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Cuando la veteranía es un grado

Crítica de ópera / «Luisa Miller»

De Verdi. Voces: Lana Kos, V.Costanzo, L. Nucci, M.J. Montiel, D. Belosselskiy, J. Relyea, M. Rodríguez-Cusí, C. de Frutos. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Dir. musical: J. Conlon, dirección. Teatro Real. Madrid, 23-IV- 2016.

  • Leo Nucci y Lana Kos compusieron a la perfección sus personajes
    Leo Nucci y Lana Kos compusieron a la perfección sus personajes

Tiempo de lectura 4 min.

25 de abril de 2016. 02:53h

Comentada
25/4/2016

En la temporada 2005/2006 se ofreció escénicamente en el Real «Luisa Miller» con un reparto de campanillas: Cedolins, Alvarez, Frontali, Prestia, Fiorillo, etc y la dirección de López Cobos. Once años después vuelve en versión de concierto y, para ser sinceros, no se ha echado de menos la escena. Los mismos intérpretes diseñaron unos movimientos más que suficientes para hacer entendible el drama y tuvieron el acierto de no contar con sillas ni partituras en el escenario. La muerte de Luisa quedó perfectamente simulada con la soprano agarrándose a las barras de seguridad del podio del director. ¡Cuántas veces preferiríamos algo así a tremebundas escenografías! Y es que allí estaba el genio de un Verdi, algo primerizo sí, pero ya a dos años vista de la gran trilogía con el frasco de las esencias propias abierto a pesar de sus muchos perfumes donizettianos. Así los coros –estupendamente cantados– que recuerdan a aquellos de las escenas de locura de las tres reinas Tudor y muchas melodías de Luisa o su padre Miller. La primera aria de la protagonista, de coloratura, abre un papel mucho más difícil de lo que parece. Uno se pregunta durante la primera hora de la ópera por qué su título, pero la cosa queda clara con segundo y tercer acto. Los últimos cuarenta minutos de la soprano –entre Gilda y Traviata– son un auténtico tour de force, con el tan verdiano dúo con su padre, con el tenor y la preghiera. Hace falta una gran soprano y Lana Kos demostró el mismo nivel que antes tuvieran en el papel Moffo, Scotto, Anderson o Millo. Caballé siempre fue caso aparte como Luisa.

- Voz que crece

Proviene del teatro de Zagreb, de donde salieron Milanov, Molnar Talajic, Vejzovic, Baldani, Jurinac, etc. y donde ella debutó a los 17 años como Reina de la noche. Ahora, a los 31, son Violeta, Julieta, Desdémona o Mimi sus papeles principales. Debutó Luisa hace dos años en Lausanne y la voz ha crecido desde entonces. Proyecta muy bien, posee un timbre de especial dulzura con un carácter entre alemán y eslavo que reúne personalidad, algo poco frecuente hoy, y sabe apianar y mantener siempre musicalidad. Ya hace carrera, pero hará mucha más. Leo Nucci comenzó su carrera internacional cuando, miembro del coro de la Scala, fue llamado por Helga Schmidt para una sustitución de última hora en el Covent Garden en 1978 junto a Ricciarelli, Pavarotti y Maazel. A sus 74 años es un prodigio, que nos recuerda lo que es un barítono verdiano, lo que es ser artista sobre el escenario, cómo dar su sentido a cada frase, con la inteligencia y experiencia para saber dónde ha de respirar para que la edad no se note en el fiato. Es artista generoso que se entrega por completo. El público lo percibe y por eso va por el mundo de triunfo en triunfo. Vincenzo Costanzo es un joven tenor de 23 años llamado a sustituir a Meli en un papel que exige el lírico peso vocal de los Pavarotti, Domingo, Tucker o Bergonzi que lo abordaron. Hoy por hoy su voz, está más para Elixir, Don Pasquale o Traviata. Su labor fue por ello meritoria, especialmente en el aria, llegando al final justo al límite de sus posibilidades. Tiene futuro por el atractivo de la voz y su presencia escénica.

Muy bien ambos bajos, John Relyea y Dmitry Belosselskiy, de vocalidades rotundas, aunque el segundo fuese de más a menos. María José Montiel, gran triunfadora como María Moliner, es un lujo como Federica. Ella, Costanzo y Kos son artistas que el Real ha de cuidar.

James Conlon dirigió con gran eficacia, sin dejar que en momento alguno decayera la tensión, algo muy peligrosos en estas obras, aunque para ello elevase más de lo deseable el volumen de una orquesta colocada sobre el escenario. Diez minutos de aplausos subrayaron un éxito muy merecido para un Verdi que sonó a Verdi.

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