El cuadro de Santiago Ydáñez que rinde homenaje a las víctimas de la pandemia

El artista crea una imponente obra de tres metros inspirada en un lienzo de Julio Romero de Torres, “Mira qué bonita era”, que pertenece a la colección del Museo Reina Sofía

Los primeros días del encierro, este largo confinamiento que se nos ha hecho duro y largo Santiago Ydáñez recuerda que no trabajaba, no tenía ganas. A medida que iban pasando las horas la anormalidad de la situación se fue convirtiendo en cotidiana. “Te habitúas y te recalibras, pasa con todo”. Al artista le pilló el estado de alarma en su pueblo de su bendita tierra de Jaén, donde había ido a echar una mano a su padres y donde tiene un estudio grande, tan inmenso que casi permite jugar un partido de futbitol. Iba a empezar a trabajar con un colectivo de Madrid y no ha podido desplazarse. Ha quedado parado, como tantos otros proyectos: “Son un grupo muy activo on line que no paran de trabajar para ver de qué manera se pueden salvar los proyectos, porque vivir, tenemos que seguir viviendo”, declara.

“Lo complicado que es vivir”, deja escapar. Y eso que se considera un afortunado: “Yo no me puedo quejar, siempre me ha ido saliendo trabajo. Y yo creo que la pintura, dentro del mundo del arte, es de lo que más relativamente fácil se puede vivir. Se ve como un valor refugio, aunque nunca ha sido un trabajo fácil esto de ser artista”.

Cuestión de escala

Prefiere las telas de envergadura a pintar en formato pequeño. Le ha pasado siempre. Y trabaja con relativa rapidez. En su cabeza no estaba pintar un homenaje a las víctimas de la pandemia. Fue un guante lanzado que él aceptó sin poner un solo pero. No tardó más de veinticuatro horas en parirlo. Aguantó los dolores y le rondó ese temor que nunca abandona a quien es un artista tanto delante de la tela como encima de un escenario. Se trabó y volvió a enfrentarse al cuadro. “Pintar es grande es simplemente una cuestión de escala. Significa cambiar de herramientas y utilizar otro tipo de brochas. Las piezas más pequeñas entrañan una mayor atención y precisión y me ponen más nervioso”.

El cuadro mide 3 por 2 metros y es imponente. Desde hace tiempo deseaba homenajear a Julio Romero de Torres, un pintor que le ha gustado siempre “porque está entro lo antiguo y lo moderno, posee un lenguaje muy diferente y nada entre la melancolía y la densidad. Solana, por ejemplo, me gusta también, pero es más negro, su tono es sombrío”. El suyo es un homenaje a maestro, el segundo que le hace después de su “Gitanilla” que pintó en blanco y negro, una obra preciosa que está en manos de Antón Lamazares. Ydáñez se enfrentó a la obra y sabía qué y cómo quería abordarla. Lo primero, que el tamaño iba a ser el que es. Lo segundo, dejarlo inacabado “para que respirase más la obra, que ya estaba cargada y que posee una atmósfera muy densa. En este cuadro es el segundo grupo el que se esboza (como es el caso de los dolientes, apenas apuntados) y el primero el que está terminado, con un hombre en primer término que baja la cabeza, totalmente sobrepasado, acongojado. A través de la ventana abierta, el aire que sopla permite que las llamas de las velas se mueven a. También quise jugar con las tres edades”, explica.

El resultado es una tela que no parece de este mundo, un cuadro que bucea en el siglo XIX, exquisito, en el que se adivinan las pinceladas de Santi, como le llaman. Ha participado en el proyecto #Yomequedoencasa, junto con Santiago Auserón, Miki Leal y María Pagés, entre otros creadores. Se lo propuso Santiago Herrero, cónsul para asuntos culturales en la embajada de Nueva York. “Con este panorama trató de buscar a 14 creadores que rebajaran un poco la tensión, que dejaran su arte en un vídeo y a mí se me ocurrió lo que has visto”. Y así lo explica en un vídeo tan corto como jugoso: “He intentado salirme de esta apatía y pintar un cuadro para los amigos. No ha salido la cosa como esperaba. Yo quería un auténtico Ydáñez y me ha salido un Picasso, que le vamos a hacer”, explica mientras enseña un trabajo picassiano en blanco y negro y no dice que “nunca hay que perder el humor”. La cámara deja ver una planta repleta de obra, donde se alternan los rostros de hombres, las caras de mujeres de otro tiempo, una preciosa camada de perros, bastidores, marcos, escaleras, pinceles, brochas, cubos, cajas. Es como si estuviéramos allí a su lado, aunque hablemos a través del teléfono.

Una enfermedad lenta y difícil

Es de los que piensa que la pandemia nos va a cambiar. Suelta un “seguro”, pero plantea serias dudas acerca del cómo: “En cuanto a la manera de crear claro que nos puede influir, sobre todo, el ánimo. Pero ya a un nivel global puede haber un gran movimiento, pues no sabemos cómo van a funcionar las ferias en el futuro ni cómo van a trabajar las galerías. ¿Se verán de manera presencial o se preferirá una exposición virtual? Si el artista no puede exponer su obra ésta no se puede ver y eso es peligroso. No obstante, soy de los positivos y pienso que ha de haber un remedio para todo y para esto, también. Que va a ser una enfermedad como tantas, lenta, difícil, pero que no podemos claudicar ante ella. Es lógico que estemos asustados, que lo hayamos pasado muy mal. Ahora nos toca esperar. Quizá nos obligue a replantearnos nuestro sistema de valores, nuestra vida o la relación con nuestros semejantes o con la naturaleza”, señala. Espera que sea todo transitorio, dure más o menos, y que esa normalidad que dicen nueva se asemeje a en lo mejor a la otra, a la antigua, a la que conocemos. “Y yo creo que sí, que va a poder ser”, suelta.

No se le borran de la cabeza las imágenes de los hospitales de Ifema, esos centros con hileras de camas, todas en fila, que salvaron tantas vidas y que solamente unas semanas antes albergaban la feria de arte más importante de España. “¿Cómo se va a poder hacer aquí el año que viene ARCO?, me comentaba un amigo. Por mucho que nos levantemos siempre estará ahí latente ese campo de batalla. La edición de 2021 será tan especial como única, pues será la primera después de la tragedia”, dice.

Toca esperar y tener paciencia. En diciembre tenía que exponer en Javier López & Fer Francés, pero decidieron aplazar la exposición porque le faltaba una pieza grande, de 5 metros, versión de “Duelo a garrotazo”s de Goya. Un cuadro para el que los paisanos de su pueblo le sirvieron de modelo y que fue bastante complicado de pintar, pues primero pintó una parte y enrolló la otra y después cambió y unió las dos mitades del cuadro de manera digital. Piensa que en septiembre o en octubre, después del verano quizá pueda colgar su obra. Ahora tendría que estar en la otra punta del globo. Y no lo está. “¿Reinventarse?”. Vamos a ver”.

Catástrofe sin estética
¿Cómo se comporta el artista ante el desastre de nuestro tiempo? ¿De qué manera vive e interpreta los estragos del virus, la soledad del confinamiento? Históricamente, el arte no ha escapado a los efectos de las pandemias: los artistas del Medievo plasmaron, en sus representaciones, las escenas de enfermedad y muerte traídas por la peste bubónica del siglo XIV; Rubens y Goya no dejaron de filtrar a través de su particular universo visual los males causados por la peste negra; y, durante la gripe española de 1918, artistas como Gustav Klimt, Amedeo Modigliani o Edvard Munch perecieron o sufrieron sus síntomas a causa de su devastadora propagación. Se puede afirmar, en consecuencia, que, a lo largo de los siglos, el arte ha elaborado una “estética de la catástrofe” –conformada, claro está, por diversos estilos, cada uno de ellos relativo a su tiempo. De un modo u otro, el artista miraba cara a cara a la enfermedad a través de sus más evidentes manifestaciones: cuerpos consumidos, muertos, ciudades devastadas…
Pero ¿cuál es la estética de la COVID-19? ¿Cuáles serán los recursos empleados por un artista contemporáneo para plasmar este gran mal epocal? Evidentemente, es pronto aún para aventurar cualquier respuesta fiable porque. Ahora bien, a diferencia de otras pandemias “más visuales” –las calles llegaban a convertirse en el escenario en el que acontecía la muerte-, la de esta se distingue por la distancia social, por el confinamiento, por las miles de muertes invisibles que se hansuvedido sin que los propios familiares hayan podido asistir a ellas y construirse una imagen de ese terrible momento.
Para la inmensa mayoría de los ciudadanos –incluidos los artistas-, la catástrofe carece de estética: salvo excepciones, no hay imágenes emblemáticas, no existe una cultura visual identificativa más allá de las mascarillas y de los guantes. La devastación es vivida fundamentalmente a través de la experiencia personal del confinamiento, como una sucesión de imposibilidades y de “pantallas vacías” resultado de nuestro alejamiento social. ¿Cómo responderán los artistas a la ausencia de imágenes? Dejemos algo de tiempo y lo comprobaremos.
Pedro Alberto CRUZ SÁNCHEZ