Cultura

Cuando el aislamiento se convierte en arte

Resistencia política o mental extrema, en estos tiempos de encierro recordamos las performances de creadores como Beuys o Techching Hshie

«One Year Performance, 1978-1979», una increíble performance de Techching Hsieh que le mantuvo encerrado en una jaula durante un año entero

Son tiempos de confinamiento, de encerrarse en casa y de aislamiento social. Medidas obligadas para combatir la propagación del coronavirus. Pero lo que, en este momento y en un contexto global, es una obligación y un acto de responsabilidad, en el terreno artístico no son pocos los autores que, durante el último medio siglo, han decidido llevar a cabo estrategias de confinamiento voluntario, manteniéndose aislados durante varias horas, días, semanas e, incluso, meses.

Pocas cosas teme más el ser humano que el encierro, la pérdida de la movilidad. La artista argentina Graciela Carnevale analizó esta fobia en un experimento sociológico titulado «Acción del encierro» (1968). La artista invitó a los espectadores a una galería vacía para, una vez dentro, encerrarlos con un candado, tirar las llaves al suelo y marcharse hasta que un transeúnte pasara y los liberase. Su intención fue someter a los asistentes a una situación de violencia en la que se vieran obligados a transformarse de espectadores pasivos en participantes activos y comprometidos en su propia liberación.

La combinación de encierro, ausencia de contacto e higiene adquirió una expresión incomparable en la mítica «I Like America and America Likes Me» (1974), de Joseph Beuys. Nada más aterrizar en Nueva York, Beuys fue recogido por una ambulancia y, sin pisar suelo norteamericano y en una manta de fieltro, conducido a la galería René Block, en la que, durante tres días, se encerró con un coyote. Por medio de la convivencia con este animal, el artista alemán quiso abordar frontalmente el exterminio masivo de la población indígena norteamericana, para la que el coyote poseía unas connotaciones simbólicas y sagradas muy elocuentes.

Otro ejercicio de reclusión harto exigente, e impregnado con una contundente crítica social, fue «ZL 65 63 95 C» de Stuart Brisley; una pieza ejecutada, en 1972, en la Sigi Krauss’s Gallery de Londres, en una de cuyas habitaciones permaneció encerrado durante diecisiete días. A través de una pequeña ventanilla situada en la puerta de la estancia, los espectadores lo podían contemplar sentado en una sillas de ruedas, cubierto de basura y mugre, reducido a un estado repelente, de máxima vulnerabilidad. El título de la obra –que reproduce el número dela seguridad social del autor–, así como el hecho de que Brisley cambiase de nombre durante la performance –adquiriendo una nueva identidad elegida mediante referéndum–, pone en evidencia sus objetivos discursivos: los límites del yo y el efecto de los rituales sociales sobre lo individual.

Las acciones de confinamiento más extremas son aquellas que persiguen situar el cuerpo del artista en una situación física y mental límite, por medio de la cual el individuo se enfrenta a una prueba vital extenuante. Un ejemplo formidable de este tipo de arte es «Five Day Locker Piece», la primera performance ejecutada por Chris Burden. Durante cinco días, el artista se encerró en el limitado espacio de una taquilla de la University of California, provista exclusivamente con dos botellas: una llena de agua, y otra vacía. Cuatro días antes del inicio de la acción, Burden comenzó a ayunar a fin de ralentizar su sistema digestivo. A lo largo de las cinco jornadas, numerosos estudiantes se congregaron en torno a la taquilla para discutir sobre la pieza y hablar al compañero invisible. Estos momentos de comunicación aliviaban los estragos del aislamiento y concedían a la obra una dimensión social inesperada. Cuando sus amigos abandonaban el campus y el silencio de la noche se cernía, Burden experimentaba un devastador sentimiento de indefensión, del que se derivaban pesadillas nocturnas en torno al posible ataque de un demente.

Lavabo, luces y un cubo

Sin duda alguna, la acción de encierro más prolongada y extrema llevada a cabo por un artista contemporáneo es «One Year Performance 1978-1979 (Cage Piece)», de Techching Hsieh. Realizada en su apartamento de Nueva York desde el 29 de septiembre de 1978 hasta el 30 de septiembre de 1979, Hsieh permaneció encerrado en una jaula de madera de 3,5 x 2,7 x 2,4 metros, provista únicamente con un lavabo, luces, un cubo y una cama individual. Durante todo este año, el artista no se permitió ninguna actividad que pudiera entretenerle y aliviarle el paso del tiempo: hablar, leer, escribir, ver la televisión o escuchar la radio.

El abogado Robert Peojansky frecuentó el apartamento de Hsieh para levantar acta sobre el cumplimiento de su confinamiento. Y su compañero de piso le proporcionaba todos los días comida, le retiraba la basura, y sacaba una fotografía para documentar la performance. Dos veces al mes, Hsieh concedía la oportunidad de ser visitado por cualquier curioso que quisiera constatar su encierro. Este ejercicio extremo de ascetismo supuso una crítica directa hacia el establishment artístico, el cual encerraba y constreñía la libertad de unos creadores que llegaban a sentirse como si se encontraran retenidos en una jaula.

En todos los casos el artista convirtió su aislamiento social en un acto doblemente significativo: como gesto de resistencia política; y como experiencia de resistencia física y mental extrema. Nunca ha existido forma de aislamiento que no sea extrema. De ahí el estrés de tantos ciudadanos que hoy nos enfrentamos a la reclusión forzosa.

Sangre y tinta de bolígrafo

El confinamiento voluntario está asociado, en el arte contemporáneo, al intenso y frenético retiro creativo. Uno de los líderes del Accionismo Vienés, Hermann Nitsch, se recluyó en 1962 durante tres días en el estudio del también artista Otto Muehl para realizar la acción pictórica «El órgano sangriento». Tras pintar una enorme tela de 2 x 9 metros con pintura roja, suspendió el cuerpo de un cordero despellejado sobre otra tela blanca. También durante tres días y tres noches, el belga Jan Fabre se encerró en una estancia para realizar su «The Bic Art Room» (1981), en la que la superficie fue cubierta con dibujos realizados con un bolígrafo.