Muere Gregorio Salvador, ex vicedirector de la RAE

Fue discípulo de Manuel Alvar y se distinguió por las controversias que mantuvo por la políticas educativas y lingüísticas de los diferentes Gobiernos

El académico Gregorio Salvador.
El académico Gregorio Salvador.Connie G. SantosLa Razón

Era a primera hora de la tarde y lo anunciaba el escritor y académico Arturo Pérez-Reverte a través de su twitter: «Acaba de morir, sentado en su casa y rodeado de libros, Gregorio Salvador, de la Real Academia Española. Tal vez, el último todavía en activo de los verdaderamente grandes. Era el académico perfecto». Con la marcha de Gregorio Salvador se va uno de los hombres imprescindibles de la RAE, una persona que nunca tuvo problemas en expresar su opinión y mostrar, de una manera valiente, su desacuerdo con las políticas educativas y lingüísticas que estaban desarrollando tanto el PP como el PSOE. Pero, además, él ha sido una de las referencias de la crítica literaria española durante años.

Gregorio Salvador fallecía ayer a los 93 años. Siempre poseyó una enorme sabiduría, una gran sensibilidad para la lingüística y las humanidades y, a pesar de la edad, prestaba siempre atención a la lengua popular que se hablaba en la calle y no solo la que venía rubricada por los más doctos y atendía a los fenómenos recientes, como la contracción de las palabras que fomentaban las nuevas tecnologías. Vivía en una casa amplia, grande, con unas estanterías interminables que cubrían las paredes de las habitaciones desde el suelo hasta el techo, que es el medio natural de cualquier erudito y que daban el pulso del conocimiento que había llegado a acumular en vida. Era un hombre de un talante bueno, amable, dispuesto a extender la mano, al que le gustaba hablar con los periodistas, que no tenía problemas en responder a cualquier pregunta ni a enfrentarse a cuestiones nuevas, que se acercaba a la gente joven y que sentía la curiosidad que suele prevalecer en casi todos los sabios: una enorme curiosidad, que es la raíz de toda inteligencia, y ganas de escuchar y comprender todo lo que sucedía a su alrededor. En definitiva, vivaz, inquieto, juvenil, a pesar de los años que cargaba a sus espaldas y las mermas corrientes.

Maestro y discípulo

Nació en Cúllar, provincia de Granada, y se licenció por la Universidad de esa misma provincia para posteriormente doctorarse por la Complutense de Madrid, donde, precisamente, al final de su carrera sería nombrado catedrático emérito. A lo largo de su trayectoria estuvo en diferentes países extranjeros, como México y Argentina. Enseñó en las facultades más distinguidas de España y a lo largo de sus estudios abordaría varias de las figuras más relevantes de nuestras letras en el siglo XX, a los que dedicaría publicaciones y reflexiones que todavía continúan vigentes y que son muy valoradas, como sus ideas sobre Juan Ramón Jiménez, Lorca, Machado y Miguel Hernández, entre otros.

Gregorio Salvador entró en la Real Academia española el 15 de febrero de 1987 para ocupar la silla señalada con la letra «q», a la que dedicó precisamente su discurso de ingreso, que ese día fue respondido, de parte de la institución, por una persona a la que estimaba y por la que siempre sintió una enorme predilección: Manuel Alvar, de quien fue precisamente discípulo y con el que trabajaría en obras importantes como el «Atlas lingüístico y etnográfico de Andalucía».

En la RAE, Gregorio Salvador llevó una carrera larga y rica, repleta de compromiso y donde desempeñó diversos puestos a lo largo de su vida. Así, fue bibliotecario entre 1990 y 1998, y vicedirector de 2000 a 2007. También ocuparía la presidencia de la Asociación de Academias de la Lengua Española entre 1992 y 1998.

Pero si en algo se distinguió Gregorio Salvador fue por una personalidad amable, pero no timorata, que no se encogía ante los retos ni eludía las polémicas ni se callaba ante lo que consideraba injusto o aquello con lo que no estaba de acuerdo. Por este motivo, protagonizó un fuerte debate debido a sus reiteradas críticas sobre el maltrato del castellano por parte de los políticos. De hecho, estuvo en el foco de todos los medios de comunicación cuando mostró su desacuerdo sobre diversas posturas alrededor del idioma.

El enfrentamiento más conocido, por haber sido el más aireado por los diarios, fue el que mantuvo con la ministra Bibiana Aído debido a aquel discurso en el Congreso de los Diputados donde ella dijo su famoso «miembros y miembras». Una exclamación que hizo que se alzaran muchas voces en su contra. Una de ellas fue precisamente la de Salvador, que no dudó de tachar aquella interpelación como algo «vergonzoso» y se quejó de que se tratara así el español, y más por un político, los que más deberían defender y practicar su buen uso. En la discusión que mantuvieron se airearon las razones por las que no se podía emplear así el masculino y el femenino. De esta manera, Gregorio Salvador, que en esta denuncia estuvo acompañado además por otros dos académicos, Arturo Pérez-Reverte y Salvador Gutiérrez Ordoñez, se adelantaba a una cuestión que después ha dado mucho de sí y que todavía está desgraciadamente de actualidad. De hecho, la batalla por el género en el idioma está en centro de muchas controversias de raíz social, política e ideológica hoy en día. Pero aquí, Gregorio Salvador, como en otras cuestiones de naturaleza semejante, se mostró como un intelectual cabal que no se dejaba llevar por modas pasajeras.

Un sabio para quien la guerra por la lengua «nunca estaba perdida»

Gregorio Salvador es un hombre con anécdotas. Una de esas personalidades que se levantan sobre lo que saben y sobre cómo son y lo que son. Con gracia, salero, muy echado hacia adelante, ha dejado detrás de él una larga sombra de amigos y compañeros que lo aprecian no solo por lo que les enseñó y lo que sabía, sino también por cómo era. José Antonio Pascual, académico de la Real Academia Española, lo evoca con cariño. «Lo que mejor recuerdo de él es el enorme sentido del humor que tenía. Era casi envidiable. Podía articular de repente un artículo ingeniosísimo sobre la pronunciación de Franco que hablaba de la letra “q”, que es con la que entró en la RAE. Esta capacidad la poseen personas que están muy bien preparadas, que tienen una enorme seguridad sobre sí mismas y que son capaces de sobreponerse a los oropeles de si esto es así o no. Era capaz de entrar en grandes cuestiones y que, a la vez, tenían su gracia».
Salvador Gutiérrez, otro de su colegas en la Real Academia Española, lo recuerda con cariño y afecto. «Tuve muy buena relación con él. Estuvo en León, en Astorga, tuvo una intensa relación con la Universidad de Oviedo. Una persona con la que siempre he tenido una intensa relación. Siento mucho su pérdida. Recuerdo que su mujer murió hace un año. Él era un hombre completamente dedicado al idioma. Fue un ejemplar catedrático de instituto de lengua y literatura. Su labor filológica era muy grande y tuvo una importancia incuestionable. Él fue uno de los que introdujeron en España la semántica estructural que provenía de Europa. Lo hizo, primero, desde la Universidad de la Laguna, y, después, desde otros centros. Dirigió muchas tesis y nunca se despegó de esa tarea que es la enseñanza. Ha hecho una labor inmensa».
Pascual recuerda otros aspectos: «De él conservo la convivencia de una persona esencialmente buena, con una enorme capacidad para entenderse con los que eran más jóvenes. Estuve a su lado en una aventura muy bonita, a principios de los 90, en una colección de trabajos científicos. Existía un consejo para seleccionar libros. Podíamos discrepar en cosas, pero después no pasaba nada entre nosotros. La clave residía en esa capacidad de no coincidir en todo y, sin embargo, buscar de manera conjunta lo mejor. En ese proyecto, no lo puedo olvidar, se publicaron libros muy importantes. Fue una experiencia anterior a la RAE. Aquí, recuerdo que su presencia era asidua, que él era muy razonable. Hasta hace medio año y empezaron las reuniones telemáticas, siempre lo veía. En los últimos meses estaba más desanimado, pero nunca faltó. Era un buen compañero, alguien magnífico, y un excelente filólogo».
Solvencia y magisterio
Salvador Gutiérrez no olvida la tarea que llevó a cabo cuando estuvo en la RAE y lo importante que fue su presencia para sacar los proyectos de esta institución. «Su labor ha sido esencial. Tanto en las universidades como en la RAE. Siempre estaba haciendo publicaciones y en la casa demostró que era una persona muy activa y muy proactiva. Participó sin reparos siempre en todos los proyectos que se le planteaba, resultó primordial en la relación con América y ocupó con solvencia y magisterio el cargo de vicedirector de la RAE. Era alguien comprometido, batallador, con una enorme ilusión, que creía que las guerras nunca estaban perdidas y que había que defender siempre lo que se consideraba correcto, sobre todo, la lengua, en todos y cada uno de sus ámbitos, en la educación, en la enseñanza y en la plaza pública. Un hombre para recordar».