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Cine

Festival de Venecia

Ana de Armas: y Marilyn Monroe resucitó a lo grande en “Blonde”

La hispano-cubana aspira a todos los premios de esta temporada dando vida al mito rubio en un gran filme

Ana de Armas, durante la presentación de "Blonde" en Venecia, donde encarna a Marilyn Monroe
Ana de Armas, durante la presentación de "Blonde" en Venecia, donde encarna a Marilyn Monroe Domenico Stinellis AP

Cuando Joyce Carol Oates estaba documentándose para escribir “Blonde”, inmersa en los dos años y medio que invirtió en el proceso de investigación y redacción de la novela, empezó a pensar en Marilyn Monroe como su “Moby Dick”, como una fantasía peligrosa, más grande que la vida, cuya caza y captura la estaba dejando exhausta. Es algo que podría decir el mismo Andrew Dominik, que lleva trabajando en el proyecto desde 2008. La espera ha valido la pena: “Blonde”, que ayer se presentaba en la Mostra, es extraordinaria. Tanto como su actriz protagonista, Ana de Armas, firme rival de Cate Blanchett, espléndida en “TÁR”, a ganar la Copa Volpi.

Como ocurre en el original literario, la idea central de “Blonde” es tan simple como imposible. ¿Qué pensaba Marilyn? ¿Qué sentía? ¿Qué emociones hierven en la sangre de una mujer que necesita convertirse en personaje para ser visible, y que a la vez odia esa visibilidad? Es la paradoja de la fama, que la película ilustra con insólita claridad: en el momento en que Marilyn se convierte en icono, nos pertenece a todos menos a sí misma. A medida que se transforma en idea, la mujer se desdibuja. No queda ni su cuerpo entero, tan deseado, solo unos pies que sobresalen de una cama.

Dominik, como Oates, tiene claro que no está haciendo un ‘biopic’ clásico sino una ficción inventada sobre un lecho de realidad, y por ello puede permitirse subjetivar hasta lo improbable el punto de vista del relato. Un relato episódico, que imagina aventuras amorosas que nunca existieron (el ‘ménage à trois’ con Charlie Chaplin, jr. y Edward G. Robinson, jr.) y evita repetirse (ninguna alusión al rodaje infernal de “El príncipe y la corista”, ya plasmado en “Mi semana con Marilyn”) para entender la vida de Norma Jeane Baker (y su alter ego sexualizado, Marilyn) como una sucesión de momentos significativos que obedece a la lógica del sueño. De un sueño que se convierte en pesadilla casi lynchiana en el tramo final -con una siniestra aparición de Kennedy en la escena más osada del filme- y que Dominik articula alrededor de un hilo conductor: la historia de la niña huérfana que espera en vano la llegada de su padre, encarnado en las figuras masculinas que la seducen o la atormentan en su intimidad.

Un fotograma de "Blonde"
Un fotograma de "Blonde" Imdb Imdb

En el capítulo visual, “Blonde” es un prodigio. Dominik ha trabajado la película como un álbum de fotos donde se mezclan indistintamente el blanco y negro y el color, y distintos formatos de pantalla. Ese álbum comparte la intimidad de Norma Jean y la popularidad de Marilyn. Las imágenes más icónicas de la actriz -con sus maridos; sus desnudos de calendario; sus hermosos retratos; la escena de la falda de “La tentación vive arriba”- están reproducidas con exactitud maniática, pero con el rostro de Ana de Armas. Son y no son las imágenes que conocemos. Hay algo de nuevo y espectral en ellas.

Y ahora, paren máquinas porque habla Ana de Armas. “Hice esta película para ver hasta dónde podía llegar, pensé que era un regalo para mí misma, no para que la gente tenga otra opinión sobre mí. Esta película me ha cambiado la vida”. Era difícil prever que la Carolina de “El internado” saliera airosa del reto de interpretar a Marilyn Monroe, pero lo cierto es que, desde que la vemos en la conmovedora escena de la audición de “Niebla en el alma”, el primer papel protagonista de Monroe, el espectador se olvida del simulacro. No lo hay: en el espléndido trabajo de Ana de Armas hay una profunda reflexión sobre lo que significa Marilyn, sobre su cosificación en una industria de hombres, sobre el peso de ser mirada por el mundo, sobre la vulnerabilidad y la tristeza que inundan a Norma Jean en el pantano de una identidad confusa. “Tuve mucho espacio para crear a la mujer real detrás del personaje, para conectar con su dolor y su trauma”, confesó en rueda de prensa. “Marilyn era solo una mujer, como yo, de la misma edad, con la misma profesión. Mi objetivo era buscar su verdad emocional. De ella he aprendido a tener respeto y empatía por los actores que sufren la presión de los medios. Nadie está preparado para soportar los deseos que proyecta la gente sobre ti, y hay que saber protegerse contra eso”.

Aunque no lo parezca, la iraní “Beyond the Wall” también es una película onírica. El encuentro entre un hombre ciego, que en la primera secuencia está a punto de suicidarse, y una mujer fugitiva de la policía, ambos confinados en un apartamento rodeado por las fuerzas vivas, denuncia el régimen opresivo iraní desde los parámetros narrativos de los llamados “mind game films”, popularizados por cineastas como Christopher Nolan (“Memento”) o M. Night Shyamalan (“El sexto sentido”). El problema de la película de Vahid Jalilvand es que sacrifica toda su credibilidad a una tupida red de trampas dramáticas que lastran la fluidez del relato, de una irritante redundancia, y la consistencia de su supuesta subjetividad.

Kim Ki-Duk, muerto y cancelado

La presencia, fuera de concurso, de “Call of God”, la película póstuma del coreano Kim Ki-duk (murió por complicaciones derivadas de Covid en 2020), rodada en Estonia y montada por su equipo, ha reactivado el debate de la separación entre el hombre y el artista. Sindicatos de la industria del cine coreano y asociaciones feministas pusieron el grito en el cielo contra la decisión del director artístico de la Mostra, Alberto Barbera, de programar la película. Barbera se defendió alegando la fidelidad del certamen a la obra del cineasta -que lo lanzó internacionalmente con “La isla”, y en el que obtuvo el León de Oro por la infame “Pietà”. Haber sido acusado de violación en Corea no era motivo para dejar de rendirle homenaje cuando ni siquiera podía asistir al “photocall”. Al margen de la dimensión testimonial de la película, el hecho de programarla demuestra hasta qué punto Venecia se resiste a practicar la cultura de la cancelación (recuerden la polémica inclusión de “El oficial y el espía”, de Roman Polanski, en sección oficial, en 2019).