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Andrés Suárez: “Quise ser muchas veces protagonista de las canciones de Sabina y liarme con la camarera”

El compositor lanza una reedición homónima repleta de colaboraciones y madurez que “anhelaba futuro”

Después de meterse en un tren nocturno antiguo de la mili y observar cómo se reducía gradualmente la silueta de sus padres, a los que acababa de despedir en un andén de Ferrol desdibujado por el frío y atravesado por la neblina espesa del norte, Andrés Suárez llegó a Madrid con el objetivo de convertirse en cantante. En el Café Libertad 8, céntrico garito de la capital invadido por una pianola centenaria que preside el escenario, encontró refugio, inspiración y oportunidad. Artesano observador de los colores y sonidos de su tierra, confiesa que de haber nacido diez años antes de lo que sus progenitores decidieron, es posible que no estuviera aquí, por lo que sucedía entonces en la ría, por aquel trasiego imparable que enfermó los contornos de Galicia: “mi mejor amigo murió de sobredosis de cocaína con 15 años”.

Ahora, dentro del que ya es su undécimo disco, una suerte de reedición homónima, colaborativa, madura y abierta, cuyo lanzamiento se vio ligeramente torpedeado por la pandemia, le dedica una canción, “Todavía puedo oírte”. Y nosotros, en paralela sintonía con título del mencionado homenaje, nos sentamos con el compositor para no parar de hacerlo y ya de paso, preguntar, descubrir, conversar y manosear el tiempo a nuestro gusto, ahora que por fin podemos encontrarnos sin pantallas.

¿De dónde surge la necesidad de volver a lo ya creado?

No soy muy de mirar atrás, pero el disco más importante de mi carrera -tanto es así que es homónimo- sale un 20 de marzo del 2020. Se puede tener puntería, pero luego está esto. Después de 37 conciertos cancelados (no pretendo dar pena a nadie porque sé que hay peña más fastidiada que yo pero joder, costó) y nueve firmas por toda España canceladas sientes que el trabajo de un año y medio se desvanece, como prácticamente todo lo que sucede en nuestras vidas desde marzo del año pasado. De modo que agradezco mucho a mi casa de discos, a Warner, que entendiese que necesitaba una segunda oportunidad un disco como este, que creo, vale la pena. Trabajé mucho en él: cambiando cuerdas, guitarras, ideas, estrofas y seleccionando temas y de repente ves que se te cae todo de las manos. Esto no es más que un volver a empezar rodeado de amigos, no es más que hacer versiones en directo, tener esta charla. Yo las entrevistas y los conciertos por pantalla te los regalo todos. Este no es un disco nostálgico o melancólico, es un disco que anhelaba futuro, que pedía una segunda oportunidad a gritos por motivos evidentes. Todos sabemos por qué tuvo que sentarse en el banquillo sin jugar.

“Lo que me duele no es estar solo, es estar solo contigo”, escribes al comienzo de “Dime a qué has venido”. ¿Has tenido con frecuencia sensación de soledad estando en compañía?

La verdad es que si algo me quedó claro de toda esta situación de crisis ya no solo sanitaria, sino psicológica que hemos vivido, es que ya no me guardo nada. Ese fragmento que mencionas, jocoso, sexual, nocturno y juguetón a ratos lo que quiere decir es “a qué has venido, qué es lo que buscas de mí porque yo busco esto y te quiero así, ahora y de este modo”. No pasa absolutamente nada por soltar una verdad a tiempo. Somos todos supervivientes de una pandemia, perdón por el dramatismo cantautoril pero es verdad, y te lo digo como hijo de sanitaria. No quiero perder mi tiempo, porque resultó que teníamos poco. Aunque hayamos olvidado de algún modo lo sucedido y todos tendamos de algún modo a esa supervivencia feroz y volátil, siento que no tengo mucho. ¿Qué hacemos con el tiempo que tenemos a medias? No me he guardado ni callado nada. Es un disco que a lo mejor tiene fragmentos políticamente incorrectos, pero uno duerme mejor por la noche después de escribirlos.

La dictadura de lo políticamente correcto en el terreno de la creación empieza a agotar un poco.

Debe ser que soy muy gallego y voy a la contra, pero ¿sabes qué? nunca me importó menos. A mí me importa una mierda, con perdón, a quién vota la persona que viene a verme o la edad que tiene. De hecho, no hay nada más hermoso para mí que ver a una abuela de 97 años y a un niño de diez entre el público. Resulta que no me callo nada y enlazando esto brevemente con “Dime a qué has venido”, la canción de la que hablábamos antes, reconozco que hubo un tiempo en el que sí que quise agradar pero la cosa cambió. Ahora cada vez veo más esta intención en los demás. En áreas sobre todo relacionadas con el cine, las series, el teatro, la literatura… No sé si tiene que ver con estrategias muy calculadas de márketing, pero desde luego sí con la necesidad de gustar a todo el mundo todo el tiempo. Yo hice un disco, éste, con el que me quedé a gusto y están las cuatro colaboraciones que quería y tuve la suerte de que me dijeron que sí.

Hay gente que piensa que cuando te metes en una multinacional grande estrechan tu libertad como artista, especialmente ahora que se habla tanto de falta de derechos, pero a mí nadie me ha dicho cómo tengo que comportarme, qué tengo que hacer o de qué manera tengo que vestirme. He podido hacer lo que me ha dado la gana desde el principio. Y hostia, perseguir tratar de gustar, agradar, de vender al fin y al cabo no sé si te va a llevar a un buen lugar cuando el público es tan inteligente como demuestra. Yo hace años ahorraba para comprarme un vinilo, un VHS, un casete (aunque parezca excesivamente mayor por decir esto) y lo compartíamos entre amigos. Hoy en día yo tengo 150 discos que salen al momento y que escucho gratis en mi casa y si no me gusta alguna canción, al segundo 15, lo cambio. Creo que si la gente ve que vas buscando el éxito y el comercio se va a ir rapidísimo.

A pesar de dedicarte profesionalmente a la música has hecho un par de incursiones en el mundo literario, ¿qué te sugiere la palabra intrusismo?

No te voy a decir que me considero un intruso porque trato de hacerlo de la mejor manera que puedo, leer lo máximo posible y respetar por supuesto siempre a los maestros, pero me abruma que hoy en día todo el mundo es poeta. Te metes en internet y de repente salen cuarenta tipos que aseguran serlo. No es mi caso, yo no lo soy tanto. Yo soy aprendiz de Elvira Sastre, de Felipe Benítez Reyes, de Téllez, de Javier Ruibal, de Aute… de un montón de gente a la que admiro, con los que crezco y aprendo. Nos estamos olvidando de los maestros y eso es durísimo. Pero no puedo decirte que sea ni poeta ni escritor, sino aprendiz de muchas cosas. Junté una serie de relatos que creo, valen la pena, que creo, pueden ser publicables, o al menos así lo consideró la primera vez mi editor Gonzalo Albert con “Más allá de mis canciones”, pero lo mido y lo gestiono con un respeto determinado.

¿En términos creativos es más agónico escribir un relato que construir una canción?

Absolutamente. Tú que amas la palabra tanto como yo sabes que te levantas por la mañana y tienes un folio en blanco. Y qué jodido es eso. ¿Cómo te enfrentas? Hay veces que ese folio no es más que un espejo y a veces mirarse ahí duele, duele mucho. Una canción tiene rima, ritmo, métrica, tiempo -en el pop rock 3 o 4 minutos a lo sumo, menos Robe Iniesta que hizo 29 con “Pedrá”- pero un libro es infinito. Creo que una canción, igual porque llevo 22 años haciéndolas, es más fácil de crear y más ahora, con la cantidad de dispositivos que tenemos a nuestro alcance: te levantas, pillas el móvil y tarareas un estribillo, pero no sé cómo se tararea un libro.

Imagen de Andrés Suárez
Imagen de Andrés Suárez FOTO: La Razón La Razón

Dentro de las colaboraciones del disco destacan nombres extraordinarios como los de Iván Ferreiro o Víctor Manuel. ¿Crees que profesar admiración por otros compañeros de profesión en el mundo de la música se entiende como un ejercicio de generosidad o a veces como un burdo peloteo?

Uff, complicado. El otro día fui al Café Libertad 8 a ver y a cantar con uno de los mejores cantautores que hay en España para mí que se llama Fabián y es un tipo estupendo de León. De repente al salir, un chaval de 14 años cuyo sueño es ser cantautor me estaba esperando fuera con su guitarra para que se la firmase y cuando la abrí le dije: “joder es igual que la guitarra de Aute” y me dijo ¿ese quién es? Eso es lo que está pasando en España: que hay gente que no sabe quién es Enrique Urquijo, ni sabe quién es Antonio Vega, ni Antonio Flores. Es lógico y entiendo que hay una parte de responsabilidad educacional y social por parte de todos, pero si tú enciendes los mass media, pones la radio o la tele ¿dónde están Los Secretos, dónde está Sabina, Serrat, Aute, Silvio, Pablo, Juan Luis Guerra?

¿Pertenecen a un tiempo pasado?

Por desgracia, claro. No estoy en contra de lo que viene, de las nuevas tendencias, de lo que se escucha y sobre todo de lo que les genera a los de arriba millones, no puedo estar en contra porque es lo que hay. Pero si dejasen un 3% de espacio a los maestros creo que a todos nos iría un poco mejor. La oda a los maestros, recuperando lo de antes, alguno puede considerarlo una lamida de culo, un peloteo innecesario, pero yo creo que la obra de Serrat debería estudiarse en los colegios porque es la música clásica del futuro y me da muchísima pena que un chaval que quiere dedicarse a esto no sepa qué es Mediterráneo, porque se lo está perdiendo todo.

¿Has caído alguna vez en ese juego de experimentar cosas para poder cantarlas o todas tus composiciones reflejan fielmente tus experiencias vitales?

Creo que existen ambas cosas y creo que esto que planteas es muy interesante y al mismo tiempo difícil. Yo quise ser muchas veces el protagonista de las canciones de Sabina. Las ponía, cerraba los ojos, volaba y me liaba con la camarera. La otra vertiente, la otra realidad -y no sé cuál pesa más- es haberlo vivido. Yo escribo sobre lo besado, porque me interesa más. Escribí un disco que se llama “Maneras de romper una ola” donde por excesos de la noche y de la vida y de la ensoñación de tener 22 años y querer no dormir para no perderte cosas yo hablaba de “planetas ficticios” y apariciones de figuras medio oníricas en una canción en la que aparece la playa de Baleo (A Coruña). Y joder, a día de hoy me gustaría describir un beso y más después de la que nos cayó. Y un abrazo. Y la mano de mi abuelo con alzhéimer encima de la mía. Y contárselo a la gente en un teatro y ver cómo esa misma gente llora porque sabe, por desgracia de lo que estoy hablando. Me interesa eso muchísimo más que habitar recursos imposibles, lugares todavía no descubiertos por el autor.

Ahora, ¿qué hay de ficción en las canciones? Dicen que muchísimo. Pero en mi caso, en esta etapa más madura tiendo a describir las cosas que me ocurren con exactitud. En este último disco, por ejemplo, la historia de Nina es un polvo en un baño de Madrid de un tercero sin ascensor y no me corté mucho, aunque me echaran después la bronca. Pero esta intensidad que tengo me pasará factura en algún momento y tendré que dejar de vivir historias alucinantes. Las hay también lejos de lo que todos entendemos por alucinantes, ojo. El otro día, una tendera del mercado de Torrelodones le guiñaba el ojo a un señor que venía solo a por el pan y no tenía pasta y le dejaba pasar: ahí hay una canción. En todo hay canción.

¿Ha habido alguna composición en este último trabajo que se te haya atragantado?

Ha habido alguna. “Despiértame” me costó porque no conocía lo que era el amor profundamente insano, lo que era la toxicidad. Lo viví y escribí este tema, que no se moldea de manera agradable, “si vuelvo a verte que sea en una foto en blanco y negro como eras tú por dentro”. Cuando la gente dice con ligereza que siempre se aprende de una relación te puedo asegurar que en este caso nada, en este caso te deseo el bien pero lejos, lo más lejos que puedas. Yo no había escrito hasta el momento sobre algo así porque me crucé con gente maravillosa, Walt Disney estaba continuamente cerca de mí, pero esta vez no y me hice mayor y hostia dolió mucho escribirla. Hay otra que también me duele por su realidad que es “Todavía puedo oírte”, un homenaje en vida a mi mejor amigo. Todavía no la puedo tocar en directo porque me emociono, manda carallo que la grabé en el disco y no la puedo tocar en directo.

Si haces balance de tu carrera y piensas en tu llegada a Madrid, ¿tus raíces gallegas te empujan irremediablemente a la morriña?

No puedo hablar de una tristeza o una nostalgia genérica porque me apetece muchísimo, sobre todo en estos días, mirar al futuro y pensar que lo mejor está por llegar. Pero por supuesto que echo de menos, que hay momentos en los que recuerdo y estoy llegando a Madrid con una guitarra y no están mamá y papá para darte un abrazo ni tus amigos y estás literalmente solo en un cajero o en un hostal de la ciudad durmiendo, juntando pasta en un metro. Entonces eres muy nostálgico y echas de menos desde tu primer amor hasta la maldita decisión que te hizo venir a la capital y estar solo. Pero mira dónde estoy ahora, hablando aquí contigo, quién no da la vida por un sueño. ¿Lo pasé jodidamente mal? Sí. ¿Valió la pena? Cada segundo. Si no sabes lo que es cantar en un bar vacío o no tener pasta para cenar ese día ¿cómo coño voy a valorar un WiZink lleno? Así que me voy a arriesgar y voy a responder que no a la morriña, no a esa nostalgia que nos hace pasar jugadas horribles y nos impide disfrutar del tiempo presente.