Crítica de “Tenet”: Teoría de la patafísica ★★✩✩✩

Robert Pattinson, a la derecha, y John David Washington, en una escena de la película
Robert Pattinson, a la derecha, y John David Washington, en una escena de la películaMelinda Sue GordonAP

Título: Tenet. Dirección y guión: Christopher Nolan. Intérpretes: John David Washington, Robert Pattinson, Elizabeth Debicki, Kenneth Branagh. USA-Gran Bretaña, 2020, 150 min. Género: Acción.

Si el filósofo Henri Bergson hubiera escrito y diseñado un manual de IKEA, seguro que se parecería mucho a “Tenet”. Este crítico, que se siente especialmente interesado en la materia del tiempo y la memoria, tuvo la impresión de estar ante esos galimatías de la arquitectura del mobiliario ‘low cost’, que quieren aparentar una complejidad que no tienen para venderse como piezas de comodidad funcional pero moderna, duradera, significativa, que todos, un día u otro, vamos a consumir. Lo que IKEA es al ‘mainstream’ decorativo, “Tenet” es al ‘blockbuster’ de ideas, que, en estas circunstancias de rebrotes coronavíricos, parece señalar el futuro del cine y encontrar el secreto de la alquimia de las superproducciones post-pandémicas, pero que, en realidad, es el certificado de defunción de un capricho de autor que nunca volverá a contar con 200 millones de dólares para emular a un Alain Resnais harto de anabolizantes. Hablamos de Bergson, gran filósofo de la duración, y podríamos hablar de Deleuze, su fiel y proteico seguidor, para explicar lo que Christopher Nolan intenta hacer en “Tenet”, su ambicioso ‘opus magnum’. El director británico vuelve a la premisa de “Memento” para ampliar su campo de batalla hasta la extenuación: sí, el tiempo es un palíndromo; o lo que es lo mismo, el tiempo es un lenguaje. Pero lo que en su segunda película era una reflexión milimétrica sobre la construcción de la identidad de un quebradizo sujeto posmoderno a través de una binaria concepción del tiempo subjetivo, aquí la reflexión pierde su reglaje para abarcar el tiempo cósmico, y avisarnos de que, atención, quien controla el tiempo, controla el mundo.

Son ideas estimulantes que subyacen en la trama más simple del mundo, el argumento universal de un James Bond sin un átomo de carisma (John David Washington) que tiene que salvar al mundo de la Tercera Guerra Mundial (Kenneth Branagh con acento de Guerra Fría). Sin embargo, si la metafísica de “Memento” era significante, la patafísica (cuántica) de “Tenet” no logra superar la brillantez de su premisa: un mundo crepuscular en el que no hay amigos en el ocaso, un futuro que nos ataca desde un tiempo inverso, que a veces convive con el tiempo lineal en una misma secuencia. La presunta complejidad del funcionamiento de ese universo ocupa explicativas (e inútiles: el problema de Nolan es que siempre quiere hacerse entender, que apuesta más por la ‘imagen-movimiento’ que por la ‘imagen-tiempo’) escenas de transición entre largas y ampulosas ‘set pieces’

de acción que son tan espectaculares como ininteligibles, y que producen un extrañamiento que no siempre juega a favor de la película. “No intentes entenderlo. Siéntelo”, nos avisa un personaje de “Tenet”. El caso es: ¿Se puede sentir un mecano? ¿O acaso su misma existencia nos obliga a preguntarnos por la tuerca que falta? La respuesta, claro, la debe de tener IKEA.

Lo mejor: La atractiva idea de la convivencia del tiempo lineal y el tiempo inverso en una misma secuencia.

Lo peor: Aspirando a ser lógica y cerebral, es completamente incomprensible.