Fantasmas en la ópera

Llevaba el Liceu en el corazón. Allí debutó en 1962 con «Arabella» y volvió a su escenario en otras doscientas ocasiones. Gracias a Caballé se convirtió en un gran templo belcantista

Hay figuras artísticas que trascienden lo local para convertirse en fenómenos internacionales que a fuerza de trabajo, dedicación y éxitos consiguen llegar a la categoría de mitos inolvidables.

Hay figuras artísticas que trascienden lo local para convertirse en fenómenos internacionales que a fuerza de trabajo, dedicación y éxitos consiguen llegar a la categoría de mitos inolvidables. Uno de ellos ha sido Montserrat Caballé, una figura de las más emblemáticas en la historia del Gran Teatre del Liceu en sus más de 170 años. Una artista que se formó precisamente en el mismo edificio de Las Ramblas, en el Conservatorio Superior de Música del Liceo, entidad que construyó el Gran Teatre en 1847 para asegurar la financiación de sus cátedras de música y canto.

Entre los mitos del Liceu, como tienen todos los grandes teatros, Montserrat Caballé ha sido uno de los más importantes. Además de barcelonesa de nacimiento, la cantante llegó a reinar en el Liceu gracias a su extraordinario talento y ha dejado en sus anales un legado impresionante. Caballé abordó principalmente el repertorio de bel canto con Bellini y Donizetti, pero también fue una gran diva verdiana, pucciniana, straussiana o verista, además de ofrecer óperas barrocas o wagnerianas. Fue con el bel canto cuando se convirtió en una de las más importantes embajadoras de la Donizetti Renaissance, pero también con los personajes de Bellini de cuya Norma o Imogene es una referencia mundial. El Liceu ha sido un gran templo belcantista gracias a la aportación de Caballé, quien recuperó obras como «Roberto Devereux», «Lucrezia Borgia», «Gemma di Vergy», «Parisina d’Este», «Maria Stuarda» o «Caterina Cornaro».

La soprano barcelonesa, que siempre se sintió un catalana universal, ha cantado en el Liceu en más de 200 ocasiones y en cerca de 50 personajes. Debutó el 7 de enero de 1962 con el estreno español de la ópera de Richard Strauss «Arabella». Pocos días después de este primer triunfo se consolidaba ante el público liceísta con su participación en «Don Giovanni», y posteriormente vino una «Madama Butterfly» en la que el tenor era Bernabé Martí, quien poco después sería su marido. En 1966 llegó su consagración internacional tras sustituir a Marilyn Horne en el Carnegie Hall de Nueva York en «Lucrezia Borgia», y pocos meses después en el Liceu al ser recibida como una gran diva y obteniendo un triunfal éxito como la Leonora de «Il Trovatore». En los sesenta consolidó su reinado especialmente con los cuatro títulos del curso 1968-69; «Roberto devereux» y «Maria Stuarda», donde como comenta Roger Alier en su libro sobre el teatro barcelonés: «La Caballé demostró que, vocalmente, podía hacer lo que le viniese en gana; coloratura, vuelos líricos, increíbles “hilados” vocales, con una autoridad escénica y vocal impresionante», además de «Manon» de Massenet y «Tannhäuser». A partir de entonces y durante varias décadas la gran diva catalana siguió reservándose las fiestas de Navidad para estar junto a su familia y el Liceu. Fueron llegando «La Traviata», un extraordinario «Otello», su primera «Norma», la espectacular «Lucrezia Borgia», «Il Pirata» junto a Bernabé Martí. En los setenta empezó a cantar junto a los grandes tenores españoles como Josep Carreras y Plácido Domingo. Primero «Don Carlo», «Luisa Miller», «Adriana Lecouvreur» con la que llegaría la consagración del tenor barcelonés y «Tosca». Mientras que desde enero de 1973 empezaron los éxitos junto a Plácido Domingo iniciados con «Un ballo in maschera», «Aida» e «I vespri siciliani». En su segunda «Norma» llegó un primer homenaje a la diva en la última función y posteriormente algunos títulos junto a Jaime Aragall como «Caterina Cornaro» o «Don Carlos». En 1976 estrenó «Medea» de Cherubini popularizada por Maria Callas y un año más tarde «Salomé» con un segundo homenaje con motivo de sus 100 representaciones. En 1977 la última ópera del tándem Caballé y Domingo «L’Africana» de Meyerbeer. Desde entonces y, especialmente en los años setenta y ochenta, se siguieron los triunfos y homenajes con títulos como «Adrianna Lecouvreur», «Anna Bolena», «Giulio Cesare», «Don Carlos», «Herodiade», «El caballero de la rosa», «Semiramide», «Armide», «Saffo», «Mefistofele», «Salomé», «Cristóbal Colón», «La Fiamma» o «La Vierge» (1998). Su apoyo al Liceu ha sido constante y su fama ha crecido junto a la del Teatro del Liceu, un coliseo que siempre llevó en su corazón y que apoyó en sus momentos más difíciles como el incendio de 1994. Su último recital homenaje fue el 3 de enero de 2012. Desde su inesperado y sentido fallecimiento el Liceu ha dispuesto un libro de condolencias en el vestíbulo del teatro y se le han dedicado todas las funciones restantes de «I puritani» inaugural.