Se impone la censura de la nueva izquierda en las universidades

La consigna es «Muerte al liberalismo». Desde las teorías raciales hasta el feminismo puritano, la desviación posmodernista de la izquierda ha devorado a la propia izquierda y se erige como ideología dominante

El virus woke (sentirse moralmente superior al resto) creció incontenible en las universidades de EE.UU. Allí donde habían regido la indagación científica, la búsqueda de la verdad, la libertad de expresión y el debate intelectual sin ataduras. Ahora, en cambio, abundan los ataques contra la investigación en territorios que los activistas juzgan sensibles, las zonas de confort donde los estudiantes pueden sentirse libres de confrontar sus ideas, los boicots a las conferencias que piensan distinto a lo estipulado por los guardianes de la ortodoxia y los despidos de todos los profesores molestos por cuestiones de índole doctrinal e ideológica. Bienvenidos a la guerra total contra la biología, la neurociencia, la psicología evolutiva, las aportaciones de la genética y, en general, contra todo lo que no haya sido santificado por los popes posmodernos. De los ideales de las democracias representativas, del pluralismo y etc. ni hablemos.

Los principales focos de infección de la pandemia asolan las facultades de humanidades. Donde no ya no extraña a nadie que Richard Dawkins, etólogo, biólogo evolutivo, profesor emérito jubilado del New College, Oxford, uno de los divulgadores científicos más laureados del mundo, sea recibido con los honores debidos a un miembro del KKK. Todo porque osó defender a los dibujantes de Charlie Hebdo y a escritores como Salman Rushdie de los ataques y atentados de los fundamentalistas religiosos. La cuestión de la fe provoca la rara sinergia entre los profesores del mañana y los individuos que creen tolerable que las creencias de unos, las suyas o las de sus objeto de conmiseración y piedad, condicionen y/o mutilen los fundamentos básicos de los sistemas demoliberales.

Defensores del credo

A resultas de esto la escritora y activista somalí, Ayaan Hirsi Ali, vio cómo la Universidad de Brandeis le arrebataba los honores que previamente le había concedido. ¿Su pecado? Molestar a los estudiantes que ven con malos ojos que una víctima de ablación, prófuga de su país para evitar una boda forzosa, y amenazada de muerte, haya defendido la renovación del Islam para que acepte la modernidad. A las cuestiones relacionadas con el oscurantismo religioso cabe añadir las batallas lideradas por el feminismo de corte iliberal. Como escribió Camille Paglia, la «ideología de género» fue una fórmula patentada por por «humanistas con poco o ningún conocimiento en endocrinología, genética, antropología y psicología social» y «empeorada por el sesgo anticientífico del «postestructuralismo».

Sucede que las universidades estadounidenses han patrocinado el triunfo de un feminismo puritano. Que tiene muy poco que ver con las reivindicaciones clásicas respecto a la igualdad y sí, en cambio, todo con los delirios de pensadoras como como Andrea Dworkin y Catharine MacKinnon, que en los años setenta levantan el pendón de la cruzada antipornográfica y con la complaciencia, cuando no la complicidad, de los vectores del fundamentalismo protestante. Es ahí, en ese caldo de cultivo, donde brillarán los enunciados líquidos de pensadoras como Judith Butler. Tal y como recordaba James Lindsay en la revista Quillette, «los estudios de género, que abarcan conceptualmente la teoría feminista, casi no tienen representación en las mil revistas académicas más significativas (Gender & Society, la principal entre ellas, se sitúa orgullosamente en el número 824 del ránking), pero es difícil ignorar muchas de las más recientes consecuencias de la teoría feminista en el mundo real».

Porque, y ese es el problema de fondo, lo que empieza en los departamentos universitarios, y que por momentos pudo tomarse como una desviación posmodernista del programa de la izquierda, sin recorrido más allá de cuatro aulas, ha terminado, primero, por devorar a la izquierda, y después, por dispersarse e infectar los consejos de administración de las empresas, las redacciones de los periódicos, los platós de las televisiones, los discursos de los políticos y sus respectivos programas. Empieza como seminario/ delirio, sigue como consigna en libros, conferencias y artículos y desemboca en el cuerpo legislativo mientras las redes sociales son patrulladas por los defensores del credo. Suma y sigue, pues el combate también tiene lugar entre los defensores de la llamada CRT (iniciales de Critical Race Training, algo así como Entrenamiento Crítico de Raza), y los partidarios de proteger los valores liberales clásicos.

Como explicó recientemente George R. La Noue, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Maryland y autor de «Silenced stages: The loss of academic freedom and campus policy debates» (2019), en un artículo de la revista Law & Liberty,«la CRT comienza con la presunción de que la raza es la forma principal de identificar y analizar a las personas y, en consecuencia, postula una jerarquía racial que supuestamente existe, con los blancos en la parte superior y los negros en la inferior. El comportamiento individual resultaría insignificante porque todos en EE.UU funcionan dentro de una sociedad de racismo sistémico, de racismo estructural y racismo institucional».

O la sociedad apuesta por el entrenamiento crítico de raza o protege los derechos civiles. No parece posible proteger ambos. Toca elegir entre los empleados dándose golpes de pecho por los pecados colectivos de la raza y/o la desprogramación obligatoria como solución a nuestros males sociales, o bien, optar por el cada día más desacreditado anhelo de una sociedad post racial, donde nadie juzgue a nadie por el color de su piel y etc. No en vano, añadía La Noue, «todos los blancos deben admitir su culpabilidad confesando las ventajas que les confiere la supremacía blanca. El no hacerlo refleja la “fragilidad blanca”, una actitud defensiva instintiva que se dice que los blancos muestran después de haber sido entrenados sobre su complicidad con el racismo.

En segundo lugar, los blancos individuales no pueden esconderse detrás de ningún historial personal de no discriminación o de su conveniencia con las leyes o políticas de raza neutral porque la acción colectiva de su raza ha sido opresiva. Los blancos deben apoyar las políticas “antirracistas” que requieren diversas formas de preferencias raciales para los no blancos en una variedad de campos durante un período indefinido». El parte de bajas ocasionado por todos estos desmanes va del profesor de química en Cornell, David Collum, a Harald Uhlig, profesor de la universidad de Chicago y miembro de la Reserva Federal del Banco de Chicago y el Journal of Political Economy, que tuvo la mala idea de criticar el movimiento «Black Lives Matter», el profesor W. Ajax Peris, de la Universidad de California en Los Ángeles, acusado de racista por leer en clase la «Carta de la cárcel de Birmingham», de Martin Luther King, que contiene la palabra «nigger», o el profesor de Física Teórica de la Universidad de Michigan, Steve Hsu, acusado de «racista» y «sexista» por sus propios estudiantes.

Hace dos meses, con ocasión de la dimisión de la editora y columnista del «The New York Times», Bari Weiss, publicó una carta de despedida del diario, donde lamentaba los ataques sufridos a manos de sus propios compañeros y advertía de que la «importancia de comprender a otros americanos, la necesidad de resistirse al tribalismo y la asunción del papel central que ejerce el libre intercambio de ideas en una sociedad democrática han caído en saco roto». En lugar de eso, añadía, ha nacido un nuevo consenso, casi una religión, que considera que «la verdad no es el fruto de un proceso de búsqueda colectiva, sino una ortodoxia administrada por unos iluminados». Esa es la guerra que ahora se dirime las universidades de EE.UU. Un duelo en el que los partidarios de la verdad pierden por goleada frente a la cofradía de la santa mordaza, siempre a caballo entre la infección ética, los arranques monistas, que proscriben el pluralismo, y el puro patetismo intelectual.

La lista de la vergüenza

La Asociación Nacional de Académicos, una organización sin ánimo de lucro que «defiende los estándares de una educación que fomenta la libertad intelectual» y «la libertad académica de los miembros de la facultad», mantiene una lista, permanentemente actualizada, aunque incompleta, de profesores, personal administrativo y estudiantes «cancelados» por sus opiniones. En total suma ya 105 «cancelaciones». El primero en la lista es nada menos que el gran Edward O. Wilson, padre de la sociobiología, acusado en 1975 contra toda evidencia de sostener posturas que algunos tildaron de racistas.
Entre académicos que laminados por defender posturas incómodas o, en algunos casos, directamente impresentables, hay otros, muchos, represaliados por defender el abecé del liberalismo político y/o los postulados científicos más elementales. En opinión de los responsables de la organización, «La amenaza a la libertad académica es obvia: cuando aquellos dentro de la academia son incapaces de contradecir la ortodoxia progresista, desaparece la búsqueda desinteresada de la verdad. La erudición razonada se cambia por el sustituto barato e insípido del activismo político. Y a la larga, la propia educación superior muere».