“No lo sé” es el motor de la ciencia, no una debilidad

Si la ciencia avanza es, entre otras cosas, porque reconocer que no lo sabemos todo permite que busquemos respuestas. En estos tiempos de coronavirus la frase “no lo sé” cobra más fuerza que nunca.

En las últimas décadas se ha popularizado el término “cuñado” para esa gente que, sin el más mínimo rubor, pontifica sobre temas de los que jamás ha leído una sola línea. Lo que siembre había sido un “enterao”, pero con un nuevo envoltorio de siglo XIX. La imagen de prejubilado con palillo de dientes entre los caninos y el codo fundido con la barra de algún bar ha dejado paso a una imagen algo diferente, pero con la misma esencia.

Ahora los especímenes han cambiado y, por desgracia, se han reproducido. Las redes sociales son nuestro nuevo bar, un bar donde estamos todos y donde el pudor puede dejarse para otro día. En los bares, al menos, existía un freno social porque, como decía Cheers, son un lugar donde todo el mundo conoce tu nombre. El anonimato de las redes ha cambiado las reglas de juego, ha evaporado las inhibiciones como si hubiera cercenado nuestra la corteza prefrontal, estableciendo las condiciones perfectas para cultivar hectáreas de nuevos “enteraos” digitales.

El paso del logo al mito

El ser humano quiere respuestas y llevo mucho tiempo que tendiéramos que no cualquier respuesta era buena. Al principio necesitábamos rellenar nuestras lagunas de conocimiento a toda costa y lo hicimos con leyendas salidas de una mezcla de intuición, historias exageradas, alegorías y muchísima imaginación. La serpiente arcoíris de Australia, Epimeteo de los griegos o la música de los Ainur imaginada por Tolkien son ejemplos de mitos de la creación basados tan solo en creencias infundadas. Si queremos considerar a esto como conocimiento, la forma en que se ha obtenido es bastante análoga a la de los célebres cuñados, por revelación. La verdadera diferencia es que les separan unos miles de años y un desarrollo científico-tecnológico que hace tan justificable inventar estas cosmogonías en la Grecia clásica, como absurdo que alguien haga lo propio en nuestro siglo.

El origen de la filosofía se traza precisamente en este abandono del mito para buscar el conocimiento a través de la razón, fuera más o menos apoyada en la experimentación y las pruebas observables. Aquellos presocráticos que trataban de alcanzar a conocer la naturaleza como era y no a través de fábulas, también fueron quienes sentaron las primeras piedras de esta casa que es la ciencia. De hecho, Aristóteles fue, para muchos, el primer gran científico. Con sus más y sus menos, pero el primer gran representante de una forma de abordar el conocimiento que sobreviviría hasta nuestros tiempos, mucho más afinada que antaño, pero con no pocos mimbres en común.

A los más escépticos solo hay que recordarles que la ciencia del mismísimo Isaac Newton, una de las mentes más brillantes de la historia, era llamada filosofía natural por sus coetáneos. De hecho, su trabajo más influyente recibe el nombre de Philosophiæ naturalis principia mathematica.

Este paso del mito al logos, que se llama, ocurrió entre otras cosas porque interiorizamos lo que ya hemos dicho antes, que no todas las respuestas tienen el mismo valor, y que, a veces, es crucial reconocer que, simplemente, no sabemos algo. Si no identificamos nuestra ignorancia y trazamos sus límites, no podremos explorarla ni reducirla, solo obviarla con los peligros que eso conllevan.

Pues guardando una simetría envidiable, hay quien ha deshecho el camino. El paso del logos al mito ha sido seguido por una regresión del logos al mito. Ya no hace falta razón o empirismo de ningún tipo. Decir “no sé” parece tabú en redes sociales y medios de comunicación y con un poco de intuición podemos cocinar una respuesta para cualquier cosa en cuestión de segundos. No importa que disfrutemos de todo tipo de comodidades tecnológicas, alimenticias y sanitarias producto de haber dejado atrás el conocimiento basado en opiniones infundadas. Todo el mundo opina, lo cual no es necesariamente malo, el problema es que olvidamos que una opinión, por sí sola, vale entre poco y nada.

Epidemiólogos de salón

Posiblemente estamos ahora mismo imbuidos en uno de los momentos en que más cuñados hay haciendo gala de su naturaleza. Cuando los temas de moda son más opinables, como es el caos del deporte o de los cotilleos políticos la opinión no desentona demasiado. Sin embargo, la pandemia ha puesto bajo los focos al virus y a todas las disciplinas encargadas de estudiarlo: epidemiología, virología, medicina del aparato respiratorio, farmacología, genética, etc. Ramas del saber científico que llevan a sus espaldas toneladas de artículos, experimentos y, en definitiva, conocimiento contrastado que solo puede ser abarcado por el estudio concienzudo, y no por las piruetas mentales nacidas tras haber leído en diagonal un par de artículos sesgados. La politización de la pandemia tampoco ha ayudado a mantener las opiniones a raya, porque son el arma de elección para quien busca defender a capa y espada las propuestas de unos mientras despotrica indiscriminadamente contra sus rivales.

Pobre de aquel que no conociera el más nimio detalle sobre una enfermedad nueva de la que poco hemos podido estudiar. Prácticamente, la vorágine de los acontecimientos nos ha empujado a esconder el “no lo sé” debajo de la alfombra. Y ese mismo mal parece haber trascendido incluso a los profesionales de la comunicación. Con la autoridad que tienen algunas figuras mediáticas, entre ellas los comunicadores científicos, sus mensajes han ganado en impacto. La pandemia ha sido un altavoz muy atractivo para algunos, sin importar que jamás hubieran tratado temas relacionados con el mundo sanitario. Algunos divulgadores han pasado a ser contertulios y adoradores del mito, olvidando en su casa el “no lo sé” que ha hecho de la ciencia lo que es hoy en día.

Hoy más que nunca hace falta recordar el poder que tiene reconocer la ignorancia. Evitar dar falsas esperanzas o infundir un pánico que no responde a la realidad. Todos hemos sido un poco epidemiólogos de salón porque ¿cómo no serlo cuando la marabunta nos arrastra?

Así que, ya que estamos rindiendo homenaje a esos científicos y filósofos que supieron más y hablaron menos que nosotros, acabemos recordando a Marco Tulio Cicerón cuando dijo aquello de: “no me da vergüenza confesar que soy ignorante de lo que no sé”.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Es frecuente escuchar a profesionales de la ciencia y de la medicina recomendar que no se reconozca el desconocimiento porque ello afecta a la credibilidad de la ciencia. Sea esto cierto o no, lo cual está en duda, implica recomendar mentir deliberadamente mezclando conocimiento científico con opinión, perturbando la propia esencia de lo que la ciencia busca conseguir y haciendo predicciones que, cuando fallen, afectarán a la credibilidad en la ciencia tanto o más que un “no lo sé”.

REFERENCIAS (MLA):