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Los dos siglos que destruyeron Roma

La caída del Imperio no fue un proceso rápido como muchos creen. Gestado durante dos siglos por culpa de las divisiones en el poder y la despoblación, aún hubo emperadores como Diocleciano y Constantino que revivieron las glorias de antaño.

  • Constantino otorgó libertad de culto y promovió a los cristianos
    Constantino otorgó libertad de culto y promovió a los cristianos

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28 de mayo de 2018. 21:12h

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David Solar.  26/5/2018

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«Una fuerza militar lo suficientemente poderosa para defender al Estado también lo era para sentar usurpadores en el trono. Quien quisiera convertirse en emperador y mantenerse en el cargo, debía mimar al Ejército y convertir a los soldados en la llave para acceder al poder. No recompensar adecuadamente a las tropas (...) retraía el reclutamiento, mientras que gratificarles en demasía las tornaba codiciosas y, sobre todo, les otorgaba una elevada conciencia de su propia valía, que mudaba en rebeldía cuando la desmedida ambición no quedaba satisfecha. Esto apenas trajo consecuencias mientras las arcas del Estado estuvieron llenas, pero resultó nefasto cuando se halló en quiebra, sin importar que les amenazara la guerra o no» (Pat Southern y Karen Dixon, «El Ejército romano del Bajo Imperio», Desperta Ferro, Madrid, 2018).

Grandeza y desastre

Estamos ante una historia fascinante. Hablando del Bajo Imperio Romano se piensa en una historia breve y decadente, en emperadores débiles, magnicidios encadenados y en Roma convertida en ruinas y zarzales. Se olvida que el Bajo Imperio va desde el reformador Diocleciano al ocaso con Rómulo Augústulo, desde el 284 al 476, dos siglos durante los cuales hubo momentos desastrosos y otros de esplendor y grandeza. Al gran historiador de Roma Antonio Blanco Freijeiro le escuché explicar su pervivencia pese a la presión en todas sus fronteras, a las incursiones bárbaras y a los Calígulas, Nerones, Cómodos y demás monstruos de su galería imperial. Prevaleció porque eran excelentes su doctrina jurídica, su administración, sus comunicaciones, su ingeniería, su ejército, su tecnología agrícola, armamentística y naval. Sus recursos eran tan superiores a los de los pueblos que trataban de romper sus diques que capeaba los desórdenes y crisis y se recuperaba rápidamente en cuanto lograba cierta estabilidad.

Uno de los protagonistas de la época fue Diocleciano (245-313), un dálmata que hizo carrera en el ejército y asaltó el trono en el que se habían sentado 10 emperadores en solo 14 años, de los cuales ocho habían sido asesinados. Un tipo excepcional: como militar, como golpista, como organizador y como evaluador certero de los problemas de Roma, donde la vida del emperador pendía de un hilo lejos de todas sus fronteras. El Imperio precisaba reformas militares, sociales, administrativas, tributarias y un sistema que entregara el poder a los más capaces, no a los magnicidas.

El primer paso fue la Tetrarquía, el poder de cuatro: dos augustos y dos césares asociados al poder como herederos. Se proclamó augusto y eligió a Maximiano, un buen general, para que fuera el otro. De la elección de ambos surgirían los césares, jóvenes capaces vinculados al poder, que al cabo de 20 años, curtidos en política y milicia, se convertirían en augustos y continuarían el proceso. Diocleciano eligió como césar a Galerio y Maximiano, a Constancio Cloro. Una fórmula para evitar los magnicidios.

La segunda medida fue la descentralización del poder: Maximiano, que debía controlar occidente, se afincó en Milán; su césar, Constancio Cloro, en Tréveris (Trier), a 40 kilómetros del Rin. Diocleciano optó por Nicomedia (Izmir, Anatolia) y Galerio, su césar, por Mitrovitza (Kosovo), en los Balcanes. Ocho ojos vigilaban el imperio sin preocuparse de su espalda pues sería eliminado quien rompiera el acuerdo. Durante dos décadas no hubo magnicidios y se pacificaron fronteras y territorios.

Las coles de Diocleciano

Pero la reforma interna (moneda, impuestos, trabajo, agricultura, inversiones) burocrática y dirigista fracasó: se empobreció el empleo y la agricultura y la carga impositiva resultó tan pesada que muchos ciudadanos se exiliaron entre los bárbaros para escapar de los recaudadores y eludir las cadenas profesionales que se les habían impuesto. En esa época comenzó la decadencia de la ciudad de Roma: sin emperador, sin pretorianos, sin pan ni circo, sin poder senatorial se despobló paulatinamente, su economía languideció y declinaron las grandes obras públicas. La persecución contra los cristianos, que fue una de las más duras, empeoró la crisis social.

Diocleciano cumplió su promesa de retirarse al cabo de 20 años, en el 305, y Maximiano hizo lo propio, mientras Galerio y Constancio Cloro siguieron lo dispuesto y, elevados a augustos, designaron a sus césares. Diocleciano, con sesenta años, residió en su magnífico palacio de Aspalathos (Splitz, Croacia), en su tierra dálmata, volcando actividad y entretenimiento en su huerta. Pero su colega Maximiano, acusando de incapacidad a sus sucesores, le pidió que retomaran el poder. Diocleciano enseñó sus cultivos al enviado de Maximiano y le dio este mensaje: «Cuéntale cómo son mis coles y dile que si las viera no pretendería esa estupidez». Vivió retirado, aunque no muy feliz al observar de lejos el fracaso de sus ideas: Maximiano se empeñó en volver y el gobierno de cuatro se convirtió en un pandemónium de seis. Murió en su cama a los 68 años, cuando un nuevo espadón, Constantino, había barrido a aquella caterva.

Constancio Cloro y su concubina Elena tenían un hijo, Constantino (270-337), pero cuando Cloro fue designado césar tuvo que casarse con una hija de Maximiano, que lo vinculaba a su augusto y adornaba su alto cargo. Constantino quedó convertido en un segundón que fue alejado de la corte y enviado a todo tipo de campañas convirtiéndose en un buen general. Se hallaba luchando en Britania cuando falleció su padre (306) y las legiones le proclamaron augusto, mientras las ansias de poder de Maximiano dinamitaban la tetrarquía y suscitaba una guerra civil.

El signo de la cruz

Constantino tuvo treinta años (307-337) para eliminar a cuantos césares y augustos se le opusieron, para reunificar el Imperio y el poder imperial y acometer reformas. Clave fue la victoria en el Puente Milvio, sobre el Tíber, el 27 de octubre del 312, debido a su famoso sueño de la víspera, una cruz y esta inscripción: «Con este signo vencerás». Los escudos de sus legionarios, en gran parte ya cristianos, fueron pintados con una cruz y horas después destrozaron al ejército de Magencio, que les duplicaba en número. Los cristianos lo atribuyeron a un milagro, con una consecuencia capital: el Edicto de Milán, del año 313, que estableció la libertad de cultos.

Constantino el Grande, en su larga experiencia como jefe (mandaba legiones a los 20 años y durante 30 fue césar, augusto o emperador), confió en los cristianos: su madre lo era y cuantos conocía eran íntegros, pacientes y disciplinados, por eso les entregó muchas responsabilidades militares y administrativas, revolucionando el carcomido andamiaje imperial, porque –según Indro Montanelli– «las revoluciones no triunfan por la fuerza de sus ideas, sino cuando logran formar una clase dirigente mejor que la anterior. Y el cristianismo lo logró». Moralizaron la administración, la hacienda y la justicia, y terminaron con la indisciplina en las legiones aumentando su eficacia.

Aunque aún se debata si fue cristiano o no, Constantino arbitró los diversos cismas y herejías surgida en el cristianismo y bajo su patrocinio se reunió en el 325 el concilio de Nicea, que condenó el arrianismo y estableció el Credo, «Símbolo de Nicea». Asistió a las reuniones y no intervino en cuestiones teológicas, pero controló el tono y el orden e impidió la politización. Lo había dejado claro al fijar las reglas: «Las cosas de Dios, las importantes, son asunto vuestro; pero las terrenales son cosa mía». Fue un tipo de cuidado. Su segunda esposa y madre de sus seis hijos trató de eliminar de la sucesión a Crispo, hijo del primer matrimonio del emperador y ya famoso general acusándolo de que había tratado de seducirla. Constantino condenó a muerte a su calumniadora mujer y, por si acaso, también a su hijo.

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