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"En el Jarama hubo que bajar las obras y pasarlas a mano"

El hijo de Timoteo, el salvador del Museo del Prado, evoca sus traslado durante la Guerra Civil.

  • Los trabajadores proceden a embalar una de las obras del Prado durante la contienda de 1936
    Los trabajadores proceden a embalar una de las obras del Prado durante la contienda de 1936

Tiempo de lectura 2 min.

12 de octubre de 2019. 02:25h

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Javier Ors 12/10/2019

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«Mi padre nunca hablaba del traslado. No hablaba por la angustia que había vivido, porque no deseaba revivir todas esas impresiones». Carlos Pérez Chacel, hijo de Timoteo Pérez Rubio, el hombre que salvó El Prado durante la Guerra Civil española, tenía seis años cuando 71 camiones cargado con lo esencial de la pinacoteca madrileña emprendió su camino hacia Francia. Su memoria, ahora, cierra el congreso de «Museo, guerra y posguerra» que el Prado ha celebrado estos días. «Lo más duro fue conseguir reunir a los principales responsables del Louvre, de la National Gallery.... No se alcanzaba un acuerdo para llevarse las obras. Al final se decidió trasladarlas a la Sociedad de Naciones en Ginebra. Fue a última hora. En Figueras. Con las bombas cayendo cerca. La contienda les había dejado sin luz. Para formalizar la firma se usó los faros de los coches para alumbrar. Después, las pinturas pasaron la frontera...». Carlos Pérez ya no es el niño de entonces, sino un hombre con la espalda cargada por los años; un testigo que, detrás de su sonrisa prudente y de unas lentes discretamente caídas, como en un gesto de modernidad, rememora aquellos días pasados. «La gestión que plantearon Rafael Alberti y María Teresa León era desastrosa. Gracias a Dios, mi padre se rodeó de gente experta, excelente, que supieron hacer muy bien su trabajo y consiguieron que nada resultara catastrófico. Lo que sí recuerdo, a pesar de mi juventud, era lo guapa que era María Teresa León». Carlos habla de los momentos delicados del traslado: «Al llegar al Jarama, los camiones no pasaban por debajo de un puente y hubo que bajar todas las piezas y pasarlas a mano». Recuerda el cuidado que tuvieron con «Las Meninas». El pánico que desencadenaban los bombarderos del bando nacional y aquel incidente con un balcón que dañó una de las pinturas de Goya. «Todas las personas que participaron asumieron unas responsabilidades enormes. Y se llevó adelante todo sin casi dinero. Hay que tener en cuenta que en las crisis escasean los fondos y que las guerras es la mayor de todas las crisis. A pesar de eso, se consiguieron los materiales del embalaje y se improvisaron soluciones que hoy son admiradas. Y se hizo, nunca mejor dicho, por amor al arte».

La dedicación de Timoteo apenas fue reconocida. Tardó mucho en regresar de Brasil, donde se trasladó con su familia. Cuando retornó, en 1974, nadie le agradeció tantos sacrificios. «El reconocimiento vino más tarde, cuando ya se había avanzado en la democracia. Se ha tardado en que las personas valoraran su dedicación. Incluso poner la placa conmemorativa que hay en la entrada del museo ha costado bastante».

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