Arte

Se vende aire de Mallorca por 3,5 euros: Duchamp ha vuelto

Usuarios del aeropuerto de Mallorca alertan a través de las redes sociales de la surrealista venta de aire enlatado en una máquina expendedora

Un usuario de Twitter en el aeropuerto de Mallorca muestra el souvenir de moda
Un usuario de Twitter en el aeropuerto de Mallorca muestra el souvenir de moda FOTO: Carles López Carles López

¿Se puede vender el aire? La pregunta podría ser interpretada como una sinrazón que no debiera merecer siquiera la molestia de una respuesta. Pero, por más que nuestro sentido de la lógica no alcance en un principio a entender del todo que se pretende interpelar con esta interrogante, lo cierto es que ésta tiene todo su sentido. Sí, el aire se puede vender. ¿Y cómo se vende el aire? Enlatándolo. Hace unos días, los usuarios del aeropuerto de Mallorca se encontraron ante el desconcertante hecho de que una máquina expendedora vendía aire enlatado de Mallorca al módico precio de 3,5 €. La empresa Shaire ha producido una edición limitada de estas peculiares latas con la intención de ofrecer al visitante a la isla un «souvenir» por medio del cual se «evocasen momentos, situaciones, paisajes, olores y experiencias vividas». El comprador de estas latas solo tendría que abrirlas e inspirar su invisible contenido para recrear sensorialmente toda la atmósfera mallorquina.

«La fuente». El urinario que imaginó el artista total Marcel Duchamp en 1917 ha quedado como el gran símbolo del dadaísmo
«La fuente». El urinario que imaginó el artista total Marcel Duchamp en 1917 ha quedado como el gran símbolo del dadaísmo

Como es posible imaginar, los pasajeros que transitan ante esta máquina expendedora no salen de su asombro: ¿quién va a comprar una lata de aire por 3,5 €? ¿Parece caro para una sola inspiración, verdad? Pues nos equivocamos. La idea de esta empresa no solo no es nueva, sino que, además, y como consecuencia del módico precio de cada envase, resulta demasiado accesible. Los 3,5 € que cuesta cada lata de Aire de Mallorca resultan irrisorios comparados con los 87€ por los que sale cada botella de «aire fresco costero» que comercializa la empresa inglesa Coast Capture Air. Y, pese a ello, este «aire de lujo» tampoco es el más caro que podemos encontrar en el mercado. Otra marca inglesa, Genuine Mountain Air, vende el aire de montaña suizo por 138 € euros la botella. Lo que, puesto en contexto, equivale a decir que cada una de estas bocanadas de aire cuesta lo mismo que una lata de caviar iraní. Quizás, al maridaje del champán y caviar, se le podría añadir una botella de aire suizo de 138 € para completar el menú de lujo.

Ahora bien, ni las latas mallorquinas ni las botellas inglesas aportan una solución verdaderamente nueva e innovadora. Marcel Duchamp –el artista del siglo XX más influyente y decisivo en la configuración de los lenguajes contemporáneos– se adelantó en más de un siglo a este «comercio del aire», cuando, en 1919, realizó su célebre obra «Air de Paris». Durante una estancia en la capital francesa, Duchamp pensó en obsequiar a su amigo y mecenas, el norteamericano Walter Arensberg, con un original recuerdo. Con esta intención, fue a una farmacia y adquirió una de las típicas ampollas de cristal que se utilizaban en aquel momento para los preparados médicos. Ya en su posesión, se limitó a cerrarla, de manera que el aire que quedó atrapado en ella era el genuino aire de París.

A diferencia de las latas y de las botellas que comercializan aire en la actualidad, el contenido en la obra de Duchamp no se podía respirar, ya que, en caso de hacerlo, la pieza se destruiría. Cien años antes de que los sesudos y transgresores expertos en marketing y economía decidiesen envasar el aire para venderlo a un cliente deseoso de experiencias jamás vividas, Duchamp ya había caído en esta idea. Y, puestos a valorar las cosas por su precio de mercado, el aire envasado de Duchamp es mucho más caro. Baste recordar que su obra «Eau de Voilette» –un frasco de perfume intervenido– alcanzó hace años la cifra de casi 12 millones de euros.