Cultura

¿Por qué los ecologistas «se pegan» con Botticelli?

Una oleada de activistas protestan adhiriéndose a obras maestras para protestar por el cambio climático. Usan un pegamento especial para no dañarlas, pero el riesgo existe. El patrimonio artístico se convierte en altavoz infalible.

Activistas climáticos del grupo "Ultima Generazione" pegan sus manos a una obra de Sandro Botticelli en museo italiano
Activistas climáticos del grupo "Ultima Generazione" pegan sus manos a una obra de Sandro Botticelli en museo italiano FOTO: Ultima Generazione

Los museos siempre han sido lugares de protesta, en los que determinadas reivindicaciones sociales han encontrado una perfecta caja de resonancia para obtener el eco y la repercusión deseadas. Presididos por el silencio, el culto a las obras expuestas o la prohibición de no tocar, todo cuanto suceda en estos espacios que altere dicho orden sagrado adquiere la forma de una transgresión intolerable para la sociedad. Los museos constituyen burbujas en las que las creaciones artísticas se preservan, combaten el paso del tiempo y conquistan la eternidad. Cuando, en su interior, alguien desafía este statu quo y ataca la integridad de alguna de las piezas exhibidas, uno de los grandes consensos por los que se rige nuestra sociedad –el respeto del arte– parece tambalearse y saltan las alarmas. En el exterior, el mundo puede estar matándose a bombazos o el planeta dirigirse a un punto de no retorno en su deterioro, pero, dentro de un museo, la vida del arte debe permanecer inalterada, ajena a la fortuna de la humanidad. El silencio del museo es su fortaleza, pero también su debilidad. Porque quienes tienen algo que gritar saben que, si sus mensajes son proferidos en el silencio de sus salas, el alcance de su atrevimiento será universal.

Así lo han entendido, durante las últimas semanas, diferentes colectivos de activistas contra el cambio climático que, a fin de otorgar el máximo de visibilidad a sus protestas, se han pegado –literalmente– a algunas de las más emblemáticas obras de la historia del arte. A principios del pasado mes de julio, Hannah Hunt y Eben Lazarus –pertenecientes al colectivo Just Stop Oilirrumpieron en la National Gallery de Londres y vandalizaron una de las piezas más icónicas de John Constable: «La carreta de heno». Los dos activistas cubrieron la pintura con una nueva versión que incluía aviones, pavimento y grandes edificios en el fondo, para, a continuación, pegar sus manos en el marco. Ambos vestían camisetas con el lema «Detengan el petróleo», y, con su nueva versión de «La carreta de heno», pretendían mostrar una «escena de pesadilla que demuestra cómo el petróleo destruirá nuestro campo». Para tranquilidad de los amantes del arte, los conservadores de la National Gallery informaron de que el cuadro había sufrido «daños menores en su marco y en el barniz de la pintura». Pocos días antes de este incidente, Just Stop Oil realizó acciones semejantes en museos de Glasgow y Manchester e, incluso, detuvieron el Gran Premio de Gran Bretaña de Fórmula 1 al invadir la pista y hacer una sentada en ella.

Si, a principios de julio, las protestas de los activistas contra el cambio climático se concentraron en museos británicos, a finales de este mismo mes el rugido ecologista se trasladó a las instituciones artísticas italianas. El 22 de julio, tres integrantes –dos mujeres y un hombre– del grupo Ultima Generazione sorprendieron a los visitantes a la Galería de los Uffizi, en Florencia, y pegaron sus manos a una de las obras maestras del Quattrocento italiano: «La Primavera» (1480), de Sandro Botticelli. Los activistas desplegaron a continuación una pancarta en la que se podía leer: «Última generación: sin gas, sin carbón». En un comunicado lanzado por Ultima Generazione, se afirmaba que «del mismo modo que defendemos nuestro patrimonio artístico, deberíamos dedicarnos al cuidado y la protección del planeta que compartimos con el resto del mundo».

La principal incógnita que sobrevuela esta acción es averiguar si los activistas de Ultima Generazione querían dañar el cuadro de Botticelli y el cristal que lo protegía lo impidió, o si eran conocedores de la existencia de esta pantalla protectora y solo querían llamar la atención sin poner en riesgo la integridad de la obra de arte. La respuesta la ofrecieron ellos mismos: según reconocieron, antes de realizar su «performance» en los Uffizi, consultaron con restauradores para emplear un pegamento apropiado para cristales y marcos, de suerte que ninguna de ambas superficies resultaran dañadas.

Como ya se encargaron de advertir, las intervenciones de Ultima Generazione en los museos italianos no se detuvieron aquí. El pasado 30 de julio, cuatro miembros del colectivo pegaron sus manos al plinto de la escultura «Formas únicas de continuidad en el espacio» (1913), del futurista italiano Umberto Boccioni. La pieza –que se exhibe en el Museo del Novecento en Milán– no sufrió daño alguno.

Como se demuestra en el vídeo grabado, la protesta fue de carácter pacífico y, de nuevo, los activistas emplearon un tipo de pegamento inocuo. El porqué de la elección de uno de los grandes emblemas del arte futurista encuentra su respuesta en la argumentación ofrecida por Ultima Generazione: «Tenemos que cambiar de dirección. Nos pegamos a la obra de Boccioni porque ya no podemos darnos el lujo de seguir construyendo el progreso económico. El progreso que esperaban los futuristas nos está conduciendo hacia la extinción masiva».

Precedentes

Esta oleada de protestas ecologistas en los museos tuvo, no obstante, un precedente que no se ajustó a este modus operandi de pegar las manos a marcos, cristales y plintos: se trata del incidente acaecido el 29 de mayo en el Museo del Louvre, cuando un joven caracterizado con una peluca y en silla de ruedas arrojó una tarta contra la «Mona Lisa» para, a continuación, aplastarla con su puño. Este individuo se declaró un activista contra el cambio climático, y su intención no era otra que realizar un acto de repercusión mundial para viralizar su mensaje.

En un periodo de dos meses, los actos de concienciación en torno al clima han traspasado los opacos muros de los museos, para convertir estos plácidos lugares en escenarios privilegiados de la protesta. La inviolabilidad del museo lo convierte en un espacio especialmente atractivo para el activismo: cualquier transgresión de esta tendrá un eco mundial. Y si de lo que se trata es de hacerse escuchar, no hay que ser adivino para asegurar que, en el futuro inmediato, las grandes obras de la historia del arte serán despertadas con asiduidad de su sueño eterno para sentirse partícipes de las crisis del siglo XXI.

A pesar de su actualidad, la protesta en el museo no es un fenómeno nuevo. De hecho, quienes primero se percataron de la potencia de expresar una reivindicación por medio de la suspensión del orden museístico fueron las sufragistas inglesas. En la primavera de 1913, Annie Briggs, Lillian Forrester y Evelyn Manesta accedieron a la sala de los prerrafaelistas de la Manchester Art Gallery, y rompieron los cristales de obras de Watts, Leighton, Burne-Jones o Rossetti. Las trece obras que fueron dañadas tenían en común la representación de la mujer como objeto de belleza, sumisa y con una candidez que resultaba trasnochada incluso para los cánones de aquella época.

Con posterioridad a este célebre episodio del arte del siglo XX, numerosas han sido las ocasiones en las que el arte ha sido la víctima propiciatoria de todo tipo de protestas. Por ejemplo, una mujer roció, en 1974, con pintura roja a la «Mona Lisa» cuando fue expuesta en el Museo Nacional de Tokio. La mujer atacó la obra en protesta por la decisión de la institución de no permitir a las personas con discapacidades asistir a la exposición. Asimismo, el célebre urinario de Duchamp ha sido vandalizado, en dos ocasiones, por el francés Pierre Pinoncelli: en 1993, orinó en la versión que de él que se exhibía en Nimes, mientras que, en 2006, la emprendió a martillazos con la réplica que mostraba el Centro Pompidou. La forma en que justificó tal pulsión destructiva fue evidenciando su malestar por el hecho de que una obra de arte tan radical como la concebida por Duchamp hubiera sido institucionalizada de tal manera por los museos.

Cuando el pasado día 22 de julio, saltó la noticia sobre los activistas que pegaron sus manos a «La Primavera», de Botticelli, quise hacer un experimento. Lancé una encuesta en mi cuenta de Twitter con el siguiente planteamiento: «El pasado 22 de julio tres activistas contra el cambio climático se pegaron a “La Primavera”, de Botticelli como forma de protesta. El cuadro no fue dañado porque lo protegía un cristal. ¿Estáis a favor de estas formas de concienciación extremas?» Sorprendentemente, la mayoría de los participantes se mostró a favor. A través de sus comentarios, hicieron ver que, siempre que las obras de arte no fueran dañadas y que, por lo tanto, no hubiera violencia, las protestas no solo eran lícitas, sino que resultaban necesarias. Hubo, incluso, quien me reprochó que calificase a esta acción como «extrema», habida cuenta de su desenvolvimiento pacífico.