No lea «La naranja mecánica»: «Es repugnante»

Anthony Burguess reniega de su obra en un poema inédito que ahora sale a luz

el actor Malcolm McDowell en la película "La naranja mecánica", de Stanley Kubrick.AP PhotoHandout

Los autores suelen revelarse en el apunte pequeño, el cuaderno confesional o el diario menudo, que son los verdaderos sacerdotes para un escritor. La conciencia necesita de unas compuertas de liberación que le alivien de sus tormentos recurrentes y de los arrepentimientos que deja la vida y la obra. Cualquier libretilla o papel oportuno puede resultar, en determinado momento, un amigo apropiado al que entregar los pensamientos. Anthony Burguess tropieza en un lugar común al juzgar, con la regla más severa del creador, los títulos que le brindaron mayor fama y popularidad entre el público. La publicación de un ambicioso volumen que recoge su poesía ha sacado a relucir un conjunto de versos, la mayoría de ellos de amor, que se conservaban inéditos y que dedicó a sus dos esposas. Permanecían olvidados en esos trasteros organizados y metodológicos que resultan a menudo las fundaciones dedicadas a los creadores. Fueron apareciendo aquí y allá, en una caja, metido en un libro o en cualquier otra parte, como si algún bromista los hubiera dispersado durante una gamberrada. Entre esos trabajos de poesía ha aparecido uno en concreto que ha llamado la atención, como informa «The Guardian», por su inesperado contenido.

Anthony Burguess, con una despectiva chulería, desautoriza «La naranja mecánica», su mirada distópica sobre la juventud, la música y la delincuencia, que le dio el reconocimiento internacional y que Stanley Kubrick trasladó a la pantalla en una adaptación mítica. Pero Burguess, tirando de rima y chanza, nos deja esta advertencia: «Un consejo: no leas “La naranja mecánica” es un fárrago repugnante». Y, sin más, apela al buen lector para que no se desvíe su atención ni malbarate su tiempo con esta narración y se dedique a otros textos más enjundiosos y fecundos en el fondo y en la forma, como los de Shakespeare, Shelley o Pasternak. En este inconformismo asoma la eterna insatisfacción del creador consigo mismo, la frustración que existe entre donde se ha puesto la mirada al iniciar un libro y el lugar que se ha alcanzado, distancia tantas veces desoladora. Hasta los grandes reconocen el ímprobo esfuerzo que supone la palabra escrita y la desolación que deja.