No más «confinamiento»

La unión que se vivió durante los aplausos de las ocho es un buen motivo para nombrarla Palabra del Año. Lástima que la paz solo durase dos meses

Aplausos a los servicios sanitarios en A COruña
CabalarEFE

La RAE es generosa en esta ocasión. Si le preguntamos qué es el «confinamiento» nos da hasta tres opciones, y que luego cada uno se adapte a lo que más le convenga: la acción y el efecto de confinar o confinarse; el aislamiento temporal y generalmente impuesto de una población, una persona o un grupo por razones de salud o de seguridad; y la pena por la que se obliga al condenado a vivir temporalmente, en libertad, en un lugar distinto al de su domicilio.

Eso sí, después de haber vivido y casi superado este 2020, que no nos vengan con milongas académicas. El confinamiento, cuando es obligatorio y por experiencia, es un grandísimo asco. No entraré en la necesidad o no de él porque a estas alturas de pandemia está más que demostrado que la única forma de domar aquella primera ola fue la de la reclusión cartujana por decreto (solo recordar aquel último día de «libertad» con la gente saliendo despavorida a esparcir los «viruses» por cualquier parte). Pero, aun así, no mola.

Los hubo VIP que aprovecharon la ocasión para «desconectar» o para «reencontrarse» consigo mismos y solo los domingos se tomaban un «cibervermú» con los amigotes. Hasta la compra la hacían desde casa. Otros hicieron de policías de balcón, pero también los hubo que, de repente, vieron cómo todo se desmoronaba, sin trabajo ni escapatoria, se hacinaban en pisos minúsculos de los que solo salían a recoger alimentos en las colas del hambre. Y los hubo, aún peor, que se encontraron entre la espada y la pared de una residencia en la que el único contacto con el exterior era una cuidadora, que, a su vez, tenía a decenas de personas a su cuidado y debía gestionar a otras tantas familias que querían sus cinco minutos de Zoom con sus familiares.

En fin, que el confinamiento en estas circunstancias, jamás; voluntariamente, que cada uno haga lo que quiera. Pero, ahora que parece que empezamos a ver la luz del final del túnel, no necesitamos más reclusiones para saber todo lo bueno que tenemos tanto dentro como, sobre todo, fuera de casa. Y el que no haya aprendido la lección de «qué bello es vivir», que diría Capra, que se lo haga mirar y que no moleste a los demás con sus jaranas.

Puede que el «confinamiento» sí nos trajera una cosa buena, motivo suficiente para que la Fundéu le dé el título de Palabra del Año: el único momento de unión de toda la pandemia, esos aplausos de las ocho para todos los que se fajaban en las calles y en los hospitales contra el bicho. Pero es que ni eso supimos mantener más de dos meses. El ruido de las cacerolas terminó con el ¡plas, plas! de la hermandad.