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La obra maestra de Drazen Petrovic o uno de los mejores partidos de la historia

La final de la Recopa ganada en Atenas por el Real Madrid al Snaidero de Caserta cumple 33 años (117-113). El genio de Sibenik anotó 62 puntos y Oscar Schmidt se fue hasta los 44

Petrovic, sin camiseta, en plena "celebración" de la Recopa ganada por el Real Madrid al Snaidero en 1989
Petrovic, sin camiseta, en plena "celebración" de la Recopa ganada por el Real Madrid al Snaidero en 1989 FOTO: Foto La Razón

Nunca una instalación deportiva tuvo un nombre peor puesto que el pabellón ateniense «De la Paz y la Amistad», inaugurado dos años antes del legendario Eurobasket de 1987, en el que la Grecia de Nikos Gallis se proclamó campeona de Europa a costa de la Unión Soviética –Volkov. Marciulonis, Valters, Tachenko, Homicius…–, que un año después humillaría a Estados Unidos en los Juegos de Seúl, y de una de las últimas versiones de la Yugoslavia unificada –los hermanos Petrovic, Divac, Kukoc, Djordjevic, Radja…–. Cuando esas gradas retumbaban con las coreografías de 17.000 fanáticos helenos y llovían las monedas de diez dracmas, se entendía perfectamente el significado de la expresión «ambiente infernal».

Por aquel entonces, las competiciones europeas de todos los deportes replicaban los tres torneos futbolísticos y existía una Recopa, que confrontaban a los ganadores de las copas nacionales de la temporada anterior. Para el Real Madrid de Drazen Petrovic, fichado el otoño anterior gracias a la audacia de Ramón Mendoza y a los buenos oficios de José Antonio Arízaga, el agente que rasgó el Telón de Acero, el torneo fue una formalidad hasta las semifinales contra… la Cibona, el exequipo del genio de Sibenik. La otra semifinal fue un duelo apasionante entre los soviéticos –lituanos– del Zalgiris frente al histórico club italiano del Caserta, aquella temporada patrocinado por la empresa de cocinas Snaidero, que remontó en la vuelta los dos puntos de desventaja que traía de Kaunas.

El Sporting Club Juvecaserta vivía su época dorada y presentó en la final un quinteto inicial de campanillas con los internacionales “azzurri” Gentile, Esposito y Dell’Agnello más una pareja de extranjeros galáctica conformada por el búlgaro Giorgi Glushkov –primer europeo que jugó en la NBA sin haberse formado en una universidad americana. El segundo fue Fernando Martín– y el brasileño Oscar Bezerra Schmidt que es, sencillamente, el mejor anotador de la historia del baloncesto y que se destapó con una de sus actuaciones habituales: 44 puntos, más de un 50% de acierto en triples y 16 de 17 en tiros libres. Para él, fue un día en la oficina.

Enfrente, Lolo Sainz dispuso de una rotación de sólo ocho hombres –lo habitual en la época– liderada por Drazen Petrovic y Fernando Martín, que a esas alturas del curso ya habían dejado de hablarse. Su hermano menor Antonio, Biriukov, Johnny Rogers, Joe Llorente, Romay y Cargol eran los acompañantes de las dos estrellas, pero aquella noche sólo una brilló en el palacio de «La Paz y la Amistad», jamás peor nombrado que ese día en el que ni siquiera los componentes de la plantilla que había ganado un título se comportaron como amigos.

Drazen Petrovic firmó una actuación de leyenda, unos números monstruosos: 45 minutos en cancha, 62 puntos anotados con 12/14 en tiros de dos, 8/16 en triples y 14/15 desde la línea de tiros libres. La actuación del croata podría no haber bastado para ganar porque los madridistas perdieron el balón en su último ataque con el partido empatado a 102 y Nando Gentile corría solo para anotar la canasta de la victoria cuando Biriukov lo detuvo con una falta. No hubo tiros libres porque la mesa la consideró fuera de tiempo y el título se decantó en una prórroga en la que Petrovic anotó once de los quince puntos de su equipo (117-113).

Fernando Martín, todo carácter, no disimuló su enfado ni durante la ceremonia de entrega de la copa y su tocayo Romay, años después, admitió el sentir del vestuario madridista: «No fue el triunfo de un equipo, sino de una persona, Drazen Petrovic, que jugó para lucirse delante de todos los agentes y demostrar que estaba preparado para la NBA». Se fue dos meses después, tras fracasar en la última final de la ACB que jugó Martín, fallecido ese mismo diciembre en accidente de tráfico. La misma causa de la muerte de Drazen en 1993.