Pandemia en la Casa Blanca: ¿Qué ocurre si el presidente se pone enfermo?

Después de que Trump, de 74 años, contrajese el Coronavirus, es legítimo plantearse qué sucede ante la eventual enfermedad del presidente de EE UU. Hay un precedente peligroso: Wilson estuvo a punto de morir y poner en peligro la paz en 1919

La salud de un candidato a la Presidencia de los EE.UU juega un importante papel en la carrera hacia la Casa Blanca pues están en juego tanto el cumplimiento de la voluntad de los votantes como la estabilidad en la cúspide del poder de la primera potencia mundial. Así ocurrió en las presidenciales de 2016, en las que competían Hilary Clinton y Donald Trump que con sus 68 y 70 años, respectivamente, eran los más veteranos de cuantos habían competido por la Casa Blanca. El marrullero Trump sembró la campaña de insinuaciones sobre la salud de su rival y ¡qué suerte para él!, el 11 de septiembre de 2016 Hilary sufrió una lipotimia en plena calle cuando subía a un automóvil. Aunque poco después apareciera como una rosa, los ataques de Trump determinaron que ambos candidatos se comprometieran a presentar sus informes médicos, según los cuales estaban estupendos… Cuatro años después, con 74 años, Trump es afectado por el coronavirus –del que tanto se burló y que ha causado más de 212.000 víctimas mortales en EE.UU.-, a las 48 horas se salta todas las cuarentenas para saludar a sus seguidores, pretendiendo estar como un roble y a los cuatro días se da de alta para no ofrecer bazas electorales a su rival Joe Biden, de 77 años.

Que un presidente, siempre persona en edad madura, se ponga enfermo durante su mandato entra dentro de la normalidad, otra cosa es que al poco tiempo fallezca y deba ser sustituido por su vicepresidente cuya idoneidad para el cargo sería una incógnita, o que enferme y sufra un período de minusvalía, tal como ha ocurrido varias veces. Sucedió, por ejemplo, con Woodrow Wilson, vigésimo octavo presidente estadounidense, uno de los más notables y discutidos, que dejó de serlo hace un siglo.

Wilson, abogado, profesor de Ciencias Políticas y presidente de la Universidad de Princeton, ganó la presidencia con los demócratas en 1913 y repitió mandato hasta 1921. A el profesor hizo muchas cosa: inauguró el Canal de Panamá, impulsó la libertad aduanera, creó la Reserva Federal, formuló una política intervencionista en Latinoamérica que no favorecía la democracia, sino una especie de aristocracia favorable a EE.UU. México, Haití o la República Dominicana le recuerdan especialmente por sus invasiones militares para favorecer los intereses estadounidenses. A escala mundial se le conoce más por sus discutidos “14 puntos”, por la implicación estadounidense en la Gran Guerra, por su participación en la Conferencia de Paz de París de 1919 y por el fracaso de su gran sueño: la integración de los EE.UU en la Sociedad de Naciones.

La “gripe española” oculta

Según revela John M. Barry (La gran Gripe, edit. Capitán Swing, Madrid 2020, 23,75 Eur.), en su poco lucido papel en Versalles y en el rechazo estadounidense de la Sociedad de Naciones tuvo mucho que ver una pandemia que cubrió de luto el mundo y que estuvo a punto de llevarle a la tumba: la llamada “Gripe Española” de la que España fue víctima y no causante, sufriendo entre 1918 y 1920 unos 260.000 fallecimientos (investigación del epidemiólogo Antoni Trillo). Aquella pandemia, que a escala mundial causó más de cincuenta millones de víctimas (hasta cien millones, según Frank Macfarlane Burnet, Nobel de Medicina de 1960), parece que tuvo su origen en Estados Unidos, alcanzando Europa en el organismo del millón y medio de soldados estadounidenses que llegaron a Francia entre 1917 y 1918 a combatir a los Imperios Centrales. El presidente y los principales responsables políticos, militares y médicos estadounidenses conocieron la existencia de la pandemia antes de que asolara el mundo no sólo porque los hospitales del Ejército estaban abarrotados, sino, también, por la inusitada cantidad de enfermos y muertos que diezmaban a las tropas durante las tres semanas que duraba la travesía del Atlántico. Todos se callaron porque había que rechazar las ofensivas alemanas de 1918 y porque lo importante era ganar la guerra… La catarata de muertos en las trincheras a causa de la pandemia fue camuflada entre las miles de afecciones pulmonares que sufrían los soldados en las heladas e inundadas trincheras de Flandes.

Los aliados ganaron la guerra y en Versalles se abrió, en enero de 1919, la Conferencia que debería reconstruir moral y políticamente Europa pero la realidad tuvo más que ver con una pelea por los despojos de los vencidos. Cuando Woodrow Wilson llegó a París para participar en la conferencia, los norteamericanos esperaban que su contribución humana, económica, industrial y agrícola fueran agradecidas, que su presidente fuese triunfalmente recibido, reconocido como el artífice de la victoria y que se siguieran sus directrices como las de un taumaturgo. No ocurrió eso: fue avasallado por el rencor, la belicosidad, el miedo y los intereses de británicos y franceses y, también, aunque fuera un secreto bien guardado, por la “gripe española”.

La mala salud de Wilson

A principios de la primavera, Wilson enfermó; justamente en aquellos días se debatía el futuro de Alemania, las indemnizaciones de guerra, la lucha por el equilibrio naval entre Gran Bretaña y Estados Unidos y el futuro de la flota alemana (la llamada “batalla naval de París”). Tras guardar cama algunos días, se reincorporó a los trabajos con la salud muy quebrantada. Su secretario de prensa, confesaría: “Nunca he visto al presidente tan agotado”. “Envejeció visiblemente. El tic nervioso de su mejilla se hizo más pronunciado (…) Estaba más nervioso, más irracional, más irritable (…) insistía en que los franceses que servían en su casa eran espías porque hablaban inglés a la perfección (…) Se empeñó en que el ángulo estadounidense para las reuniones del Consejo de los Cuatro sería rojo, el británico verde y los franceses podrían elegir entre los sobrantes” (citado por M. Macmillan, “París, 1919”).

Versalles fabricó una Europa desastrosa que veinte años después se enzarzaría en la Segunda Guerra Mundial. “Se arguye que los responsables de las desastrosas consecuencias fueron los negociadores de 1919: el vengativo y codicioso Clemenceau, el pusilánime y vacilante Lloyd George y el patético y destrozado Wilson que, como dijo Maynard Keynes, se dejó engatusar” (M. Macmillan) Aunque, quizá, debiera pensarse que la “gripe Española” le dejó sin energías para luchar por una mejor solución política. El presidente, tras siete meses de negociaciones estériles, de inútil medicación rogando mesura en las demandas, en las represalias, en las exigencias territoriales etc. regresó a Washington donde le recibió una enorme decepción fabricada por la prensa y la propaganda republicanas: no había conseguido el liderazgo mundial que la nación consideraba que merecía y lo único que traía era la Sociedad de Naciones que los republicanos denunciaron como una amenaza para los intereses norteamericanos. La prensa habló durante meses de la rebatiña europea y concluyó que no había valido la pena ir a morir a Europa (116.000 muertos y más de 300.000 heridos) por unos desagradecidos que estaban poniendo las bases de un nuevo conflicto y que su esfuerzo no había reportado a Estados Unidos éxitos económicos, morales o políticos… Debe decirse que en la pelea política los republicanos quisieron ignorar que habían salido de la guerra como primera potencia económica mundial.

Wilson fue derrotado en una feroz batalla por la ratificación de Versalles y EE.UU rechazó la Sociedad de Naciones, que nació herida de muerte. El fracaso constituyó el ocaso político de Wilson sin que el premio Nobel de la Paz de 1919 fuera consuelo suficiente. Enfermo y deprimido renunció a presentarse a reelección en 1920 y falleció en febrero de 1924.

La enfermería de la presidencia

No fue el único presidente enfermo. Al primero de ellos, George Washington, tuvieron que extirparle un tumor en el muslo en 1789, porque le impedía caminar, sentarse, hacer sus necesidades… Un año más tarde sufrió una pesada gripe, complicada con una neumonía que le tuvo a las puertas de la muerte. Mucho más cerca en el tiempo tenemos a Franklin D. Roosevelt, que un tanto limitado por la poliomielitis ganó las presidenciales de 1932, repitiendo victorias en 1936,1940 y 1944, la última ya en silla de ruedas y tan enfermo que falleció el 1 de abril de 1945, cinco semanas después de haber asumido su quinto mandato.
En la década siguiente llegó a la presidencia Dwigt Eisenhower, uno de los artífices de la victoria aliada en Europa y cuya voluntad se impuso a sus achaques: ganó las elecciones de 1952, pero 23 meses después tuvo que superar un infarto; en junio de 1956, se le diagnosticó la enfermedad de Crohn, de la que fue operado aunque tuvo episodios del mismo mal hasta su muerte. En 1957 sufrió un derrame cerebral y, con todo, se mantuvo en la Casa Blanca hasta el final del mandato, en 1961, pasándole el testigo presidencial a John F. Kennedy, que llegó a la presidencia con un grave problema lumbar herencia de la campaña del Pacífico.
Más llamativo fue el caso de Ronald Reagan, vencedor en 1980 y tan sano como una manzana pese a sus 69 años. Los problemas de salud comenzaron tras el grave atentado de 1981 que le afecto un pulmón. Eso no fue óbice para que renovase mandato en 1984. Grave fue, también, el pólipo canceroso que sufrió en la nariz, extirpado en 1987 y, lo peor, el Alzheimer que ya le afectaba en las postrimerías de su mandato, aunque vivió hasta los 93 años.