El Niño de Elche: “Lo militante es siempre limitante”

Saca disco en noviembre, pero lo que alimenta su inteligencia es el debate público y las guerras culturales de la actualidad

El niño de Elche
El niño de Elche FOTO: Ricardo Cases SONY MUSIC

Francisco Contreras Molina, El Niño de Elche, prodigio inclasificable, ex flamenco se dice, dinamitador de prejuicios. Combativo y transgresor (¿quien si no llamaría a un grupo “Fuerza nueva” en estos tiempos que corren?), es artista sin límites ni fronteras: Flamenco, electrónica, jazz, performance, poesía, literatura o teatro. Del Amor Brujo con Maria Ostroukhova al tú me dejaste de querer con C. Tangana. Disco nuevo en noviembre, espectáculo performativo con Rocío Molina en la Bienal, libro sobre flamenco. Una cabeza que no para la del creador: excelente conversador, libérrimo pensador, inquieto lector. Es heterodoxo por definición (con convicción y devoción) el impredecible niño sabio. “Hay algo en esa heterodoxia”, reflexiona, “en mi forma de abordar los procesos artísticos (y también los debates), que tiene que ver con un pensamiento crítico y, por ende, también autocrítico. Y con unas formas no académicas, no sé si anárquicas pero sí un poco desordenadas, que conectan de otros modos con diferentes ideas. Precisamente porque no es académico”, continúa, “como la trama no es muy narrativa, mucha gente entra en confusión ante eso. Porque tenemos la necesidad del encasillamiento, de la etiqueta constante: en lo artístico, en lo político, en lo estético, en el género… Yo, desde la experimentación, estoy abierto siempre al cambio. Aunque a veces ese cambio no sea agradable ni fácil”. Y esa libertad en la creación es, eminentemente desprejuiciada, “porque el prejuicio es miedo”, sostiene. “Ya lo decía Escohotado. Y no hay otra forma de superar el miedo que acercándose a él. En su libro “Frente al miedo”, que es el que me voló la cabeza, aparece una definición preciosa sobre la libertad: “La libertad es el antídoto para superar el miedo”. Por eso yo recuerdo siempre cuando Antonio me decía “cuando tengas un miedo, acércate a él”. Porque el prejuicio es miedo a cambiar, miedo al derrumbe de tu castillo de cristal, y seguramente no será lo que tú piensas, nunca va a serlo. Será mejor o será peor lo que encuentres, pero nunca será exactamente eso que tú has presupuesto. Y ya habrás ganado algo si te acercas, siempre habrá valido la pena. Y así es como abordo yo el arte, así es como quiero acercarme a él: desde la curiosidad y contra el miedo. Porque así, de esa manera, siempre habrá algo que me remueva. A cada proceso artístico le exijo eso, en cierta forma. Que termine siendo yo otro tipo de persona, tener esa mira”.

Y se sumerge en toda disciplina con esa esperanza, chapoteando en las complejidades y las paradojas de las que somos producto todos nosotros, hijos de un S.XX en nuestro país “rico en ideologías, rico en sus paradojas y en sus complejidades, en sus delirios. Y es esa una complejidad que parece no permitirse hoy en día. Pero a mí el arte sí me permite hacerlo. Y ha sido laborioso. Yo no vengo de ahí, yo vengo de un arte militante. Y lo militante es siempre limitante. Lo he vivido en mi piel. No solo yo, también otros artistas que vienen de las militancias pseudoanarquistas, marxistas, de creer en ese tipo de arte revolucionario, y que hemos pasado a entender la revolución desde otras perspectivas: una perspectiva espiritual, una perspectiva estética… Esto, aunque sigue generando mucha controversia en España, ayuda a entender que estos posicionamientos son necesarios pese a hacernos vulnerables, en el arte y en el debate, pues reconocemos constante y abiertamente que podemos cambiar de opinión”.

La batalla cultural

Un debate público, y una actualidad informativa, un contexto social en definitiva, al que no es ajeno el artista y del que no se abstrae. “Para mí”, explica, “la batalla cultural es mucho más sugerente, más estimulante, en el momento en que puedes tomar los términos y jugar con ellos desde su definición clásica. Hace unos años, una de mis tácticas políticas era la indefinición, pero más tarde, cuando leo a Gustavo Bueno y veo que él plantea precisamente lo contrario, que hay que definirse primero para luego partir de ahí, empecé a masticar lo del ex flamenco. Que no es una indefinición sino un desplazamiento de la definición. Ese juego me parece mucho más nutritivo, más denso, más complejo, más crítico… ahí es donde me interesa la batalla cultural en un momento histórico, una época esta que vivimos, en la que los pensamientos están mucho más homogeneizados que nunca, en la que el manto de la socialdemocracia, de manera más o menos conservadora, cubre todas las posturas ideológicas. Pero, paradójicamente, de una manera estética, parece que estamos muy polarizados aunque nunca en la historia de la humanidad las ideologías hayan estado tan homogeneizadas como ahora”. “En realidad”, apunta, “no es más que una cuestión dialéctica. La polarización está en el debate de barra de bar, en el ruido en redes. Comparado con otros momentos históricos, es casi una broma”.

Se sitúa abiertamente en contra de todo intento torpe de cancelación o censura, pero se abstiene de comprar con ello cualquier otro pack ideológico completo, de plegarse a ninguna doctrina. Se revela ante eso: “Y eso que a mí me han llamado de todo, me han llamado fascista, homófobo, podemita, españolista, machista… de todo. No sé si me divierte, a veces sí me hace gracia. Pero otras, la verdad, es que me cansa mucho no poder hablar con tranquilidad”. Gran lector de ensayo, no puede evitar conectar esto con ese debate público del que hablamos: “El debate público está en el eslogan, en la consigna fácil, y a mí lo que me alimenta es la complejidad de ciertos pensadores. Los anarcoliberales, por ejemplo, me resultan muy gratificantes porque se mueven en territorios muy paradójicos. De pronto puedo encontrar en diferentes autores posiciones muy enfrentadas con argumentaciones y lógicas muy elaboradas y sólidas. Miguel Anxo Bastos, por ejemplo, me parece fascinante, como me pasaba con Escohotado, con el que me unía una gran amistad. Me pasa con Juan Ramón Rallo. Pero el debate público no está ahí. Tampoco lo está el arte. Y eso que el arte nos ofrece unas herramientas valiosísimas para explorar e indagar en territorios de creación de nueva realidad, de nuevas dimensiones, que nos ayuda a complejizar el discurso”. Y eso es lo que hace él, y lo hace sin miedo. Libre y desprejuiciadamente. Como le invitaba a hacerlo Escohotado y él no olvida.

LIBRE QUIERO SER
Por Javier Menéndez Flores
En su ensimismamiento y autocomplacencia, la tradición y la pureza suponen la muerte. El arte de altura se produce, al igual que la vida, a partir de la colisión de contrarios. Nace de la mezcla. No es una carretera recta y sin final, es un laberinto complejísimo e inexplicable y, por ello, fascinante. Quienes apelan a las raíces como valor absoluto son unos borricos que no aciertan a entender que, en arte, toda barrera es un insulto a la inteligencia creadora y un lastre que atornilla al suelo. Para agrandarse, el artista debe transgredir, dar un volantazo, cortarse las venas ante su público infiel.
El Niño de Elche, que venía del flamenco profundo, del cante abismal, desoyó de pronto las tablas de la ley de ese género y se atrevió a ronear con la electrónica, el jazz, el recitado, la performance. Porque entendió que eran terminaciones de un mismo sistema nervioso y quiso incorporarlas a cuanto traía de fábrica. De ahí que su nombre sea sinónimo de iconoclasia y sacrilegio. Nada, en cualquier caso, que logre poner en entredicho un talento tan nítido como agua de manantial.
Desde hace años, su tarjeta de presentación reza “exflamenco”. Él sabe que no es cierto. Que no se puede ser exflamenco ni exroquero ni exfilósofo. Que es posible dejar por pura exasperación a una persona a la que amas y seguir amándola el resto de tu vida. Y que hay drogas duras de las que uno no se desengancha jamás, puesto que la sangre las lleva siempre consigo. Quiero decir que cuanto más se ha alejado este niño/hombre del flamenco, más ha penetrado en él. Pero desde la disidencia del que escucha, lee, analiza… piensa. En su voracidad de artista insaciable caben otras músicas, casi todas, además de los libros, el cine, la filosofía. Porque este mozallón ilicitano no entiende de otra pureza que la de la salvadora exogamia, pero reniega a su vez, porque tiene un arsenal de bofetadas para todos, de los fanáticos de la experimentación.
Ya que aunque el sueño del cruce entre lo tradicional y lo conceptual produzca bellísimos monstruos, también abundan quienes se jactan de ser artistas integrales y no son más que vendedores de estiércol hábilmente empaquetado. Los que piensan que el Niño está siempre cabreado quizá no se hayan tomado la molestia de mirarlo como merece. Su natural encono no es más que una de las muchas formas que adopta el pesimismo de quien se duele porque los prejuicios hayan estrangulado a la audacia. Ir a la contra es su tarea, y el “no” su único hogar. No un no gratuito, porfión, sino el del que nunca se ve fielmente retratado porque cuando se contempla en un espejo lo hace con los ojos múltiples de una tribu. Por eso discrepará también de esta semblanza, y a mí me parecerá bien. Porque esa religión, la del que se lo cuestiona todo por sistema, incluidos los propios juicios, es la única en la que creo.
Hay un martillo que golpea con furia un yunque, y lo que sale de ahí es un lamento que agrieta el alma. Los cantaores que así merecen ser llamados, caso del Niño de Elche, sueltan lo que llevan dentro como si coleccionaran calaveras. Como el sable atraviesa la carne. Igual que se aparean las bestias. Derraman todo su arte sin imposturas ni maquillajes, cual si parieran. Son parturientas, sí, incapaces de disimular el desgarro que provoca la creación. El arte verdadero, aquel que conmueve y horada, es inefable. Pero si tuviera que describirlo con una imagen elegiría algo tan milagroso como un incendio en alta mar. Y si a esa foto hubiera de ponerle música, voz, podría ser la del Niño de Elche traicionando a los clásicos como muestra de su amor infinito hacia ellos.