La mitad de tu encéfalo NO está compuesto por neuronas

Cuando nos dicen “encéfalo” pensamos en neuronas, pero la verdad es que tan solo la mitad de las células que componen tu encéfalo son neuronas.

Entre las ciencias que estudian la mente hay muchas hegemonías. La neurociencia se ve como la hermana lista de la psicología, se encumbra al cerebro olvidando el contexto biosocial en el que existe, nadie piensa demasiado en el cerebelo y parece que las únicas células importantes son las neuronas. Nada de esto hace justicia a la complejidad de nuestra mente. Para entenderla necesitamos a los conductistas tanto como a las más modernas técnicas de imagen, sin su contexto el encéfalo hace más bien poco y hay un mundo más allá de las neuronas.

De hecho, si nos centramos solo en las neuronas estaremos olvidando ni más ni menos que la mitad de las células que componen nuestro encéfalo. La mitad, que se dice pronto. Históricamente se pensó que servían de poco más que para mantener unidas a las reinas de la fiesta, las neuronas. De hecho, así es como recibieron su nombre, células gliales, de “pegamento” en griego. El problema es tan ridículo como decir que una navaja suiza solo sirve para cortar.

Las células olvidadas

Sus funciones van mucho más allá, porque, siendo tantos miles de millones en un órgano tan importante, servir tan solo de pegamento se les quedaba corto. Colaboran activamente el procesamiento de información a través de actividad eléctrica, dirigen el crecimiento y las nuevas conexiones de las neuronas, modulan la liberación de neurotransmisores alterando la actividad cerebral y, por si fuera poco, mantienen limpio y saneado el tejido nervioso. Entonces ¿por qué apenas se habla sobre ellas?

La respuesta no es sencilla, aunque como de costumbre, este tipo de preguntas encuentran su respuesta entre las hojas de la historia de la ciencia. Según parece, la primera persona que describió la neuroglia fue el histólogo Rudolf Virchow en 1856. Lo que Rudolf buscaba era tejido conectivo. Un tipo de estructura histológica con un alto contenido en colágeno y que está presente en otros órganos del cuerpo. Pero lo que es más importante, la función de este tejido conectivo es precisamente la de crear una matriz extracelular que sostenga otros tejidos y células. Es una suerte de pegamento. En cierto modo, Virchow estaba predispuesto a encontrar en las células gliales un análogo al tejido conectivo.

Sin embargo, haría falta un tiempo hasta que se descubriera que la neuroglia era un tejido compuesto por multitud de células distintas que, en conjunto, serían denominadas células gliales. Algo que sería precisado por Santiago Ramón y Cajal. De hecho, el estudio de la neuroglia fue puntero en España y recibió otro gran espaldarazo de Pío del Río Hortega, que identificó la microglía que, por él, recibe el sobrenombre de células de Hortega.

Una vez descubiertas, neuronas y células de la glía sugerían una pregunta clara ¿de cuales tenemos más? ¿Hay más células gliales o neuronas en nuestro encéfalo? Algunos estudios apuntaron a que las ganadoras eran las células gliales diez a una, lo cual dejaba a las neuronas en un número ridículo. Esta afirmación, así como su supuesta función de andamiaje, plagaron artículos, conferencias y libros de texto hasta tal punto que, por simple repetición, transmitieron la sensación de ser un conocimiento bien contrastado.

Para algunos las células gliales cayeron en el olvido bajo la sombra de sus hermanas mayores, las neuronas. Para otros, el descomunal número de esas misteriosas células tenía que significar algo, y algunos investigadores llegaron a afirmar verdaderas barbaridades con tal de defender su tesis. Una de las más conocidas fue el estudio del cerebro del mismo Albert Einstein, que mostró una cantidad atípicamente alta de células gliales. El problema es que en este estudio se buscaron tantas posibles correlaciones que alguna tenía que parecer significativa, aunque fuera por pura casualidad. Desde entonces se ha tratado de correlacionar la cantidad de neuroglia de distintas especies animales con su inteligencia, pero no se han conseguido resultados concluyentes una vez eliminados los posibles sesgos de confusión.

Entre tantas afirmaciones extremas era fácil que quedaran eclipsados trabajos más moderados, aunque por suerte, llegar llegaron.

Ni tantas ni tan sosas

La verdad es que no tardó mucho en modificarse esta concepción para incluir nuevas funciones de estas células, pero en cuanto a su proporción la historia fue bien diferente. Recientemente se ha puesto en duda tal relación de diez a uno y a través de sofisticados métodos de conteo, se ha determinado que, en general, la relación es de uno a uno. Un cincuenta por ciento de las células de nuestro encéfalo son neuronas y otras tantas células de la glía. Lo cierto es que supone un equilibrio hasta elegante.

Por supuesto, esta proporción no es igual en todas las estructuras encefálicas. Por ejemplo, la corteza de nuestro cerebro, su parte más externa que solemos relacionar con las funciones racionales más elevadas, tiene aproximadamente tres células gliales por cada neurona. Mientras tanto, nuestro cerebelo, encargado de coordinar nuestros movimientos, nuestra postura y el equilibrio, tiene una célula glial por cada cuatro neuronas. De hecho, esto explica que el cerebelo, con su reducido tamaño, cuente con la gran mayoría de las cerca de 86.000 millones de neuronas que componen nuestro encéfalo.

Ahora, al fin sabemos que, de los diversos tipos de células gliales, cada una tiene su especialidad. Los oligodendrocitos envuelven las neuronas del sistema nervioso central (médula espinal y encéfalo) para mejorar la conducción de sus impulsos, así como las células de Schwann hacen lo propio con el sistema nervioso periférico (los nervios). La microglía es el principal sistema de limpieza de los residuos que sea cumulan en los tejidos cerebrales a través de la fagocitosis, como hacen algunas células del sistema inmunitario en el resto del cuerpo. Las células ependimarias contribuyen a la producción del líquido cefalorraquídeo que embebe y protege al encéfalo y los numerosos astrocitos son capaces de liberar las mismas sustancias que utilizan las neuronas para comunicarse entre sí, sirviendo como moderadores de esta comunicación. Esto son solo algunos de los ejemplos de cuántas funciones diferentes y sumamente relevantes pueden realizar estas células.

Tumores, epilepsia y alzhéimer

Por si esto fuera poco para reconocer la importancia de las células gliales, cabe tener en cuenta algo más. Teniendo en cuenta que apenas se producen neuronas nuevas en nuestro sistema nervioso ¿qué células son las que producen los tumores de estos tejidos? Efectivamente, la neuroglia suele ser la culpable. Gliomas, ependimomas, schwannomas, son ejemplos de proliferaciones descontroladas de células gliales. Las células progenitoras de la glía están mucho más activas que las de sus hermanas. De hecho, no solo de forma patológica, sino que la forma en que el cerebro cicatriza es, precisamente, haciendo que proliferen estas células gliales. Y cuando lo hace mal, estas son las causantes de algún que otro ataque epiléptico.

Conociéndolas más podremos abordar este tipo de procesos, tanto patológicos como fisiológicos o reducir la aparición de focos epileptógenos tras una cirugía o una lesión encefálica, tratar tumores del sistema nervioso de manera más selectiva y, por lo tanto, con menos efectos secundarios. Pero también podría ayudar a tratar, prevenir o al menos mejorar el diagnóstico precoz del alzhéimer, el párkinson y otras enfermedades neurodegenerativas en las que las células gliales parecen jugar cierto papel. Entre otros muchos, estos son algunos de los motivos que están llevando a parte de la comunidad científica a reorientar sus esfuerzos a dilucidar el verdadero papel de estas misteriosas células.

Así que es hora de dejar a un lado el neuronacentrismo y darle a la glía la importancia que tiene, porque obviándola estamos poniendo un freno en el progreso de la ciencia y de nuestra salud.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Por muy importantes que puedan ser las células gliales, no existen pruebas de que de ellas emerja la consciencia o de que las neuronas sean simples cables que transmitan información procesada por la glía. Estas afirmaciones son pseudocientíficas y, de hecho, su formulación carece de todo sentido.

REFERENCIAS (MLA):

  • Hirbec, Hélène et al. “Emerging Technologies To Study Glial Cells”. Glia, vol 68, no. 9, 2020, pp. 1692-1728. Wiley, doi:10.1002/glia.23780. Accessed 4 Sept 2020.
  • Jäkel, Sarah, and Leda Dimou. “Glial Cells And Their Function In The Adult Brain: A Journey Through The History Of Their Ablation”. Frontiers In Cellular Neuroscience, vol 11, 2017. Frontiers Media SA, doi:10.3389/fncel.2017.00024. Accessed 4 Sept 2020.
  • von Bartheld, Christopher S. et al. “The Search For True Numbers Of Neurons And Glial Cells In The Human Brain: A Review Of 150 Years Of Cell Counting”. Journal Of Comparative Neurology, vol 524, no. 18, 2016, pp. 3865-3895. Wiley, doi:10.1002/cne.24040. Accessed 4 Sept 2020.