Iron Maiden, una caricatura incombustible
Iron Maiden, una caricatura incombustible

Iron Maiden, una caricatura incombustible

La banda británica reventó el Wanda Metropolitano con una clara intención de volver a sorprender con viejas glorias y de satisfacer a golpe de nostalgia. Siempre, tal y como fueron

Iron Maiden es una caricatura de lo que un día fue: postura, pavoneo y garganta. Así una y otra vez. Sin descanso. Por ellos pasan los años físicos, pero no los musicales. No es fácil capear el paso del tiempo, pero anoche la banda salió al escenario del Wanda Metropolitano con su intención de volver a capturar la atención, de sorprender con viejas glorias y de satisfacer a golpe de nostalgia. Esa actitud es la que les permite seguir hoy en la carretera, pero sobre todo en la mente de la gente. Siempre, tal y como fueron.

Por eso, los más de 55.000 asistentes esperaron afilados riffs, altas velocidades y carisma en vena. Porque si por algo se caracterizan Steve Harris, Bruce Dickinson y los suyos es por su lealtad al público, por sus gestos predicadores y por el despilfarro de energía. Si no, no tendría ningún sentido seguir viendo a los padres del heavy metal y uno de los referentes del thrash metal tras 43 años repartiendo hostias consagradas por la voz de Dickinson.

Todo giró en torno a él. Enfundado en unos pitillos negros, dejó claro que no es el mismo que hace décadas, pero nada quedó desmerecido por su parte. Llevó Aces High al éxtasis, Where Eagles Dare al clamor y Two Minutes To Midnight a la revolución. A partir de aquí no hubo que demostrar nada más: la música fluía sola y el fervor de hacía cada vez mayor. Durante pocos momentos, se mantuvo estática la banda. Todo estaba previsto para que así fuera: los solos de guitarra de Dave Murray y Adrian Smith hicieron, así, aún más épica la velada. Puños arriba y movimientos de cabeza descontrolados, por supuesto.

Podría parecer que la formación británica es una de esas que, con el paso de los años, quisiera seguir demostrando su afán por redimirse, su deseo de sentirse vivos o su postura imperecedera en la música. Sin embargo, poco o nada les queda por ejecutar. Ellos son lo que la gente quiere ver. Sin más. Y ese es un valor añadido que pocos, hoy, pueden atestiguar de la misma forma.

Su actuación volvió a poner a prueba la acústica del recinto, tras un primer malogrado sonido en el concierto de Bruno Mars. La claridad brilló por su ausencia, pero la intensidad de su interpretación fue más que suficiente para demostrar que un grupo de estas características necesita poco más para lograr un efecto tan arrollador. A diferencia de otras giras, el vocalista demostró estar un nivel por encima. Sus Sign Of The Cross, For The Greater Good Of God o The Trooper dijeron mucho en ese sentido. Lo que no quita que, en esta ocasión, aprovecharan para sacarle todo el partido a su repertorio. En especial, el visual.

Ojo, en ese sentido, a la versatilidad de Dickinson, que lo mismo aparece portando una capa que una cruz o sostiene un lanzallamas mientras entona sus himnos más celebrados. Así, acompañados por cuidados fondos, una avioneta central o una bandera de España -sí, también hubo ese momento de amor propio que tanto nos gusta. Aunque duró poco- Iron Maiden terminó de reventar un estadio visiblemente anestesiado por su hits intergeneracionales. Porque sí, como ellos, su público también se resiste a envejecer. Y aunque los rumores de una cercana y posible retirada lleva tiempo persiguiéndoles, anoche quedó claro que -al menos, a día de hoy- esto no será por una cuestión de edad.