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Cultura

Wagner piensa en verde

El Teatro Real sube a escena «La valquiria», segunda obra de la Tetralogía, con 9 funciones, dirigida por Heras-Casado y con puesta en escena de Robert Carsen

A Wagner hay que llegar con cero prevención. Esa es, al menos, una de las conclusiones extraídas de la presentación ayer en el Teatro Real de «La valquiria», segunda obra de la Tetralogía que el coliseo montará entera y que arrancó el año pasado con la dirección musical de Pablo Heras-Casado en el atril y la escénica de Robert Carsen. Y arrancamos así la crónica porque Joan Matabosch, director artístico, habló de la sensibilidad del músico y el maestro se refirió a la ligereza, textura y color de su música, «de una actitud moderna y radical; no es una alfombra gruesa, sino un tapiz lleno de matices», señaló.

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Por si no fuera suficiente, Robert Carsen, a través de un vídeo, nos acercó aún más al grandísimo compositor y explicó que, al montar en el teatro el año pasado «El oro del Rin», se aproximó a la obra a través de una lectura que tiene lo suyo de medioambiental y ecológica. Se refirió a Wagner como «un adelantado» y un hombre preocupado por las cuestiones de la madre naturaleza: «Cuando ella desaparezca nosotros todavía estaremos allí», se le escucha decir en la grabación. Y es para echarse a temblar porque estamos hablando de una ópera escrita en el siglo XIX, lo que cuadra con esa visión de adelantado que se le adjudicó ayer al alemán.

Apoyó esta visión el colaborador de Carsen, escenógrafo y figurinista, Patrick Kinmonth, un hombre vinculado a la tierra (tuvo una granja durante cuarenta años) y que siempre ha sido ecologista. Y para quien la importancia del agua es fundamental (ya lo hizo en la bellísima «Katia Kabanova» en un ya lejano 2008). El lenaguej cinematográfico, también, dijo, le ha servido para acercar esta historia de dimensiones épicas al público.

La joya de Fritz Lang

Febrero, loco en el Teatro Real, alternará en el escenario las funciones de «La flauta mágica», que está barriendo en cuanto a la venta de billetes, y «La valquiria», que lleva un más que buen ritmo de venta. Y por si no fuera suficiente los Teatros del Canal dejarán una de sus salas para la obra de George Benjamin «Into The Little Hill», para la que también se están despachando bien las entradas.

De «La valquiria» se han programado 9 funciones entre el 12 y el 28 de febrero (y que ha contado con el patrocinio de la Fundación BBVA) y contará con dos elencos protagonizados por Stuart Skelton y Christopher Ventris (Siegmund), René Pape y Ain Anger (Hunding), Tomasz Konieczny y James Rutherford (Wotan), Adrianne Pieczonka y Elisabet Strid (Sieglinde) y Ricarda Merbeth e Ingela Brimberg (Brünhilde).

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Además se proyectará en la sala principal los días 21 y 28 de marzo las dos películas que conforman «Los nibelungos», de Fritz Lang – «La muerte de Siegfried» y «La venganza de Krimilda»–, que estarán acompañadas en vivo por la Sinfónica dirigida por Nacho Paz. La obra ha sido recientemente restaurada y se presenta como uno de los grandes acontecimientos dentro de este programa paralelo dedicado a lo wagneriano.

Heras-Casado, que ha estudiado la mastodóntica obra en conjunto, encara ahora la segunda de las cuatro piezas de Wagner, una obra en la que destacó la «dimensión humana que por primera vez traspasa el ámbito mitológico. Los diálogos hacen posible que la coraza de cada uno de los personajes desaparezca y se diluya», es ese Wagner humanizado del que hablábamos al comienzo.

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No obstante, señala, no está exento de fuerza, pero no es lo que marca «ese edificio sonoro. Wagner es un compositor completamente radical y revolucionario que no se rindió nunca hasta conseguir lo que quería, que era flexibilidad y no un mayor volumen sonoro. Él diluye las familias de instrumentos en un todo en el que cada instrumento se puede combinar con el siguiente», para ello, una orquesta compuesta por 108 músicos se encargará de demostrarlo en el foso. Destacó también el director que el nivel de precisión en la escritura del compositor, que hace que parezca que sean páginas del siglo XX. Efectivamente, como bien comentaba Heras-Casado, «cada página de esta ópera es un trabajo de orfebrería», un reto con el que el maestro se siente ya bastante familiarizado.

Una ambición feroz que conduce al caos
Esa es la idea que trata de transmitir Robert Carsen (que no se apea del suelo español tras el reciente éxito de su «Elektra», de Strauss, en el Palau de les Arts): el poder destructivo de un capitalismo feroz que lo que hará es arrasar con todo aquello que tiene alrededor. El director de escena se fija en la ambición por el poder y en que la riqueza y el afán de posesión no conducen sino a la destrucción, tanto de nuestro entorno como de la humanidad y de nuestros lazos familiares.
Una lectura un tanto sombría que nos aproxima a las coordenadas actuales y acerca a su vez al compositor a la contemporaneidad según Kinmonth: «Wagner se preocupó por las guerras, de ahí ese acercamiento nuestro a la actualidad. Propuso, además, un futuro en el que la mujer tenía cada vez un papel más preponderante», asegura. Y lo hizo, añade, con «ese gran sentido del humor que le caracterizaba. Yo cada vez veo más ironía, comedia y optimismo en él».