quedaba del ADN de tres ejemplares de neandertales. Al hacerlo encontraron tres pequeñas mutaciones en el gen SCN9A, que es el encargado de codificar la proteína NaV1,7 de la que hemos estado hablando. Estas mutaciones, provocan tan solo tres cambios estructurales en la proteína. Para entenderlo, recordemos que una proteína, que es una molécula realmente grande, está compuesta por bloques más pequeños a los que llamamos aminoácidos. El orden de la secuencia de aminoácidos determinará la forma, el tamaño y la función de dicha proteína. En este caso la mutación de SCN9A repercute tan solo en tres aminoácidos del total que forma la proteína. No es mucho, pero es lo suficiente como para que sea ligeramente diferente a la que solemos mostrar nosotros.

Llegados a este punto, y para saber qué implicaciones tenía esta variante, los investigadores decidieron editar células en cultivos de laboratorio para que mostraran estas alteraciones de origen neandertal. El resultado fue una mayor sensibilidad de las células ante la estimulación de estas NaV1,7. Sin embargo, la investigación no se detuvo ahí. Nuestra y los neandertales se separaron evolutivamente hace tan solo unos 500 o 750 mil años. Esto significa que genéticamente hemos de esperar grandes semejanzas, sobre todo teniendo en cuenta que, según sabemos, nuestras especies han sido dadas a aparearse entre sí teniendo descendencia fértil.

De ese modo, los investigadores analizaron el gen SCN9A de un grupo de medio millón de personas de origen británico y encontraron que, tal y como sospechaban, un pequeño conjunto de 2.000 de ellos (0,4%) presentaban la variante neandertal del gen SCN9A. Y por si esto fuera poco, buena parte de estos sujetos reportaban una mayor sensibilidad al dolor. Aunque para ser rigurosos, ante los mismos estímulos, estos individuos eran un 7% más propensos a reportar dolor que el resto de sujeto. Esto puede parecer poco, pero hay que tener en cuenta que tenemos una pareja de cada gen, uno heredado de nuestra madre y otro de nuestro padre. Mientras que los neandertales estudiados tenían mutados sus dos genes SNC9A, los 2.000 británicos solo presentaban uno de los dos mutados, lo cual limita su capacidad de expresión, siendo menos sensibles de ello que esperaríamos que fueran teniendo ambas copias igualmente alterados.

Si todo esto es cierto, podemos suponer que los neandertales eran más sensibles al dolor, lo cual es especialmente intrigante si recordamos que eran personas de huesos anchos, musculatura voluminosa y, en general, cuerpos mucho más robustos que los nuestros. ¿Qué sentido tiene que fueran más sensibles? ¿Qué motivo puede llevar a una especie a potenciar una cualidad tan incordiosa?

¿Y para qué torturarse así?

Popularmente se dice mucho que lo que duele cura, pero no es así. Sin embargo, el dolor sí tiene un sentido: es la forma en que nuestro cuerpo nos advierte de que algo nos está haciendo daño y que hemos de reaccionar de algún modo para hacer que pare y la lesión no se vuelva realmente irreversible. Es todo lo contrario a curar, es prevenir. Posiblemente, el mito venga de que, cuando una herida está cicatrizando y haciendo costra, su superficie se vuelve tirante y escuece, pero sea como fuere ni es ciencia ni es cierto.

De hecho, la vida sin dolor distaría mucho del paraíso que puede parecernos, y lo sabemos bien porque determinadas personas son incapaces de sentirlo. Una de las formas más frecuentes es la insensibilidad congénita al dolor con anhidrosis, que significa que desde el nacimiento ni sientes dolor ni sudas. Quienes lo padecen tienen mutado el gen NTRK1, que, al estar alterado, deja de producir una proteína indispensable para la vida de muchas neuronas, propiciando que mueran en gran número. Y aunque eso de no sentir dolor y no sudar puede sonar a un trato redondo, pero sudar nos ayuda a regular nuestra temperatura, por lo que estos pacientes son propensos a tener temperaturas corporales tan altas que llegan a ser peligrosas.

Del mismo modo, al no sentir dolor, no son conscientes de cuándo una caída les ha roto un hueso o un accidente les ha dañado un órgano interno. No detectan los infartos ni las posturas incómodas que les estén dañando músculos y articulaciones o cortando la circulación de un miembro. De hecho, muchos de ellos tienen que revisarse los ojos cada mañana por si, mientras dormían, se los han arañado sin querer.

Basándonos en esto, podemos imaginar que la supuesta mayor sensibilidad de los neandertales al dolor tenía cierto sentido evolutivo, pero puestos a especular, hay otra explicación posible. El receptor NaV1,7 mutado en neandertales parece estar bastante presente en neuronas relacionadas con el olfato, de tal modo que al volverse más sensibles podrían aportar una mayor capacidad de discernir olores.

En cualquier caso, hay que tener en cuenta que no podemos sacar conclusiones rotundas a partir de la información que tenemos, y que es posible que estas mutaciones, en el contexto del resto de la secuencia genética, no se expresaran tal y como esperamos. Puede que otras mutaciones contrarrestaran sus efectos de tal forma que su percepción del dolor no fuera muy distinta a la nuestra. No obstante, nos presenta una serie de preguntas importantes que hablan sobre nuestra historia y la de nuestros parientes más cercanos. Nos habla de la historia de una de las cosas que más han modelado nuestra sociedad y que, por lo tanto, nos ayuda a entender quiénes somos: el dolor.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Los efectos de los genes en el fenotipo no siempre son directos y muchas veces tienen efectos codependientes entre sí, por lo que es espinoso afirmar con demasiada seguridad que estas alteraciones el la secuencia genética de los neandertales se correlacionaban necesariamente con una mayor sensibilidad al dolor.

REFERENCIAS (MLA):