Miguel Delibes, el clásico español que se consideraba “una medianía”

La muestra es un repaso por su vida y su obra, pero hace hincapié en aspectos olvidados, como su personalidad comprometida, su afición por el deporte y su etapa viajera

Miguel Delibes descastellanizó Castilla de sus noventayochismos. La desprendió de los tópicos y topicazos aireados por el 98. En sus novelas dio un pulso de realidad a un mundo rural que tenía muy poco de mitológico y que por el contrario abundaba en miserias. Una pobreza material que contrastaba con la riqueza léxica y cultural que los siglos habían perpetuado en los habitantes que residían en sus aldeas y sus campos. El novelista, un hombre inclinado a la sencillez, que rehuía de las aureolas y filacterías que otros autores empleaban para adornar su retrato literario y aumentar su propia fama, nos dio un punto de vista cercano, demoledor y auténtico de unas formas de vida que ahora una nueva y avasalladora modernidad amenazaba con destruir, como traslucía precisamente en «El disputado voto del señor Cayo».

Miguel Delibes nació en octubre de 1920 y para conmemorar el centenario de su nacimiento, la Biblioteca Nacional le ha dedicado una exposición, patrocinada por AC/E y la Fundación Miguel Delibes. Un montaje que han llamado simplemente por su apellido, «Delibes», quizá porque este es un escritor para el que no se necesita la adherencia de ningún adjetivo para que se sepa quién es y se le reconozca inmediatamente. La muestra es un recorrido por su obra y su vida, dos sendas que corren paralelas desde sus inicios, y aporta una visión completa de su biografía y evolución literaria.

No solo es un intento para alentar de nuevo la lectura de sus libros, muchos de ellos conocidos por el público desde el colegio, como «El camino», «Las ratas» o «Cinco horas con Mario», sino un intento de alumbrar aspectos menos visibles y discretos de él y que suelen orillarse con frecuencia. Aquí está la importantísima influencia de su abuelo, de origen francés, el joven bachiller que estudiaba en el colegio y el muchacho que aprendió a los seis años a manejar la bicicleta, adquiriendo de una manera natural y nada forzada una propensión a vivir al aire libre. Una afición que contrastaba con ese mundo burgués de salones y sobremesas rematadas con coñac y puro; de unas familias encerradas en sus solares, casonas y casas blasonadas. También se detiene en su inclinación poco conocida por el ejercicio físico, como el fútbol y la natación, y, sobre todo, caminar, porque él siempre fue un gran andador, un andariego impenitente, un caminante enérgico de empedrados, manzanas y senderos. Unas aficiones que contrastan con esa visión de voluntades hurañas y encerradas en su imaginación que en ocasiones nos queda cuando hablamos de literatos.

El encuentro con la literatura

Pero, además, hay aquí un Delibes inédito, el que aparece retratado en ese uniforme militar mal aderezado que pertenece al muchacho que se enroló en la marina para evitar matar sus compatriotas en las trincheras durante la Guerra Civil, o el joven que descubrió su amor por la escritura y la literatura a través de su amor hacia su esposa, la mujer que le trajo unas lecturas que iban más allá de los títulos de Salgari y le adentró en las páginas de grandes clásicos, sin adivinar o intuir que él acabaría formando parte de esa misma nómina. Entre manuscritos originales, primeras ediciones, la mesa donde acostumbraba a escribir, fotografías y las principales distinciones que recibió, como el Premio Cervantes, el Princesa de Asturias o el Nadal, se va pespunteando la figura del Delibes caricaturista (se exponen algunos originales jamás vistos con anterioridad y también del Delibes periodista, inconformista y rebelde; el redactor que se negaba a aceptar las decisiones de la censura, que cada semana debía justificar por qué había publicado unos artículos y había dejado otros más afines al régimen fuera de las páginas del diario, de su diario, «El Norte de Castilla».

Este Delibes batallador, irreductible, que conocía perfectamente qué era lo correcto y qué no lo era, que no se dejaba doblegar por autoridades que apenas reconocía, asoma en esta exposición, comisariada por Jesús Marchamalo. «Era un hombre comprometido desde el primer momento. Ahí es donde aparece su integridad, que acabó floreciendo en un momento dado y también terminó reconociéndose. Nunca se dejó deslumbrar por los fastos. Fue un tipo incómodo, porque acabó denunciando todo lo que consideraba que era injusto. A él nunca lo pudieron engañar. Aunque le dijeran que eso no se podía decir, él lo decía, de otra manera, pero lo decía. En este sentido fue muy moderno», comenta Elisa Delibes, su hija. Para ella «en su obra periodística se ha revindicado este lado combativo. De hecho, él comentaba que había escrito algunas de sus novelas para contar lo que no le dejaban escribir en el diario. En “Las ratas” y “Viejas historias de Castilla La Vieja” reivindica esa Castilla del hambre y que depende del cielo para comer o no comer. Luego comentaba: «Y son tan torpes que no se dan cuenta»».

Elisa Delibes recuerda su teoría de la escritura: una pasión, un hombre y un paisaje. Su paciencia ante el folio en blanco, sus días fértiles, los de inspiración, cuando escribía de corrido varios folios de manera consecutiva, o esas otras jornadas en las que consideraba que lo mejor era levantarse y descansar porque las palabras no fluían. «Consideraba que había llegado más lejos de lo que esperaba y por eso tampoco luchó por ir más allá. Decía que había ido muy lejos pero no lo suficiente para ser un excelente escritor. Él mismo escribió en una de sus obras que se había quedado en una medianía. Aseguraba que estaba en una buena medianía, pero no para convertirse en una genialidad». Un aspecto que contrasta con una realidad: continúa siendo hoy en día uno de los autores de esa época que sigue vendiéndose y traduciéndose. «Ayer me llegó la traducción de «El camino» al macedonio y me han pedido el derecho para el chino de otras de sus novelas. Delibes está muy vivo todavía».

LA CAZA Y EL HOMBRE
Miguel Delibes siempre defendió la caza. Dedicó a esta afición numerosas páginas. Pero jamás lo hizo desde un punto de vista elitista o del señorito de campo. Para él, la caza, tenía que ver con un aspecto totalmente diferente. Jesús Marchamalo explica que “siempre detestó la casta de los señoritos a los que ponían piezas. Jamás estableció ninguna relación entre la caza y el número de piezas colgadas en una pared. Nunca asistió a una montería ni a un safari. Para él, la caza estaba apegada a un mundo rural y sostenible, en contacto con la naturaleza. Era un cazador que iba con su perro y su escopeta. Iba a por perdices, que consideraba esquivas. De hecho, volvía con frecuencia con el morral vacío. Le importaba más el contacto con la naturaleza que apresar una pieza. Tiene esa parte naturalista que sobresale en su afición por los pájaros. Cuando le nombraron académico de la lengua, acudía a las sesiones con cuartillas llenas con voces nuevas de animales. Cuenta la leyenda que los académicos, hartos de su treintena palabras semanales, se lo recriminaron. Entonces, se molestó y dejó de ir a la Real Academia Española. Pero aunque dejó de ir a esas juntas, continuaba enviando cartas de cada semana con los términos que él consideraba que debían ser incluidos en el diccionario”.