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Pedro García Aguado y Francisco Castaño: «Los chicos no son malos, sólo se comportan mal»

Educadores y fundadores de Aprender a Educar. Acaban de presentar su segundo libro para ayudar a educar a aquellos padres con hijos problemáticos

  • Los autores del libro
    Los autores del libro

Tiempo de lectura 4 min.

18 de mayo de 2016. 21:57h

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20/5/2016

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Pedro García Aguado, ex campeón olímpico y anterior coach del programa «Hermano mayor», y Francisco Castaño, profesor del Aula Oberta, unieron fuerzas hace años para perseguir un sueño, una vocación: ayudar a chicos conflictivos. Fundaron el proyecto pedagógico Aprender a Educar, cuyo objetivo se ha materializado en sus libros.

–¿Qué diferencia «Aprender a educar 2» del primer libro?

–Francisco Castaño: En el primero se daban las pautas, qué se ha de hacer para aprender a educar y, sobre todo, como prevención a estos problemas, que vienen no porque los chicos sean malos, sino porque se comportan mal. En el segundo hacemos un repaso a las pautas, pero también presentamos casos reales en los que los padres pueden sentirse identificados y saber cómo han ocurrido.

–Pedro Gª Aguado: Vamos un poco más alla. En el primero definíamos a varios tipos de padres, y en el segundo, de esos tipos de padres hemos visto qué tipo de hijos y qué conflictos pueden llegar a darse.

–¿Existe una guía de educación definitiva?

–F.C: Sí, dos libros. «Aprender a Educar» y «Aprender a Educar 2».

–P.G: Va a haber un tercero que tendrá que ver con las tecnologías. Teorías psicopedagógicas hay muchísimas, aunque al final todo se resume en qué hijo tienes y qué tipo de padre y madre eres.

–F.C: Lo que hacemos nosotros es ir a lo práctico, a lo que se hace en casa. Huímos de etiquetas y de teorías, que son son importantes, pero aplicarlas a la realidad puede resultar muy complicado.

–Da la sensación de que esperan mucha colaboración por parte de los hijos...

–F.C: Nuestro libro no trata de sacar casos graves. Lo que intentamos no es contar las historias de 12 casos. La idea es: «Si yo hago esto, me puede pasar aquello».

–Hablan de los castigos...

–P.G: Huímos del conflicto y buscamos la estrategia creativa para conseguir que se cumpla la norma. Incluso a veces puede ser consensuado con su hijo.

–F.C: Claro, algunas cosas se pueden negociar. Lo primero, además, es que tu hijo sabe qué va a ocurrir si no lo hace. Y lo segundo, a tu hijo eso le da tranquilidad porque sabe lo que tiene que hacer y lo que no, con lo cual facilita, no hay broncas, pues si las hay, no sirve de nada el método.

–P.G: El jaleo viene cuando no has avisado sobre esas normas.

–¿Sus familias son como dicen que deberían ser en los libros?

–P.G: Se intenta, pero nosotros también fallamos. Mis hijas me vacilan, se saltan normas, sin embargo, saben que eso acarrea unas consecuencias. Yo sí que aplico el método. Pero, por ejemplo, he tenido que pedirle ayuda a Francisco en alguna ocasión.

–F.C: Entendamos una cosa, esto no es: «Sí, papá», ordeno y mando. Intentas dialogar con tus hijos e inculcarles unos valores. Muchas veces tengo que poner los cinco sentidos en el método porque los hijos son hijos... y, en ocasiones, también la cagas.

–En el libro aconsejan que la lista de normas esté a la vista. ¿Hacen lo mismo en casa?

–P.G: Se la puse a mi hija para que ella las supiera.

–F.C: Yo las tengo con el pequeño. Pero dentro del armario porque si vienen sus amigos, no quiere que las vean, pero las tiene.

–Es que tener de padre al «Hermano mayor» tiene que ser...

–P.G: Fíjate. El otro día, mi hija estaba con unos amigos en casa y yo estaba oyendo el escándalo. En vez de salir a echarle la bronca, le mande un whatsapp: «Hija... no son horas, seguro que no quieres que salga...». También tenemos otras herramientas.

–F.C: En otras palabras, norma: callaos, consecuencia: voy yo.

–P.G: Voy yo, el «Hermano mayor», que es tu padre y tus amigos no querrán venir más.

–¿El caso más difícil que han encontrado?

–F.C: Era un chaval que quería una moto. Y llega un momento en el que, normalmente, los impulsos de rabia cuando no consiguen lo que quieren es tirar cosas o pegar un puñetazo a una puerta. En realidad es un acto reflejo. Pero este chaval, que cogió 48 platos, y de uno en uno: «¿Qué no me compras una moto?», pum, plato al suelo, «¿Qué no me la compras?», pum. Y así con 48 platos. Eso es tener frialdad. Y luego, para acabar de coronarse, puso un limón encima de los cristales que había en el suelo.

–P.G: Fue duro porque ahí descubrimos que el chico tenía alguna psicopatología. Ya entrábamos en palabras mayores y le derivamos a un clínico especializado en el tema. Si vemos que el caso nos supera, lo orientamos por el mejor camino.

–En el libro hablan de casos que duraban meses, pero en «Hermano mayor» eran cosa de una semana...

–P.G: Eran diez días. Pero fíjate, a la consulta van 45 minutos en un ambiente sosegado. En el programa había dos componentes: el terapéutico y el televisivo. Entonces se buscaban siempre dinámicas, sobre todo, los tres primeros días que llegaba yo para, según los conflictos que ese chico o esa familia nos había contado, hacerle empatizar a lo bestia. Pero esas putadas/terapias se hacían a lo mejor el primer día durante doce horas. Le llevaba a tres o cuatro dinámicas, y tú piensa que de eso salían tres minutos, pero yo estaba ahí con él todo el día. Los chavales recibían mucha información en muy poco tiempo, no sólo mental, también de sentimiento. Entonces eran capaces de sentir la rabia, miedo, odio o frustración, todo de golpe.

–Una terapia de choque.

–Sí. Por eso un psicólogo, un educador o nosotros, que sólo tenemos una hora a la semana o cada quince días, tardamos más, también depende del caso. Ojo, «Hermano mayor» no era la panacea, era el inicio de la recuperación. «Yo te llevo a un punto de encuentro con la familia, a partir de ahí, es cosa tuya».

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