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Laura Restrepo: «Todo sociópata tiene detrás una sociedad que lo alimenta»

En su más reciente novela, «Los divinos», la autora colombiana afincada en Barcelona aborda el asesinato de una niña que indignó a su país hace dos años.

  • Laura Restrepo: «Todo sociópata tiene detrás una sociedad que lo alimenta»
Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

30 de mayo de 2018. 00:44h

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D. Mendoza.  Madrid. 30/5/2018

Yuliana Samboni fue secuestrada, torturada, violada y asesinada el 4 de diciembre de 2016 en Bogotá. Tenía siete años. Sus familiares, procedentes de un barrio muy pobre de la capital colombiana, salieron a las calles a reclamar justicia. Pronto les acompañaría gran parte de la ciudad. El asesino, un hombre de 38 años y de estrato seis –como llaman allí a la clase social más alta–, fue capturado y hoy paga una condena de 58. La premiada autora Laura Restrepo presenta ahora la novela «Los divinos» (Alfaguara), en la que retoma el caso de Yuliana para tratar de explicar, a través de la ficción, las causas de un acto de violencia tan impactante.

–Entiendo que estaba escribiendo otro libro cuando supo del asesinato y sintió la necesidad de tratar este tema...

Como a todos los colombianos, me estremeció el crimen. No solo por su brutalidad, sino también por el abismo entre la prepotencia del culpable y la indefensión de la víctima, y el carácter de intocable del asesino. Fue un muchacho que pertenecía, por razones sociales y de educación de élite, a un grupo de ciudadanos por encima de toda sospecha. Como muchos, me preguntaba permanentemente cuál es la raíz de este tipo de perversión tan extrema. Aún en un país tan habituado a la criminalidad como es Colombia por razón de la guerra, este caso desató la indignación nacional. Me dije: «Será que hay que escribir sobre esto, tratar de asimilar qué sucedió». De ahí salió la novela. Pero yo quería narrar una historia más íntima, no una investigación de los hechos, sino una ficción sobre el caldo de cultivo en el que se dan.

–Los amigos de Muñeco, el asesino de la novela, los llamados Tutti Fruti y sus cómplices en mayor o menor medida, dejan al lector con la sensación de que cualquiera de ellos –de esa sociedad entera– está a solo un paso de hacer algo igual de atroz.

Esa era la idea. Partir de la base de que todo sociópata tiene detrás una sociedad que lo alimenta. Todo psicópata tiene detrás una psique colectiva que es el caldo de cultivo. Era indispensable –hablando de la realidad– que la Justicia condenara al asesino, pero no basta con señalarlo a él. En la novela, el narrador repite una frase de Diane Arbus: «Si quieres conocer al monstruo, desnúdate y mírate a ti mismo». Y para mirar hacia adentro necesitaba la ficción.

–El narrador es testigo y parte de esa clase privilegiada que se retrata en la novela. Es una voz que representa a muchos, como el Midas Macalister en otro libro suyo, «Delirio».

–En Midas hay un antecedente de estos jóvenes, porque él fue un intento de ponerme en los zapatos de un personaje masculino que mostrara sus entrañas a través de lo que decía. Pero Midas es el arribista que hace fortuna con el dinero de la mafia, mientras que estos son «hijos de papi», como dicen en Colombia. Aunque yo llegué a la conclusión de que son, más bien, hijos de mami. Hay una cierta complicidad en la educación que les dan y el afán de sus madres por tapar sus debilidades. De hecho, quería hablar de la relación de cada uno de los personajes con las mujeres. Se trata de relaciones muy pervertidas, aunque socialmente toleradas, con una dosis de cosificación y utilización muy propia de ese narcisismo que coloca al varón en la mitad del universo y convierte a los seres que lo rodean en casi invisibles.

–El caso de La manada, en España, deja claro que eso no es exclusivo de Colombia...

–Es global. Ese narcisismo masculino se agrupa en torno a ciertos personajes a los que se les necesita débiles, y la mujer es considerada parte de ese grupo. Fíjese en la dinámica de La manada: se consolidan como grupo maltratando entre cinco a una joven. Lo cual habla de una debilidad extrema por parte de ellos. En la novela, me interesaba que pesara también un grado de infantilismo enorme, la urgencia de satisfacer inmediatamente los deseos: «Yo quiero a esa mujer y la tomo. Es un objeto para mi satisfacción personal».

–Vive en Barcelona desde hace años, ¿cómo percibe desde la mirada extranjera la situación actual en Cataluña?

–Independientemente de qué posición tengas –aunque como extranjera no me corresponde tener ninguna–, la discusión es apasionante. Se trata de un pueblo que se cuestiona sobre la esencia de la democracia y la naturaleza de la Unión Europea. Nosotros no venimos propiamente de tierras quietas, así que el debate político no nos aterra. Más bien ha sido interesante ver vitalidad en ese sentido, porque la falta de debate implica un conformismo que para mí es mucho más duro.

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